Esta es una de las tragedias griegas en la versión para todos los públicos de Alfred John Church (1829-1912), traducida (y algo adaptada) por Francisco Javier Álvarez Comesaña para AcademiaLatin.com. Si vas a usar estos materiales, echa un vistazo a la licencia 📝.
El príncipe Filoctetes, que reinaba en Metone, en Tesalia, se embarcó con los demás príncipes de Grecia para hacer la guerra contra la gran ciudad de Troya. También él había sido uno de los pretendientes de la hermosa Helena y se había comprometido con un gran juramento a vengarla a ella y a su marido, fuera el que ella eligiera, de cualquier hombre que se atreviera a causarles perjuicio alguno.
Filoctetes había sido compañero de Heracles en muchos de sus trabajos, y también había estado con él cuando murió en el monte Eta, por lo cual Heracles le dio el arco y las flechas que llevaba, que él a su vez había recibido mucho antes del dios Apolo. Era un arco muy poderoso, que lanzaba flechas como ningún otro podía hacerlo, y las flechas eran seguras distribuidoras de muerte, pues las había empapado en la sangre de la gran hidra de Lerna, y las heridas que hacían ningún médico podía curarlas.
Aprende latín y griego antiguo desde cero al mejor precio con esta oportunidad única. Aprovecha el combo latín & griego antiguo por 519 € para siempre.
Accede a las futuras ampliaciones con textos largos, actividades concretas, etc. Un solo pago, acceso para siempre, sin suscripciones recurrentes.
Pero sucedió que el príncipe, en su viaje a Troya, desembarcó en la isla de Crisa, donde había un altar de Atenea, la diosa del lugar, y, deseando mostrar el altar a sus compañeros, se acercó demasiado, por lo que la serpiente que lo custodiaba para que no fuera profanado le mordió en el pie. La herida era muy dolorosa y no podía curarse, sino que le atormentaba día y noche con dolores agudos, haciéndole gemir y gritar como un poseso. Cuando los hombres se vieron incapaces de soportar sus quejas y el hedor de la herida, los caudillos se pusieron de acuerdo, y a los hijos de Atreo, el rey Agamenón y el rey Menelao, que eran los jefes de la hueste, les pareció bien abandonarlo solo en la isla de Lemnos. Encargaron este asunto a Odiseo, que hizo lo que le ordenaron.
Sin embargo, casi diez años después, cuando los griegos tenían sitiada la ciudad de Troya, se acordaron del príncipe Filoctetes y de cómo lo habían tratado. Para entonces, el gran Aquiles había muerto ya, aniquilado de un flechazo por el príncipe Paris en las puertas Esceas cuando el héroe se disponía a irrumpir en la ciudad; y los adivinos afirmaron que los griegos no cumplirían su deseo sobre Troya hasta que llevaran contra ella al gran arquero a quien habían agraviado. Entonces los jefes se pusieron de acuerdo y eligieron a Odiseo, que era más astuto que todos los demás hombres, para llevar a cabo este asunto, y con él enviaron a Neoptólemo, el hijo de Aquiles, que sobresalía en fuerza, al igual que su padre.
Cuando los dos desembarcaron en la isla, Odiseo se dirigió al lugar donde en otro tiempo había dejado a Filoctetes. Era una cueva en el acantilado, con dos bocas, una de las cuales miraba al este y la otra al oeste, de modo que en invierno un hombre podía ver el sol y calentarse, pero en verano el viento soplaba a través de ella, llevándole frescor y sueño, y un poco más abajo había un manantial de agua buena para beber. Entonces dijo Odiseo a Neoptólemo:
—Ve a inspeccionar el lugar y mira si Filoctetes anda por allí o no.
El príncipe subió y miró dentro de la cueva, y se encontró con que estaba vacía, pero que había señales de que alguien habitaba allí: una cama de hojas, una jarra de madera de forma muy rudimentaria, y trozos de madera para encender fuego, y también —espectáculo muy lastimoso de ver— los harapos con los que el enfermo solía vendarse la herida.
Cuando hubo contado lo que vio, Odiseo dijo:
—Es evidente que vive aquí, y tampoco puede estar lejos, pues ¿cómo puede alejarse mucho alguien con una herida como la suya? Sin duda ha ido a algún lugar al que acuden los pájaros para cazarlos, o, tal vez, a buscar alguna hierba con la que mitigar su dolor. Haz que alguno de tus hombres aguarde su llegada, pues ay de mí como me vea...
