A continuación tienes La vida de Esopo tal como viene recogida en La vida y fábulas del Esopo, a las cuales se añadieron algunas muy graciosas de Avieno y de otros sabios fabuladores, publicado por ¿la oficina Plantiniana? en 1607. El archivo escaneado está disponible en Archive.org. Transcripción para AcademiaLatin.com con alguna modernización ortográfica y de puntuación.
En las partes de Frigia, donde es la muy antigua ciudad de Troya, había una villa pequeña llamada Amoria, en la cual nación un mozo disforme y feo de cara y de cuerpo, más que ninguno que se hallase en aquel tiempo, ca era de gran cabeza, de ojos agudos, de color negro, de mejillas luengas, y el cuello tuerto, y de pantorrillas gruesas, y de pies grandes, bocudo, giboso y barrigudo y tartamudo, y había nombre Esopo; y como creciese por sus tiempos, sobrepujaba a todos en saberes astuciosos.
El cual a pocos días fue preso y cautivo y traído en tierras extrañas, y fue vendido a un ciudadano rico de Atenas llamado Aristes. Y como este señor lo estimase por inútil y sin ningún provecho para los servicios de casa, deputolo para labrar y cavar sus campos y heredades.
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En un día como Zenas, a quien era encomendada la administración de la heredad por su señor, se levantase de su reposo para trabajar como solía hacer en la dicha heredad, a poco espacio le fue presente el señor con un mozo llamado Agatopo. Y como Zenas le mostrase la diligencia de su trabajo, acaeció que llegó a una higuera, en la cual habían madurado unos pocos de higos principalmente más que en las otras higueras, de los cuales el dicho administrador con gran diligencia cogió, y con grande reverencia a su señor los presentó, diciendo: «A ti pertenecen los frutos primeros de tu heredad». Y el señor, vista la belleza de los higos, dijo: «Grandes gracias te hago, Zenas, del buen amor que a mí tienes».
Y como fuese hora según había acostumbrado de ir en tal día a bañarse y limpiarse en un baño, dijo: «Agatopo, toma y guarda con grande diligencia estos higos, porque cuando tornare del baño comience a comer de ellos». Empero, tomando Agatopo los higos y mirándolos, la codicia desordenada de la gula se acrecentó en él, y así andando remirando los higos delante un compañero suyo, comiose los dos y dijo: «Si no hubiese miedo al señor, yo comería uno a uno estos higos». Respondiole su compañero diciendo: «Si tú quieres que entrambos a dos comamos, yo daré manera como no padezcamos mal ninguno por ellos». Dice Agatopo: «¿Cómo podrá ser eso que dices?». Respondió el otro: «A nosotros es manifiesta cosa que Esopo, viniendo de su hacienda, demanda el pan que cada día le es acostumbrado dar. Y como el señor demandase los higos, diremos, que el Esopo, viniendo de su afán y obra, hallando aquellos higos en la despensa guardados, los ha comido; y como el Esopo fuere llamado, con la tardanza y tartamudería que tiene, no se podrá defender ni escusar; y el señor azotarlo ha, y nosotros cumpliremos nuestro deseo».
Y oído Agatopo el consejo con la codicia que tenía de comer los higos, sin más pensar comenzaron a comer. Y como los comiesen con grande placer y alegría, dijo Agatopo reyendo: «Dolor y tristura será a ti Esopo, que sobre tus espaldas furiosamente el señor absolverá nuestra culpa». Y así hablando y reyendo, todos los higos se comieron.
Y viniendo el señor del baño, demandó que le trajesen los higos en el principio de su comer, y díjole Agatopo: «Mi señor, el Esopo, viniendo de su trabajo, como hallase la despensa abierta, entró en ella y, no mirando razón alguna, los ha comido todos». Oyendo esto el señor y movido de ira, dijo: «¿Quién me llamará a ese Esopo?». Y como fuese llamado ante él y viniese, díjole el señor: «Dime, escelerado tacaño sin vergüenza, ¿de tal manera me acatas y tan poco me temes que los higos que estaban en la despensa guardados para mí has tenido osadía de comer?».
El Esopo, no pudiendo responder a las palabras del señor por tener la lengua tartamuda, estaba temeroso; y el señor lo mandó desnudar. Mas como en astucias y cavilaciones fuese agudo, pensó que por aquellos que presentes estaban fuese solamente acusado de los higos; e hincándose de rodillas a los pies del señor, con señales le demandó un poco de tiempo antes que lo mandase herir.
Y pensando el Esopo que no podría satisfacer con palabras al engaño que le había levantado aquellos falsos acusadores, que presentes le estaban, y que le era necesario defenderse con arte y astucia, por tanto, fuese para el fuego y tomó una olla de agua caliente que ende halló, y echó de aquella en un bacín y bebió de ella. Y dende a poco metió los dedos en la boca y echó solamente el agua que había bebido, por cuanto en aquel día otra vianda no había comido. Y asimismo pidió por merced a su señor que aquellos acusadores bebiesen de aquel agua caliente, los cuales, como por mandado del señor bebiesen, porque no vomitasen, tenían las manos a la boca, mas, como el estómago con el calor del agua ya fuese resolvido, echó fuera el agua revuelta con los higos.
Y viendo el señor manifiestamente la experiencia de aquellos que habían comido, vuelto a ellos díjoles: «¿Por qué habéis mentido contra este que hablar no puede?». Y así mandolos desnudar y públicamente azotar, diciendo: «Cualquier que contra otro alguna cosa por engaño levantare o acusare, por igual galardón será su cuero afeitado y guarnecido». Y después el siguiente día fuese el señor para la ciudad. Y como estuviese el Esopo en su labor cavando en el campo, allegose a él un sacerdote de la diosa Diana, el cual andaba errado del camino y rogó al Esopo que le enseñase por cuál camino podría ir a la ciudad. El Esopo, como aquel que era muy piadoso, tomolo por la mano e hizo asentar al sacerdote debajo de una sombra de higuera y diole pan y aceitunas e higos y dátiles, y rogole que comiese. Y dende fuese Esopo a un pozo y sacó agua y diole a beber.
Y después que el sacerdote hubo holgado y reposado, Esopo con amor y diligencia le enseñó el camino de la ciudad. Y pensando así el sacerdote que con pecunias no podría satisfacer a tanta caridad que del Esopo había recibido, deliberó rogar a los dioses por aquel que con tanto amor y caridad y tan afectuosamente lo había enderezado. Y como el Esopo fuese tornado a la heredad a la hora de la siesta, así como es de costumbre a los trabajadores en tal hora reposar y dormir, adurmiose a la sombra de un árbol. Y como la diosa de la piedad y caridad tuviese oído y entendido las plegarias de aquel sacerdote, apareció a Esopo y diole en gracia que pudiese hablar distintamente y sin ningún impedimento todos los lenguajes de las gentes, y que entendiese los cantares de las aves y las señales de todas las animalias, y que dende adelante fuese inventor y recitador de muchas y diversas fábulas.
El Esopo, despertando del sueño en que estaba, dijo entre sí: «Oh, cómo he holgado tan dulcemente; y me parece que haya soñado un sueño de gran maravilla, y me semeja que sin trabajo ninguno hablo, y las cosas que veo, nombrarlas por sus nombres; y los cantares de las aves yo bien entiendo; y conozco las señales de las animalias. Por los dioses, todas las cosas entiendo y percibo. Y no puedo pensar de dónde tan súbito el tal conocimiento haya recibido. Pienso que por la piedad, caridad y amor de que muchas veces he usado contra los huéspedes me han hecho esta gracia los dioses, ca quien cosas derechas hace buenas esperanzas recibe en el corazón siempre».
Estando así Esopo muy gozoso de las grandes gracias que había recibido de los dioses, tomó la azada y comenzó a cavar en la heredad. Mas como Zenas viniese a ellos por causa de mirar la obra y hacienda que hacían, movido de ira, sin tener ninguna razón hirió con la verga cruelmente a un compañero de Esopo. Y tomando Esopo enojo y molestia de aquello, dijo: «¿Por qué a este por no nada tan cruelmente hieres, y cada hora sin tener razón ninguna hiriendo nos matas, y tú ninguna cosa de bien haces? Por cierto, yo haré que esta tu crueldad sea manifiesta al señor».
Y como oyese Zenas las palabras del Esopo, fue muy maravillado cómo hablaba tan distintamente y sin ningún trabajo le contradecía, dijo entre sí: «A mí es necesario proveer antes que este malvado me revuelva con el señor y me quite de la procuración». Y luego se fue para la ciudad y comenzó de hablar a su señor, haciendo y mostrando el gesto temeroso y diciendo: «Mucha salud haya mi señor». Respondió el señor: «¿Qué es la causa por que vienes temblando?». Respondió Zenas: «Cosa muy nueva y de grande maravilla ha acontecido en la tu heredad». Respondió el señor: «Por ventura es que algún árbol antes de su tiempo ha dado algún fruto. ¿O es que alguna bestia haya parido alguna cosa monstruosa?». Y díjole Zenas: «No es nada de eso, mas aquel esclavo malvado criminoso de Esopo ha comenzado de hablar claramente y sin impedimento». Entonces dijo el señor: «Sea en buen hora. ¿Y eso te parece monstruoso y cosa que no es según su disposición de naturaleza?». Y respondiendo Zenas dijo: «De esa manera es». Díjole el señor: «Pues si así es, no es maravilla, ca vemos muchos que, como se enseñan, no pueden hablar, y, después que se les quita la saña, sin empacho y trabajo todas las cosas hablan». Entonces dijo Zenas: «Más habla que hombre: a mí me ha dicho muchas palabras injuriosas, y a ti, y a los dioses y diosas cruelmente y sin piedad ni temor falsamente blasfema». Y entonces el señor fue movido de ira y dijo a Zenas: «Vete y haz lo que quisieres de él. Herirle has, venderlo has y perderlo has; yo te lo doy y te hago donación en escritura».
Y Zenas, aceptada y recibida la donación que le fue hecha de Esopo, tornose para la heredad y dijo al Esopo: «Ahora eres en mi poder, ca el señor te ha dado a mí; y, porque eres parlero y malo del todo, te quiero vender».
Y acaeció por ventura que un mercader que solía comprar esclavos pasaba cerca de aquella heredad buscando bestias alquiladas para llevar cargas y esclavos a la feria de Éfeso. Y como aquel mercader encontrase a Zenas, que era conocido suyo, lo saludó y le rogó que le dijese si sabía de algunas bestias para vender o alquilar.
Dijo Zenas: «Ni por precio ni por otra manera se pueden haber aquí tales bestias, mas yo tengo un esclavo muy sabio y provechoso de edad, el cual te venderé si lo quieres mercar». El mercader le dijo que lo quería ver. Entonces Zenas llamó al Esopo y mostrolo al mercader, el cual viéndolo de tal hechura y tal fealdad dijo: «¿De dónde es aquesta fantasma? Por cierto no parece sino trompetero de la batalla de los monstruos y maravillas, y, si voz no tuviese, yo pensara que fuese odre hinchado. ¿Y por causa de esta suciedad me trajiste acá del camino derecho? Pensaba que venía a comprar algún esclavo sabio, hermoso y elegante». Y dichas estas palabras, volviose para su camino.
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Y el Esopo siguió al mercader y díjole: «Espérame un poquito». Y el mercader respondió: «No me quieras hacer tardar, ca no puedes haber provecho alguno de mí, porque, si te comprase, llamarme han comprador de cosas señaladas y de maravillas y monstruosas». Y el Esopo le dijo: «¿Y pues a qué viniste aquí?». Respondió el comprador: «Por cierto yo vine pensando comprar algún gentil esclavo, mas tú mucho eres sucio y feo, y de tales mercaderías no he menester». Dijo el Esopo: «Si me comprares, no perderás nada». Y entonces el mercader dijo al Esopo: «¿En qué cosa me podrás aprovechar?». Respondió el Esopo: «¿No has en el lugar donde tienes tu casa algunos mozos o niños bocineros y esquinos? Cómprame y hazme maestro de ellos, ca en verdad más miedo me habrán que a un espantajo».
Y con estas palabras el Esopo provocó al mercader, y volviose a Zenas y díjole: «¿Por cuánto precio me darás este estropajo?». Zenas respondió: «Por tres libras de oro o por treinta dineros; porque sé que ninguno lo querrá comprar, así te lo doy casi por nada».
El mercader, pagado el precio, fuese para su casa con el Esopo. Y entrando con el Esopo en el lugar donde estaban dos niños asentados en el regazo de su madre, viendo los niños a Esopo, espantados de su visión, comenzaron a llorar y esconder las caras en el seno de la madre. Entonces dijo el Esopo a su amo: «Ya tienes prueba y argumento del mi prometimiento, ca ya vees que, como estos niños me vieron, les ha parecido que soy algún diablo o espantajo». El mercader se rio de la respuesta del Esopo y después le dijo: «Entra y saluda tus compañeros los esclavos».