Cuando la guardia estuvo lista, Odiseo habló de nuevo:
—Te diré lo que es necesario que digas y hagas. Tan solo has de ser audaz, hijo de Aquiles, y no solo con la mano, sino también con el corazón, si lo que te voy a decir te parece nuevo o extraño. Escucha, pues: cuando él te pregunte quién eres y de dónde vienes, le responderás que eres hijo de Aquiles y que has abandonado las huestes de los griegos porque te habían causado un gran perjuicio, ya que, habiéndote rogado que vinieras por no poder tomar la gran ciudad de Troya sin ti, no quisieron entregarte las armas de tu padre Aquiles, sino que se las dieron a Odiseo. Y aquí puedes decir contra mí toda clase de maldades, pues tales palabras no me molestarán; pero, si no cumples esto, será en perjuicio de todo el ejército de los griegos, pues has de saber que sin el arco de este hombre no podremos tomar la ciudad de Troya. Además, solo tú podrás acercarte a él sin peligro, al no ser de los que navegaron con él al principio. Y si no te complace hacerte con el arco traicioneramente (pues esto es lo que debes hacer, y sé que eres de los que no aman hablar en falso ni urdir engaños), recuerda que la victoria es dulce. Sé audaz hoy para que mañana podamos ser justos.
—No es propio de mí, hijo de Laertes, obrar con astucia y engaño, como tampoco lo fue de mi padre antes que yo. Estoy dispuesto a llevarme a este hombre con brazo fuerte; y, siendo un lisiado como es, ¿cómo va a resistir contra nosotros? Y aunque me disgustaría defraudarte en nuestra empresa común, esto sería mejor que vencer mediante el engaño.
—También yo, en mi juventud, quería hacer todas las cosas por la mano y no por la lengua; pero ahora sé que solo la lengua puede conseguir la victoria.
—Pero tú me pides que diga lo que es falso.
—Te pido que te impongas a Filoctetes con astucia.
—¿Por qué no puedo convencerlo, o incluso obligarle por la fuerza?
—No se dejará persuadir, y no puedes usar la fuerza, pues tiene flechas que infligen la muerte sin escapatoria.
—¿Pero no es cosa vil que un hombre mienta?
—Ciertamente no, si la mentira le salva.
—Dime qué ganaría yo si este hombre viniera a Troya.
—Sin su arco y sus flechas, Troya no caerá.

¡Hola! Espero que estés disfrutando este contenido gratuito.
¿Has pensado en contribuir a la causa del latín, griego, mundo clásico y las humanidades en general?
Con un pago único de unos pocos sestercios puedes eliminar la publicidad.
✨ Elimina la publicidad y los banners como estos ✨
Cuando el príncipe hubo reflexionado un rato, dijo:
—Si es absolutamente necesario que tengamos esas armas, he de hacerme con ellas.
—Hazlo y obtendrás un doble honor.
—¿Qué quieres decir con «doble honor»? Dímelo, y no me negaré más.
—La alabanza de la sabiduría y también del valor.
—Que así sea. Haré lo que dices, y no lo tendré por algo vergonzoso.
—Está bien —dijo Odiseo—, y ahora enviaré a este vigía a la nave, y lo volveré a enviar disfrazado de piloto si lo deseas y te parece necesario. También partiré yo, ¡y que Hermes, el dios de la astucia, y Atenea, que siempre está conmigo, nos hagan triunfar!
Al cabo de un rato, Filoctetes subió por el camino de la cueva muy despacio y con muchos gemidos. Y cuando vio a los forasteros (pues algunos de la tripulación del barco estaban con el príncipe Neoptólemo), gritó:
—¿Quiénes sois vosotros, que habéis venido a esta tierra inhóspita? Griegos sé que sois por vuestro atuendo; pero dadme más detalles.
Y cuando el príncipe hubo dicho su nombre y linaje, y que navegaba desde Troya, Filoctetes exclamó:
—¿Dices que vienes de Troya? No navegabas con nosotros al principio.
—¿Qué? —exclamó el príncipe—. ¿Has tenido también tú parte en este asunto de Troya?