El Esopo, entrando dentro y viendo los esclavos mozos y muy preciados y hermosos, díjoles: «Sálveos Dios, mis compañeros buenos». Y ellos, mirando a Esopo, dijeron así: «Por el Sol, escuro espectáculo y maravilla esperamos. ¿Y qué quiere hacer nuestro señor? Ca hasta hoy día no ha comprado cosa tan fea». Y así estando ellos, el señor entró en el palacio donde estaban todos ayuntados y dijo a los mozos: «Llorad vuestra fortuna, ca no hallo bestias a vender ni de alquilar: partid estas cargas entre vosotros, y asimismo tomad viandas, ca mañana iremos a Éfeso».
Y como los mozos partiesen las cargas de dos en dos, el Esopo dijo: «Buenos compañeros, ya sabéis... como yo soy el menor de vosotros y el más flaco, ruégovos que me dedes alguna carga ligera». Y ellos le respondieron: «Pues no lleves nada». El Esopo dijo: «Pues vosotros todos trabajáis, no cumple que yo solo quede y sea inútil y sin ningún provecho al señor». Dijeron ellos: «Toma lo que quisieres». El Esopo, mirando todo cuanto habían de llevar para el camino, es a saber los sacos, costales, fardajes y canastas y otras cosas, tomó una canasta cargada de pan, que estaba por carga para dos, y díjoles: «Esta carga me dad». Ellos le dijeron: «No hay cosa más loca que este hombre: él nos ruega por carga ligera, y escoge la más pesada de todas». Y dijo uno de ellos: «Pongámoslo por costumbre». Y así Esopo tomó su pan a cuestas, y andaba más que los otros esclavos, los cuales, mirándolo y maravillándose de ello, dijeron: «Este no es perezoso en trabajar. En verdad más carga lleva que ninguno de nos. En esto solo paga su precio, ca no llevaría más carga una bestia». Y de esta manera escarnecían al Esopo, por cuanto dos de ellos no llevaban tan grande carga como él solo.
Empero, como llegase a una cuesta Esopo, quitose la carga que llevaba a cuestas y púsola en tierra, y tomó la canasta con las manos y con los dientes, y con menor trabajo subió la cuesta. Y así en el mesón antes que los otros fue recibido, y, en llegando todos al mismo mesón, mandó el señor que holgasen un poco y tomasen alguna recreación; y dijo Esopo: «Trae acá pan y da a estos para que coman». Y dio tanto pan a cada uno que la canasta estaba casi medio vacía. Y como ya se levantasen de comer, el Esopo algo aliviado de la carga, antes que los otros llegó a la otra posada. Y a la noche así mismo partió el pan a los compañeros, y así acabó de vaciar toda la canasta.
Otro día como madrugasen, el Esopo iba con la canasta vacía delante los otros, que no lo podían conocer, por el espacio grande del camino. Y mirándole los esclavos, no sabiendo que él era Esopo, decían unos a otros: «¿Quién es aquel que tanto va adelante? ¿Es de nuestra compañía o algún peregrino?». Y uno de ellos dijo: «¿No veis como este ganapán nos vence a todos y sobrepuja en sutileza y astucia? Ca nosotros tomamos cargas que no se gastan por el camino y trabajamos andando y caminando con ellas, y este artero cargose de panes que cada día se gastan, y ahora se va como veis sin carga vacío holgando».
Y como llegasen a Éfeso,
el mercader puso los esclavos a vender en el mercado, y no ganó poco en ellos. Tres solos le quedaron que no se pudieron vender, los cuales fueron el gramático y el tañedor y el Esopo. Y uno que conocía al mercader díjole: «Si estos esclavos llevas a un lugar llamado Samos, ahí los venderás, ca ende está un filósofo que ha nombre Janto, al cual concurren y vienen muchos de las islas llamadas Cíclades y Espórades, por causa de aprender en el estudio».
Oído esto el mercader, navegó para Samos, y al gramático y tañedor vestidos de nuevo púsolos a vender en el mercado, y al Esopo, porque era muy torpe y feo de su disposición corporal, púsolo entre ambos, solamente vestido de cilicio. Y como los otros dos fuesen hermosos mancebos y bien proporcionados, todos los que miraban al Esopo se espantaban de su fealdad, diciendo: «¿De donde es traído este juglar y ridículo? Por cierto este encubre a todos los otros de su fealdad y torpe hechura».
Mas el Esopo, sintiéndose escarnecer por palabras de reír, estaba enojado y a todos miraba muy cruelmente. Y como el filósofo Janto saliese de su casa y viniese al mercado, él, andándose por él paseando y mirando alto y bajo, vio aquellos dos mancebos hermosos de hechura y en medio al Esopo y, maravillándose de la ignorancia del vendedor, dijo: «Mirad qué saber de hombre». Y llegándose al uno de ellos, preguntole: «¿De dónde eres?». Y él le respondió que era de Capadocia natural. Y él le tornó a preguntar: «Qué sabes hacer?». El esclavo le dijo: «Sé hacer lo que tú querrás». Y oyendo esta su respuesta el Esopo, se rio muy disimuladamente.
Los escolares que estaban con el filósofo viendo al Esopo reírse de aquella forma y mostrar los dientes de fuera reyendo, parecioles que veían cosa monstruosa y fuera de la condición humana, y dijeron entre sí: «¿Para qué ha el vientre dientes?». Y dijo otro que lo vio: «¿Por qué de tanta gana se rio?». Y dijo otro: «No se ríe, mas regaña. Roguémosle que nos diga la causa». Y llegándose uno de ellos a él, díjole: «Esopo, compañero sabio, mozo, dime por qué te reíste tan largamente».
Y el Esopo, estando lleno de ira por cuanto se veía de todos escarnecido, respondiole: «Vete en hora mala, bestia y cabrón del mar». Y con tanto corrido de vergüenza, fuese el escolar dende. Mas dijo el filósofo al mercader: «Por cuánto daréis al tañedor?». Al cual respondió el mercader: «Por mil dineros». El cual precio reputándolo por demasiado, llegose al otro esclavo y díjole: «De qué tierra eres?». El cual respondió: «Soy de Libia». Y dijo el filósofo: «¿Qué sabes hacer?». El esclavo dijo: «Sé hacer lo que pensarás». Oyendo esto el Esopo, riose muy largamente. Y como los escolares le vieron reír, dijeron: «Por qué se rée este de todas las cosas?». Y dijo uno de entre ellos a otro: «Si quieres ser llamado cabrón marino, pregúntale la causa de la risa».
Y Janto dijo al mercader: «¿Por cuánto precio darás el esclavo gramático?». Él respondió: «Tres mil dineros». Oyendo esto, calló el filósofo y fuese dende. Entonces dijeron los escolares: «Maestro, aquellos esclavos por ventura te aplacen, o no?». A los cuales respondió el filósofo: «Sí, aplacen, mas esme defendido entre nosotros de comprar un siervo por tan gran precio; y caerá el comprador en grave pena». Dijo uno de los escolares: «Pues los hermosos no se pueden comprar por causa de la ley, cómprese aquel que no hay quien le exceda y sobrepuje en fealdad: y por cierto no menos te servirás de él que de otro, y pagaremos nosotros el precio por él». Respondió el filósofo: «Cosa fea sería esa, y mi mujer es delicada y no se dejaría servir de semejante».
Dijeron otra vez los estudiantes: «Maestro, muchos mandamientos nos has hecho y enseñas, en los cuales la mujer no consentiría, salvo por contradicción, y asimismo debes usar de ellos». Y así dijo el filósofo: «Sepamos del que sabe hacer, porque no perdamos el precio por negligencia». Y vuelto al Esopo, díjole: «Dios te salve, mozo». Respondió Esopo: «Ruégote que no te enojes por mí». Dijo Janto: «Yo te saludo». Y respondió el Esopo: «E yo a ti». Y díjole el filósofo: «Déjate de las molestias y enojos y responde a lo que te rogaré. ¿De qué tierra eres tú?». Respondió el Esopo: «De carne». Dijo Janto: «No demando eso, mas dónde fueste engendrado». Respondió Esopo: «En el vientre de mi madre». Y dijo el filósofo: «Ni aun eso te ruego, mas en qué lugar fueste nascido». A esto dijo el Esopo: «No me hizo cierto mi madre en la cámara donde me parió, o en el palacio, o en la sala». Janto le dijo: «Dejémonos de esto; dime qué aprendiste». Respondió Esopo: «Yo ninguna cosa sé hacer». Janto le requirió: «¿De qué manera dices eso?». Esopo le declaró: «Por cuanto estos mi compañeros esclavos dijeron que sabían todas las cosas, y así no dejaron para mí nada». Entonces los escolares maravillándose de él, dijeron: «Por la divina sapiencia apuestamente respondió, ca quien todas las cosas sabe no se halla, y por esto se rio tan largamente». El filósofo le preguntó: «Ruégote que me digas, si quieres que te compre». Dijo Esopo: «Esto es en ti, por cierto ninguno te constriñe; mas si voluntad lo has, abre las puertas de la bolsa y cuenta el dinero; y si no, cierra la bolsa».
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Oídas estas cosas, dijeron los escolares: «Por los dioses, este sobrepuja al maestro». El filósofo le rogó que le dijese que, comprándolo él, si huiría de él. Y respondió Esopo: «Si eso quisiese hacer, no demandaría consejo de ti». Dijo Janto: «Muy honradamente hablas, mas eres sin forma del todo feo». Y respondió Esopo: «No debe alguno mirar la cara corporal, mas la ánima y el corazón del hombre». Entonces dijo el filósofo al mercader: «¿Cuánto vale este espantajo?». El cual le dijo: «Espérame un poco, ca por cierto muy poco sabes de mercaduría». Janto dijo: «¿Por qué dices esas cosas?». Y el mercader respondió: «Porque dejas a los que son dignos de ti, y al indigno tomas. Toma a uno de ellos, y deja a este». Replicó Janto: «Ruégote que me digas por cuánto me lo darás». Dijo el mercader: «Por sesenta dineros».
Luego los escolares contaron el precio. Y de esta manera compró el filósofo a Esopo. Los arrendadores, como supieron esta vendida, afincadamente demandaron quién fuese el vendedor y comprador, mas el filósofo y el mercader pusieron entre sí que costaba muy poco. Dijo Esopo a los arrendadores: «Este es el comprador, y aquel es el vendedor; y si ambos lo niegan, yo soy libre, y por tal me afirmo». Y por este donaire caviloso sonriéndose los arrendadores, dejáronle el tributo y el censo por el debido.
Y como cada uno de ellos se partiese para donde le cumplía, y como Esopo siguiese a su amo Janto, acaeció que su señor vertía las aguas andando, lo cual viendo Esopo, trabó al manto de Janto y díjole: «Señor mío, si no me vendes a otro, sepas que huiré de ti». Y preguntole Janto: «¿Por qué es eso?». Y Esopo dijo: «A tal señor no puedo yo servir». El filósofo dijo: «¿Por qué es eso?». Respondió Esopo: «Por cuanto no has vergüenza, siendo tan honrado señor, de mear andando. ¿No puedes dar tanta holganza a la natura, que te baste para mear estando? Según esto, a mí, que soy tu esclavo, si me enviases a hacer algo y el vientre requiriese purgación, convendría que lo hiciese volando, como tú haces eso que es menos torpe andando». Respondió el filósofo Janto y dijo: «Ruégote que por aquesta causa no te muevas, mas abre bien las orejas y escucha lo que diré. Yo meo andando por evitar tres cosas nocivas. La primera, porque la calor del sol, como sea mediodía, no me dañase la cabeza. La segunda, porque los meados no me quemasen los pies. La tercera y final, porque el hedor de los meados no me empeciese a las narices. Y en mear andando me guarde de estos daños». Entonces dijo Esopo: «Satisfecho me has».
Y llegando el filósofo a su casa, dijo a Esopo: «Quédate aquí ante la puerta un poco, entre tanto que voy al estudio y a tu señora hablo de ti». Dijo Esopo: «No te esperaré nada, mas haré lo que me mandas». Janto, entrando en su casa, dijo a la mujer: «De aquí adelante cesarás de barajar y reñir conmigo, diciendo que codicio tus mozas: cata que te he comprado un mozo así sabio que no hubiste hasta hoy ninguno otro más hermoso y más elegante y gentil».
Las esclavas, desque esto oyeron, creyendo que era así la verdad, comenzaron a contender y a reñir unas con otras. Una decía: «El señor me ha comprado a mí este por marido». Otra decía: «Yo soñé esta noche que mi señor me desposaba». Y mientras que ellas así hablaban, dijo la mujer a Janto: «¿Dónde está ese a quien tanto alagas? Mándale venir acá». Y dijo el filósofo: «Ante la puerta está: llámelo alguno, que suba el nuevo comprado».