—¿No sabes a quién ves? ¿No has oído la historia de mis pesares? —Y cuando oyó que el joven no sabía nada de estas cosas, prosiguió—: ¡Ciertamente esto es pena sobre pena, si no ha llegado a la tierra de Grecia noticia alguna de mi estado, y yazgo aquí solo, y mi enfermedad crece en mí, pero mis enemigos ríen y callan! —Y luego dijo su nombre y su mala ventura, y cómo los griegos lo habían abandonado en la orilla mientras dormía, y que era ya el décimo año de su estancia en la isla; y continuó—: Has de saber que no tiene puerto ni fondeadero, y que nadie viene aquí por su propia voluntad; y si alguno viene de mala gana, como a veces sucede, me dicen palabras amables y me dan, tal vez, algo de comer; pero cuando les pido que me lleven a mi casa, no lo hacen. Y este mal me lo han causado los hijos de Atreo y Odiseo, por lo que los dioses que moran en el Olimpo han de pagarles equitativamente.
—Y yo —dijo el príncipe— no soy aficionado a esos hombres, pues cuando Aquiles murió…
—¿Cómo dices? ¿Ha muerto el hijo de Peleo?
—Sí, pero fue la mano de un dios y no la de un hombre la que lo mató.
—¡Un guerrero poderoso muerto por un enemigo poderoso! Pero prosigue.
—Odiseo y Fénix, que era el padre adoptivo de mi padre, vinieron a buscarme en un barco; y cuando llegué al campamento me saludaron con amabilidad y juraron que era a Aquiles a quien veían: tan parecido era a mi padre. Y, terminado mi luto, busqué a los hijos de Atreo y les pedí las armas de mi padre, pero me respondieron que se las habían dado a Odiseo, y este, que por casualidad pasaba por allí, afirmó que habían hecho bien, pues él los había salvado del enemigo. Y no pudiendo imponerme, me marché con gran ira.
—Así es —respondió Filoctetes— como yo debería haberlos juzgado. Pero me maravilla que el gran Áyax consintiera tales hechos.
—¡Ah! Pero ya había muerto.
—Son noticias tristes. ¿Y cómo está el viejo Néstor de Pilos?
—Mal, pues su hijo mayor, Antíloco, ha muerto.
—Podría haber aceptado la muerte de cualquiera antes que la de estos dos, Áyax y Antíloco; pero ¿dónde estaba Patroclo cuando murió tu padre?
—Ya estaba muerto. Así es como la guerra se lleva a los hombres verdaderos y deja a los falsos. Pero de estas cosas ya he tenido suficiente y más que suficiente. De ahora en adelante, mi isla de Esciros, aunque sea rocosa y pequeña, me complacerá. Y ahora, príncipe Filoctetes, me voy, pues el viento nos favorece, y debemos aprovechar la ocasión que los dioses nos brindan.
Filología, etimología, gramática histórica... 🎙️ el pódcast
Suscríbete gratis en tu plataforma favorita para descargar los nuevos episodios en cuanto se publiquen.
Un pódcast de filología y lingüística en general y de gramática histórica en particular, en el que hablaremos de la historia y evolución de las lenguas.
✨ Elimina la publicidad y los banners como estos ✨
Cuando Filoctetes supo que Neoptólemo estaba a punto de partir, le rogó con muchas súplicas que le llevara también a él en su nave, pues el viaje —dijo— no duraría más que un solo día.
—Ponme —prosiguió— donde quieras, en la proa, en la bodega o en la popa, y llévame a tierra como mejor te parezca. Tan solo sácame de aquí. —Y los marineros también suplicaron al príncipe que así lo hiciera; y él, al cabo de un rato, hizo como si accediera a sus ruegos.
Mientras Filoctetes aún le daba las gracias a él y a sus compañeros, llegaron a la cueva dos hombres, de los cuales uno era marinero en el barco del príncipe, y el otro, mercader. El mercader dijo que navegaba desde Troya hacia su casa, y que por casualidad había llegado a la isla y, sabiendo que el príncipe estaba allí, juzgó oportuno contarle las noticias que tenía: en breve, que Fénix y los hijos de Teseo habían zarpado con órdenes de los hijos de Atreo de llevarse de vuelta al príncipe; y también que Odiseo y Diomedes habían ido en otra misión a buscar a alguien que los caudillos necesitaban.
Cuando el príncipe quiso saber de quién se trataba, el mercader le pidió que dijera quién era el que estaba allí con él, y, al oír que era Filoctetes, exclamó:
—Date prisa en ir a tu barco, hijo de Aquiles, porque este es precisamente el hombre que los dos vienen a buscar. Tal vez no sabes lo que ocurrió en Troya: hay un tal Héleno, hijo del rey Príamo y famoso adivino. Odiseo, el hombre más astuto, lo tomó prisionero y lo llevó a la asamblea de los griegos; y el muchacho les profetizó que nunca tomarían la ciudad de Troya a menos que se llevaran con ellos al príncipe Filoctetes de la isla donde vivía. Y Odiseo dijo: «Si no lo traigo, quiera él o no, cortadme la cabeza».