Y una de las esclavas, mientra las otras se barajaban sobre quién lo llamaría, fuese para él callando y decía entre sí: «Yo iré primero y lo tomaré por marido». Y así, cuando fue a la puerta, comenzó a decir: «¿Y dónde está el mi nuevo esperado?». Y Esopo le respondió: «A quien tú demandas, yo soy». Y como ella lo miró, mudósele la color, y fue mucho espantada, y dijo: «Guay, huyo y apártome de la fantasma; ¿y dónde es la cola?». Díjole Esopo: «Si rabo habrás menester, no te faltará». Y como él quisiese entrar en casa, dijo la sierva: «Acá no entrarás, ca todos cuantos son en ella huirán como te vean dentro en casa». Y después, tornada a sus compañeras, que estaban deseosas de lo ver, díjoles: «Por mucho mal id allá y vedlo». Y otra de ellas saliendo fuera, como mirase a Esopo tan feo y tan espantoso, díjole: «Loco, cierra tu boca, guarda allá, no me toques».
Y presentose ante su señora Esopo como entrase en su casa; mas como ella lo miró, volvió el rostro atrás y dijo a su marido: «Como espantajo y mostruo me habéis comprado por esclavo. Apartadmelo allá de mí». El filósofo respondió: «Mujer amansad vuestro corazón, ca por siervo vos lo he comprado, y aun es asaz suficiente de ciencia». Y ella díjole: «No soy tan necia que no conozca que ya me aborrecéis y buscáis otra mujer, porque abiertamente no me lo osáis decir: por tanto, me habéis traído esta cabeza de perro pensando que antes me iré de casa que conversar con él. Mas, pues que así es, dadme mi dote, y yo me iré en paz».
Y Janto dijo a Esopo: «Cuando íbamos por el camino, mucho hablabas, mas, agora que es menester que hables, callas y no dices nada». Y Esopo le respondió: «Señor, pues que esta tu mujer es de esta condición tan soberbiosa y enojosa, échala en las tineblas». Y Janto le dijo: «Calla, que eres digno de ser azotado: ¿no vees que la amo como a mí mismo, y no menos?». Respondió Esopo y dijo: «Ruégote que la ames». Janto le dijo: «¿Pues qué otra cosa?». Entonces Esopo, hiriendo con el un pie la sala, con muy alta voz llamaba diciendo: «Este filósofo es detenido y preso de la mujer».
Y vuelto a la señora, comenzó a hablar de esta manera: «Mi señora, yo te amaré y trabajaré mucho porque hayas paz y bien. Tú querrías que te comprase tu marido un esclavo mancebo de edad, hermoso de hechura, sabio, apuesto y ordenado; que te esperase en el baño y te echase en la cama y te rascase los pies; y aun, cuando tú quisieses, que confundiese al filósofo. Hay dolor en los peligros de la mar: muchos son los ímpetus y vueltas de ella, y muy muchos son los ímpetus y arrebatamientos de los arroyos; difícil y áspera cosa es soportar la pobreza, y por cierto infinitas cosas son malas de soportar y sufrir, mas lo que peor es de comportar y tolerar es la mala hembra. Mas tú, señora, no quieras mozos hermosos y lozanos que te sirvan, porque en un poco de tiempo no des deshonor e infamia a tu marido». Y como su señora oyese aquestas cosas, dijo: «No solamente es feo y disforme, mas parlero y cruel y hallador de crueldades; ¡y con qué palabras se burla de mí y me escarnece! Mas yo me guardaré y me emendaré».
Entonces dijo el filósofo a Esopo: «Esopo, cata que la señora está mucho enojada». Responde el Esopo: «No se da así de ligero poder amansar y aplacer a la mujer». Entonces mandó callar el señor a Esopo, diciendo: «Calla ya, ca asaz has hablado. Toma una cesta y sígueme, para que compremos alguna verdura».
Y así se fueron a una huerta, y dijo el filósofo Janto al hortelano: «Danos de la verdura». Y el hortelano tomó un gran hace en que había bretones y otras verduras juntamente y diolas a Esopo. Y como su señor pagase el precio al hortelano y comenzase a andar, dijo el hortelano: «Ruégote, maestro, que me esperes un poco, porque querría preguntarte una cuestión». Dijo el filósofo: «Pláceme, y soy contento de esperarte. Habla lo que te placerá». Y dijo el hortelano: «Maestro, las yerbas y hortalizas que diligentemente se siembran y se labran con gran cura, ¿por qué vienen más tarde que las que nacen por sí y no se labran?». Y Janto, como oyese esta cuestión filosofal y no pudiese responder a ella, dijo: «Estas semejantes cosas proceden de la providencia divina». De lo cual Esopo se rio con mucha gana.
Y díjole su señor: «Loco, ¿ríeste o escarneces?». Dijo Esopo: «Escarnezco no a ti, mas al filósofo que te enseñó; ¿y qué solución de filósofo es que por la divina providencia proceden estas cosas tales? Esto también lo saben los albarderos». Dijo el filósofo: «Pues que así es, suelta tu la cuestión». Respondió Esopo: «Si me lo mandas a mí, es cosa muy ligera de hacer». Entonces, el maestro, vuelto hacia el hortelano, dijo: «No conviene al filósofo que continuamente enseñen los estudios en las huertas responder y soltar las cuestiones, mas aqueste mi mozo, que en estas cosas es asaz sabio, soltará la cuestión; por tanto, ruégaselo». Y dijo el hortelano: «¿Ese sucio sabe letras? ¡Oh, qué mala ventura!». Y dijo Esopo: «Y tú, mozo, ¿has conocimiento de estas cosas?».
Al cual respondió Esopo y dijo: «Pienso que sí, mas está atento. Tú demandas por qué causa las hortalizas que tú siembras y labras crecen más tarde que las que de suyo nacen y no se labran. Abre las orejas y oye. Así como la mujer viuda que ha hijos y se casa con otro marido que tiene hijos a los unos es madre y a los otros es madrasta, y muy grande diferencia es entre los hijos y entenados, ca los hijos con muy grande afición y diligentemente son criados, y los entenados, con negligencia y muchas veces con mucho aborrecimiento se tratan. De esta misma manera la tierra es madre a las yerbas que por sí nacen, y a todas las otras que por mano de hombre se siembran es madrasta». Y como oyese el hortelano aquestas cosas, díjole: «Gran enojo me has quitado, y de gracia te do las verduras; y cuando las hubieres menester, vendrás, y toma de gracia cualquiera cosa de la huerta».
Después de pasados tres días, como el filósofo se lavase en el baño en uno con otros sus familiares y amigos, mandó a Esopo y dijo: «Vete a casa y pon en la caldera la lenteja, y lo más presto que podrás cuécela». Fuese corriendo el Esopo y, entrando en la cámara, tomó un grano de lenteja solamente y echolo en la caldera a cocer, y aparejó luego todo aquello que convenía y necesario era. Después que fueron lavados, dijo Janto a los amigos: «Hoy comeréis conmigo de la lenteja. Y por cierto entre los amigos no se ha de mirar tan solamente el valor de las viandas, mas considerar la buena voluntad con que se dan».
Y viniendo ya a yantar, mandó su señor a Esopo: «Tráenos agua a manos». Y él luego, tomando el lavatorio de pies, apartándose al lugar secreto, hincholo de agua y trájolo para su señor, el cual sintiendo el olor, dijo de esta manera: «¿Qué es esto, cabeza de maldades? ¿Estás loco? Quita allá eso y trae el bacín». Y Esopo prestamente trajo el bacín sin agua alguna. Y el filósofo con gran malenconía dijo: «Mozo, sabes ya más de esto?». Respondió él: «Por ti me fue una vez mandado que no hiciese sino lo que tú me mandases. Tú no dices "Pon el agua en el bacín, lávanos los pies y apareja los paños y manteles, y las otras cosas que son necesarias", mas tan solamente dices: "Trae el bacín". Yo te lo he traído». Entonces dijo el filósofo a los amigos: «No compré siervo, más maestro y mandador».
Y como ya se asentasen a la mesa, mandole el señor: «Si la lenteja es ya cocida, tráenosla». Y sacó Esopo con la cuchara la lenteja que había puesto a cocer de la caldera, y trájola a la mesa. Y pensando el señor que aquella traía porque viesen si estaban ya cocidas las lentejas, quebrantando la lenteja con los dos dedos dijo: «Cocido es, y tráela y comeremos». Y puso Esopo en la mesa la escudilla solamente por vianda. Y dijo Janto: «¿Qué es de la lenteja?». Respondió él: «Agora te la traje en la cuchara». El señor dijo: «Verdad es, un grano de lenteja». «Y grano digo yo —dijo Esopo—. Tú mandaste que cociese la lenteja en singular, y no lentejas en plural». Entonces dijo el filósofo a los que eran asentados a la mesa, turbado de corazón: «Por cierto este me ha de tornar loco».
Y dende mandó a Esopo: «Si quiera porque no parezca que escarnezco a los amigos, ve y compra cuatro pies de puerco y cuécelos presto, y ponlos en la mesa». Y fue Esopo y compró los pies y púsolos a cocer en la olla. Y su señor, buscando causa para lo herir y azotar, mientra que Esopo entendía en otros negocios, sacó un pie de la olla y ascondiolo. Dende a poco Esopo, catando la olla, no halló sino tres pies tan solamente. Y pensando la cosa cómo había acaecido, decendió al establo y cortó un pie al puerco que ahí estaba, y, tornando arriba, púsolo en la olla. Mas Janto, por miedo que Esopo, no hallando el pie, se huyese por temor de los azotes, mientra Esopo decendió abajo, tornó el pie a la olla. Y Esopo, como los pies fueron cocidos lo que habían monester, vaciando la olla en el plato, trajo cinco pies. Lo cual como viese Janto, dijo: «¿Qué cosa es esta: por ventura un puerco ha cinco pies?». Dijo Esopo: «¿Y dos puercos cuántos pies tienen?». Janto dijo: «Ocho». Dijo Esopo: «Aquí son cinco; y el puerco que está abajo solamente ha tres pies». Entonces dijo Janto a los amigos que estaban con él: «¿Por ventura no diré yo que este mozo me ha de tornar loco y sin seso?». Y Esopo dijo: «Por ventura sabes, señor, que todas las cosas que se hacen y se dicen en otra manera que el juicio y la razón derecha lo muestran, aquellas no son medianas o virtud».
Entonces el filósofo, como no hubiese causa por la cual con razón pudiese azotarlo, calló, y dejolo pasar so disimulación. Y otro día de mañana, como los escolares fuesen en el auditorio donde Janto leía, uno de ellos aparejó la cena. Y como cenasen, el filósofo tomó una ración de las viandas y diola a Esopo, diciendo: «Vete a casa y a la mi bienqueriente lleva y da esto». Y yendo Esopo a casa, decía entre sí: «Agora se da ocasión para poderse vengar mi señora de mí por las cosas que le tengo dichas, y agora parecerá claro cuál es la bienqueriente del señor». Pues entrando en casa, asentose en uno con los de casa y, llamando a la señora por su nombre, puso la esportilla delante con las viandas y dijo: «Señora mía, de aquestas viandas ninguna cosa gustarás». Y ella dijo: «Siempre tienes de ser loco y hacer locuras». Y dijo Esopo: «Estas viandas no me mandó dar Janto a ti, mas a la su bienqueriente»; y llamando a la perrilla que continuamente estaba en casa, dijo: «Ven acá, golosa, hincha tu vientre de estas viandas». Y la perrilla, halagando con la cola, vino al olor de las viandas. A la cual Esopo dando las viandas, hueso a hueso, dijo: «El señor mandó que se diesen a ti, y no a otro, aquestas viandas».
Después, como se tornase adonde estaba el filósofo, díjole: «¿Diste aquellas viandas a la mi bienqueriente?» Respondiole Esopo: «Yo las di, y ante mí las comió todas». Preguntó Janto: «¿Qué dijo mientra comía?» Respondió Esopo: «Por cierto ninguna cosa dijo, mas parecía que te deseaba y amaba». Mas viendo esto la mujer de Janto, llorando y gimiendo, entró en la cámara.