Cuando Filoctetes oyó aquello, su cólera fue inmensa, y sintió aún más deseos de partir; pero antes debía entrar en la cueva y coger las cosas que necesitaba: hierbas con las que acostumbraba a aliviar los dolores de sus heridas y todo lo relativo a su arco. Cuando habló del arco, el príncipe le preguntó si de verdad era el famoso arco de Heracles el que llevaba en la mano, y dijo que le gustaría tocarlo, si es que le estaba permitido, y Filoctetes respondió:
—Sí, podrás tocarlo y manejarlo, cosa que, en verdad, ningún otro hombre ha hecho jamás; y es que tú me has hecho un gran favor, y fue por un gran favor que yo lo recibí de Heracles.
Cuando se disponían a ir hacia la nave, los dolores de la herida se apoderaron de Filoctetes. Al principio lloraba diciendo que estaba bien; pero al fin, no pudiendo soportar más, gritó al príncipe que desenvainase la espada y le cortase el pie, sin importarle si le mataba: solo quería librarse del dolor. Y luego le pidió que tomara el arco y se lo guardara mientras dormía, pues el sueño le sobrevenía siempre después de aquellos grandes dolores. Tan solo debía guardarlo bien, sobre todo si aquellos dos, Odiseo y Diomedes, llegaban entretanto. Y cuando el príncipe hubo prometido esto, Filoctetes le dio el arco, diciendo:
—Tómalo, hijo mío, y ruega a los celosos dioses que no te cause dolor como me lo ha causado a mí y al que fue su dueño antes que yo.
Al cabo de un rato, el afligido se durmió. Y el príncipe, con los marineros que le acompañaban, veló junto a él todo el tiempo.
Pero cuando los marineros quisieron que el príncipe se fuera, puesto que ya tenía el gran arco y las flechas, que era la causa por la había acudido, él no quiso, pues de nada servirían —dijo— sin el propio arquero. Al poco rato despertó Filoctetes. Se alegró mucho al ver que los visitantes no se habían marchado, pues, en verdad, apenas había esperado que así fuera. Por lo tanto, elogiando mucho al joven por su valentía y amorosa bondad, quiso que le ayudara enseguida a subir al barco, para que, habiendo cesado ya un poco su dolor, estuvieran listos para partir sin demora.
Así pues, se fueron, pero el príncipe estaba muy atribulado en su mente y gritó:
—¿Y qué he de hacer ahora? Mi juicio se encuentra al límite, y no encuentro palabras siquiera.
Ante estas palabras, en efecto, Filoctetes se entristeció, pensando que el príncipe se arrepentía de su propósito, de modo que dijo:
—¿Te molestan las consecuencias de mi aflicción para llevarme en tu nave?
—Todo es molestia cuando un hombre abandona su naturaleza para hacer cosas que no convienen.
—¿No es esto apropiado, viendo de qué padres eres hijo: ayudar a un hombre valiente en su necesidad?
—¿Puedo soportar ser tan ruin —dijo el príncipe—, ocultando lo que debería declarar y diciendo lo que es falso? —Y mientras Filoctetes aún dudaba de si se estaba arrepintiendo, gritó en voz alta—: No ocultaré más la cuestión: navegarás conmigo a Troya.
—¿Qué dices?
—Digo que te librarás de estos dolores y vencerás conmigo en la gran ciudad de Troya.
—¿Qué traición es ésta? ¿Qué me has hecho? Devuélveme el arco.
—No, eso no puedo hacerlo, pues cumplo órdenes y debo obedecerlas.
Mitología griega (y romana) 🎙️ el pódcast
Suscríbete gratis en tu plataforma favorita para descargar los nuevos episodios en cuanto se publiquen.
Prácticamente toda la mitología grecorromana que puedas necesitar saber para apreciar la literatura y arte clásicos y actuales.
✨ Elimina la publicidad y los banners como estos ✨
Al oír estas palabras, Filoctetes exclamó con voz muy lastimera:
—¡Qué tremendo malvado eres tú, que has hecho esto! ¿No te avergüenzas de hacer semejante mal a un suplicante? Dame mi arco, pues es mi vida. Mas hablo en vano, pues se va y no me hace caso. Oídme, pues, aguas y acantilados, y bestias del campo, que habéis sido durante mucho tiempo mi compañía acostumbrada, pues no tengo a nadie más que me escuche. Oíd lo que me ha hecho el hijo de Aquiles. Juró que me llevaría a mi hogar, y he aquí que me lleva a Troya. Y me dio la mano derecha de la fraternidad, y ahora me roba el arco: el arco sagrado de Heracles. ¡No, pues aún he de usarlo otra vez: devuélvemelo y sé fiel a tu palabra! ¿No dices nada? Entonces estoy acabado. Oh, caverna de la roca donde he morado, ¡mira qué desolado estoy! Nunca más cazaré con mis flechas a ave del cielo ni a bestia del campo, sino que lo que yo cazaba me perseguirá, y lo que me alimentaba me devorará.
Al oír estas palabras, al príncipe se le encogió el corazón, pues odiaba lo que había hecho y maldecía el día en que había ido de Esciros a las llanuras de Troya. Volviéndose entonces hacia los marineros, preguntó qué debía hacer, e incluso estaba a punto de devolverle el arco, cuando Odiseo, que estaba cerca, observando lo que estaba ocurriendo, salió corriendo diciendo a gritos que se detuviera.
—¿Es a Odiseo a quien veo? —dijo Filoctetes—. Ahora sí que estoy acabado.
—Así es; y en cuanto a lo que pides a este joven, que te devuelva el arco, no lo hará, sino que navegarás con nosotros hacia Troya; y si no estás dispuesto, estos que están a tu lado te llevarán por la fuerza.
—Señor del fuego, que gobiernas esta tierra de Lemnos, ¿escuchas esto?
—No: es Zeus quien domina aquí, y Zeus ha ordenado este acto.
—¿Qué mentiras son estas? Haces que los dioses sean tan falsos como tú.
—En absoluto: ellos son verdaderos, y yo, también; y tú debes hacer este viaje.
—Me parece que soy un esclavo, y no un nacido libre, si me hablas así.
—Eres igual a los más valientes, y con ellos tomarás la gran ciudad de Troya.
—¡Jamás! Antes me tiraré por este acantilado.
Entonces Odiseo gritó a los hombres que le sujetaran, y así lo hicieron de inmediato. Entonces Filoctetes le reprochó con muchas palabras todos los males que le había causado: cómo al principio había hecho que le abandonaran en aquella isla, y ahora le había robado las armas, no con sus propias manos, ciertamente, sino con astucia y engaño, sirviéndose de un simple joven que no sabía sino hacer lo que se le ordenaba. Y rogó a los dioses que se vengaran de todos los que le habían hecho daño, y principalmente de aquel hombre, Odiseo.
—Puedo ser todo lo que la ocasión requiera; como tú dices: si es necesario; sin embargo, no hay hombre más piadoso si el momento requiere bondad y justicia. Solo una cosa debo hacer, y es prevalecer. Pero aquí cederé ante ti. ¿No quieres venirte? Que así sea. ¡Soltadle! No te necesitamos a ti, mientras tengamos tus armas. Con nosotros está Teucro, un arquero no menos hábil que tú. Y ahora te dejo con tu Lemnos. Puede que este arco me traiga el honor que tú rechazas.
Cuando hubo hablado, partió, y el Neoptólemo fue tras él. El príncipe dijo a los marineros que se quedaran con el enfermo hasta que llegara el momento de prepararse para el viaje.
Entonces Filoctetes se lamentó, gritando a su arco:
—¡Oh, arco mío, amado mío, que me han arrebatado de las manos! Si tienes sentimientos, te afligirá ver que el hombre que fue camarada de Heracles no te sostendrá nunca más, sino que manos viles te sujetarán con toda clase de engaños.
De nuevo clamó a las aves del cielo y a las bestias del campo para que no huyeran más de él, viendo que ya no tenía ayuda contra ellas, sino que podían ir a vengarse de él y a devorarlo. Y aun así los marineros quisieron consolarlo. También trataron de persuadirlo de que escuchara a los caudillos, pero él no quiso, gritando que el rayo había de golpearlo antes de que fuera a Troya y ayudara a los que le habían hecho tanto daño. Y al fin clamó que le dieran una lanza o una espada para quitarse la vida.
Pero mientras hablaban así, el príncipe regresó como quien tiene prisa, con Odiseo siguiéndole y gritando:
—¿Por qué te vuelves?