Y después que los escolares hubieron comido y bebido abundosamente, de una parte y de otra cada uno por su parte propusieron cuestiones. Y uno de ellos demandó en qué tiempo sería mayor priesa y dificultad a los hombres. Y Esopo, presto de ingenio, el cual estaba tras los otros, respondió: «Cuando los muertos en la resurrección cada uno buscará su cuerpo». Lo cual oído, los escolares dijeron: «Por cierto agudo es este mozo, y no es inepto y loco de ingenio; mas es abierta y claramente enseñado de su señor». Y después, como demandase otro por qué las animalias todas, como sean traídas para matar, calladamente vienen y no dan voz alguna, y el puerco no solamente no se deja tomar, mas de contino gruñe y regaña; y Esopo, como de cabo respondió: «Como los ganados, así como vacas y ovejas y otras animalias sean acostumbradas a se ordeñar y tresquilar, vienen callando, porque piensan que vienen para aquello, y así no han miedo del hierro, mas en el puerco no es así, de cuya leche ni lana no curamos, mas solamente acostumbramos de nos aprovechar de su carne y sangre, y por tanto, cuando lo traen, de tanto grado regaña y gruñe»; entonces los escolares juntamente alabaron y aprobaron mucho el dicho de Esopo, y fuéronse dende regraciándose los unos a los otros para sus casas.
El maestro venido a casa, entrando en la cámara, comenzó a halagar a su mujer, que lloraba. Y ella, volviendo la cara, le dijo: «Quítate allá y ten la mano queda». El filósofo le amonesta y persuade diciendo: «Tú eres mi dilectación, y no conviene que seas enojosa y triste a mí, que soy tu marido». Y ella le respondió que la enviase de casa, porque no era su voluntad de estar con él dende en adelante, y dijo al marido: «Llama a la perrilla y halágala, a la cual enviaste de las viandas». Y como él no sabía la cosa, dijo: «¿Qué cosa trajo Esopo del convite para ti?». Respondió ella: «Cosa alguna no me trajo». Dijo el filósofo: «¿Por ventura estoy embriagado? Por cierto yo te envié tu parte con Esopo». Dijo ella: «¿A mí?». Respondió el filósofo: «A ti». Replicó ella: «No enviaste a mí, mas a la perrilla, según que recontó Esopo». Entonces dijo Janto: «Llámeme alguno a ese esclavo».
Y como Esopo viniese, luego díjole su amo: «¿A quién diste aquestas viandas?». Respondió él: «A la tu bienqueriente, así como lo mandaste». Dijo Janto a la mujer: «¿Por ventura oyes bien lo que dice Esopo?». Respondió ella: «Óigolo, mas digo y otra vez lo torno a decir: que ninguna cosa trajo para mí, salvo a la perrilla». Y el señor dijo a Esopo: «¿A quién las diste? Di, enforcadizo». Respondió él: «A quien tú mandaste». Dijo el señor: «Yo te la mandé traer a la mi bienqueriente». Dijo Esopo: «Y así las traje a la tu bienqueriente». Y dijo el filósofo: «¿Y quién es aquella, fugitivo?». Y el Esopo, llamando a la perrilla, dijo: «Esta es tu bienqueriente, ca la mujer al que lo ama no lo ama nada, porque, si en muy pequeña cosa le ofende, luego lo descubre y le dice cuanto mal puede; y luego se ensaña y se va de casa. El perro, aunque lo hieras y persigas, nunca se va, mas el señor llamándolo otra vez, luego puesta la cola entre las piernas, viene y lo lisonjea y halaga. Así, debieras decir "Tráelo a mi mujer", y no "a la mi bienqueriente"».
Entonces dijo Janto: «Ya vees, mujer, si fue mi culpa o del mensajero. Mas ruégote que te amanses, ca yo hallaré causa por la cual yo lo heriré y azotaré por derecha razón».
Y dijo ella: «Haz como quisieres, ca comigo ninguna cosa se hará de aquí adelante».
Y así esperó tiempo y saliose de casa ascondidamente y fuese a los parientes. Y como el marido supo de la ida de su mujer y fuese de ello muy enojado y triste, díjole Esopo: «Agora vees que verdaderamente no la mujer, mas la perrilla, te ama de hecho».
Y por algunos días no volviendo ella a casa, el marido sufríalo gravamente y se le hacía áspero; y enviole a rogar que viniese a casa. Y ella no queriendo obedecer a su marido, mas obstinada y endurecida de día en día, decía: «Nunca más a él tornaré».
Y dijo Esopo a Janto: «Señor, alégrate, ca yo haré por cierto que ella sola, sin ser llamada ni rogada, venga corriendo a casa». Y tomó dineros y fuese otro día al mercado y compró gallinas, capones, pavones y ansarones. Y después pasando por la calleja donde estaba la mujer de su señor, disimulando cual no sabía dónde estaba ella, rogó a un siervo que salía de aquella casa donde ella estaba que le hiciese vender algunas aves u otras cosas pertenecientes para unas bodas que se hacían en la villa, y el esclavo le preguntó quién hacía las bodas.
Respondió Esopo: «El filósofo Janto toma mañana mujer y hace grandes bodas».
Oyendo esto el esclavo, luego entró en la casa y recontolo todo a la mujer de Janto, la cual muy apriesa y congojosa, llamando y dando voces, se fue a la casa del filósofo su marido y, entrando en casa, dijo: «¿Esta era la causa por que me escarnecías por aquel esclavo malvado? Mas no será lo que pensabas, ca yo estando viva no entrara en casa otra mujer, y así lo digo a ti, Janto».
Después de pocos días, como Janto convidase a sus discípulos a yantar, dijo a Esopo: «Comprarás lo que sea muy bueno y dulce y sabroso».
Y Esopo yendo al mercado hablaba consigo: «Agora me manifestaré que soy sabidor para aparejar un yantar». Y fuese a la carnecería y compró solamente lenguas de puercos y guisolas y puso la mesa. Y asentándose el filósofo con sus discípulos, mandó a Esopo traer de comer, y el Esopo puso las lenguas con salsa de vinagre.
Y los escolares alabando el maestro decían: «Señor, este tu yantar lleno es de filosofía».
Dende a poco, Janto mandó a Esopo traer otra vianda, el cual trajo otra vez lenguas aparejadas y guisadas con salsa de pimienta y ajos.
Entonces dijeron los escolares: «Maestro, conveniblemente es puesta la lengua, ca una lengua se aguza con otra».
Un poco después dijo el filósofo a Esopo: «Trae aquí otra vianda alguna».
Y él trajo otra vegada lenguas.
Los convidados, ya enojados de ello, dijeron: «¿Y hasta cuándo durarán las lenguas?».
Y el filósofo, con saña movido, díjole de esta manera: «¿Por ventura tenemos otra cosa de comer?».
Y Esopo respondió: «Por cierto no tenéis otra cosa».
Y Janto dijo: «Oh, cabeza de maldad, azotado, ¿no te dije: "Compra aquello que sea muy bueno y muy dulce y sabroso?"».