—Para deshacer el mal que causé.
—¿Cómo dices? ¿Cuándo?
—Cuando te escuché y engañé a un hombre valiente.
—¿Qué harás entonces? (Mucho me temo lo que pueda hacer este necio).
—Devolveré este arco y estas flechas a aquel a quien se los quité con astucia.
—No lo harás.
—¿Pero quién me lo impedirá?
—Yo mismo, y todos los hijos de los griegos conmigo.
—Esto es palabrería para un sabio como tú.
—¿Ves la espada que empuño?
—Si hablas de espadas, pronto verás que yo también tengo una espada.
—Vale, te dejo en paz. A la hueste contaré este asunto; ellos te juzgarán.
—Ahora hablas acordemente. Sé siempre tan sabio: así te mantendrás apartado de los problemas.
Aprende latín y griego antiguo desde cero al mejor precio con esta oportunidad única. Aprovecha el combo latín & griego antiguo por 519 € para siempre.
Accede a las futuras ampliaciones con textos largos, actividades concretas, etc. Un solo pago, acceso para siempre, sin suscripciones recurrentes.
Entonces el príncipe llamó a Filoctetes, que, desatado por los marineros, se había escondido en la cueva, y le preguntó de nuevo si estaba dispuesto a navegar con él o estaba resuelto a quedarse en la isla.
Cuando negó que quisiera ir y empezó de nuevo a maldecir a los hijos de Atreo, a Odiseo y al propio Neoptólemo, el príncipe le pidió que dejara de hablar y le devolvió el arco y las flechas.
Cuando Odiseo, al ver esto, se enfureció y amenazó con vengarse, Filoctetes puso una flecha en la cuerda, tensó el arco al máximo y quiso dispararle, pero el príncipe le detuvo.
Volvió a insistirle Neoptólemo para que depusiera su cólera y navegara con él a Troya, diciendo que allí sería curado por el gran médico hijo de Asclepio, y que también ganaría gran gloria tomando la ciudad, y eso sería muy pronto, pues el adivino Héleno había declarado que era voluntad de los dioses que la ciudad de Troya fuera tomada aquel mismo verano.
Pero de nada le valió todo esto, pues Filoctetes estaba obstinado en que no iría a Troya ni complacería en nada a los caudillos que tanto mal le habían hecho. En cambio, deseaba que el príncipe cumpliese la promesa que le había hecho de llevarlo en su barco a su patria, y el príncipe dijo que así lo haría.
Los dos estaban a punto de partir hacia el barco, cuando apareció en el aire, por encima de sus cabezas, el gran Heracles. Su aspecto era realmente maravilloso, con vestiduras resplandecientes y una gran luminosidad en su rostro, como la de los dioses eternos con los que habitaba en el Olimpo. Así habló Heracles:
—No te vayas todavía, hijo de Peante, antes de que oigas lo que voy a decirte, porque es a Heracles a quien ves y oyes. He venido desde mi morada en el cielo para declararte la voluntad de Zeus. Has de saber, pues, que, así como yo alcancé esta bienaventuranza después de mucho esfuerzo, así sucederá contigo, porque tú has de ir a la tierra de Troya, donde primero te curarás de tu grave enfermedad y después matarás a Paris con tus flechas y tomarás la ciudad de Troya, de la que llevarás gran botín a tu casa, también para tu padre Peante, después de recibir de tus compañeros el mayor premio al valor. Pero recuerda que todo lo que ganes en esta guerra debes llevarlo como ofrenda a mi tumba. Y a ti, hijo de Aquiles, te digo esto: no podrás tomar la ciudad de Troya sin este hombre, ni él, sin ti. Por eso, como dos leones que se juntan, habéis de cuidaros mutuamente. Enviaré a Asclepio a que le cure de su enfermedad, pues es voluntad de los dioses que Troya vuelva a ser tomada por mi arco. Y recordad esto cuando asoléis la tierra: honrad a los dioses y lo que les pertenece.
—¡Oh, maestro mío, a quien tanto he deseado oír y ver! Haré lo que dices.
El príncipe también asintió, y al fin Filoctetes, tras despedirse de la isla con muy bellas palabras, fue a embarcarse con Neoptólemo rumbo a Troya.
Más sobre estos personajes y acontecimientos
En esta entrada aparecen los siguientes personajes y acontecimientos del mundo clásico. Tienes más contenidos sobre ellos: Filoctetes, Heracles, Neoptólemo, Odiseo, Sófocles.