Y Esopo respondió: «Así lo mandaste, mas gracias hago a los dioses porque aquí son agora hombres filósofos. Mas de ti querría saber: ¿qué cosa es mejor y más dulce que la lengua? Ca por cierto toda arte y toda doctrina y filosofía por lenguas es establecida y ordenada. Item, dar, tomar, saludar, el juicio, mercaduría, la gloria, las ciencias, los casamientos, casas, ciudades, por lengua sonhechos; por la lengua los hombres se ensalzan; en la lengua consiste y está casi toda la vida de los mortales. Y así que no hay cosa alguna mejor que la lengua, ni más dulce ni cosa más saludable hallarás que sea dado a los mortales que la lengua».
Entonces los escolares, abrazando a Esopo, dijeron: «Bien habla Esopo, por lo cual parece, maestro, que erraste en pensar que en otra manera era esto y que era maldad».
Otro día siguiente, el maestro, codiciando purgarse ante sus discípulos, díjoles: «Ayer no cenasteis de mi sentencia, mas de este esclavo sin provecho. Hoy mudaremos las viandas, ca lo que hubiere de hacer ante vosotros se lo mandaré». Y llamando a Esopo díjole: «Lo que peor y más amargo hallarás, aquello traerás para cenar, ca todos estos han de comer conmigo».
Empero el Esopo, sin espanto alguno, fuese a la carnicería y, como antes, compró lenguas y aquellas de la misma manera que antes las guisó y aparejó.
Y como a la tarde los escolares se asentasen a cenar, Janto dijo a Esopo: «Trae aquí de cenar».
El esclavo con la misma manera de salsa puso las lenguas en la mesa.
Entonces dijeron los escolares: «Y aún venimos a las lenguas, y otra vez trajo lenguas».
De lo cual como los que estaban para cenar se indignasen y en paciencia no lo tomasen, el filósofo dijo a Esopo: «No te mandé yo traer lo mejor y más dulce, mas díjete otra vez que trajeses lo que fuese, peor y más amargo, y así te lo mande».
Respondió el Esopo así: «Muy verdaderas son las cosas que tú dices, mas demándote qué cosa se halla peor ni cosa más hediente que la lengua. Por la lengua los hombres perecen, por lengua viene el hombre en pobreza, por lengua se destruyen las ciudades, por lengua vienen todos los males».
Entonces, uno de los que estaban asentados a la mesa dijo a Janto: «Si a este mirares y entendieres, por cierto tú vendrás a extrema locura, ca cual es su hechura de cuerpo, tal es de corazón».
Y díjole Esopo: «Tú eres aguijón muy malo y mucho aguijas al señor contra el siervo; y demás eres curioso y más agudo que los otros».
Y Janto, buscando causa cómo pudiese herir a Esopo, díjole: «Pues que llamas al filósofo curioso y cuidoso, trae un hombre que sea sin cuidado».
Y saliendo de casa Esopo, trabajaba y miraba si podría hallar algún hombre sin ningún cuidado. Y mirando a muchos que encontraba, vio un aldeano, al cual dijo desta manera: «El filósofo mi señor te convida a comer con él».
El aldeano, no curando de le preguntar por qué convidaba a hombre que no conocía, siguió a Esopo seguramente con sus zancajos lodosos y entró en casa, y sin cuidado ninguno se asentó a la mesa con los otros.
Entonces dijo Janto a su mujer: «Porque yo pueda con razón azotar a Esopo y asimismo porque los otros sean más prestos a obedecernos, recibe con paciencia lo que te diré y no hayas por ello enojo. —Y después dijo con voz alta—: Señora, toma el bacín con agua y lava los pies a este peregrino», pensando que el villano rústico, envergonzado de aquello, se fuese de casa, y por ello fuese Esopo azotado.
Y ella, como el marido le mandó, puso un bacín de agua a los pies del aldeano, el cual, sabiendo que ella era señora de casa, pensando entre sí, dijo: «¿Este hombre por qué me quiere tanto honrar? Dejando de mandar a los siervos y siervas, mandó a su mujer que me lave los pies». Y así se dejó lavar de ella los pies, y así lavado holgó.
Y después mandó el filósofo a la mujer que ella misma le dé a beber. Y dijo entre sí el rústico: «Aunque convenga que ellos beban primero, mas, pues así es su voluntad de este honrado hombre, quiero obedecer a sus mandamientos». Y tomando la taza, osadamente bebió.
Y como ya comiesen, hízole poner el filósofo un pescado delante, diciéndole que comiese, y el rústico, vacío de cuidados, comía con muy buen talante y sabor.
Y mirando esto el filósofo, mandó llamar al cocinero y díjole: «Este pescado no es bien aderechado y guisado». Y mandó que fuese despojado y azotado.
Y el aldeano decía entre sí: «A este pescado no falta salsa alguna, ¿y así se azotó sin razón? Mas ¿qué me va a mí si el cocinero es azotado o no? Yo henchiré mi vientre de buenas viandas, y allá se avenga».
Y Janto, viendo que el huésped convidado comía el pescado, dexó de hablar. Y después comenzó el rústico de cortar del pan que trajeron a la mesa grandes pedazos a manera de ladrillos; y no mirando a ello Janto, comenzó a comer.
Y como cató el filósofo lo que hacía el aldeano, y vio cómo comía tanto de gana y muy fuertemente, hizo llamar al panadero, y díjole: «Oh, muy sucio y villano, ¿por qué no pusiste miel ni pimienta en este pan?».
Respondió el panadero: «Si este pan es de los míos y no es bien hecho, castígame hasta que me mates; y si no es de los mis panes, tu mujer es culpa, y no yo».
Janto dijo: «Si esto sale de mi mujer, yo la haré quemar viva».
Y por otra parte dijo el filósofo a su mujer callando que no respondiese nada, por causa de herir a Esopo; y mandó a uno de los siervos: «Trae de los sarmientos y arriba en el retrete enciende fuego, tú y Esopo tomad esta mi mujer y quemadla». Esto fingía el filósofo, pensando que el rústico, oyendo estas cosas, se levantase y quisiese impedir y estorbar el hecho.
Mas el rústico dijo entre sí: «Este sin causa quiere quemar a su mujer». Y dijo a Janto: «Señor, ruégote que, pues quieres quemar a tu mujer, me esperes un poco mientras que yo traigo la mía, para que ambas juntamente sean quemadas».
Lo cual oyendo Janto, maravillándose, dijo: «Firme es el corazón de este hombre, y es sin cuidado». Y vuelto a Esopo, dijo: «Cata que me has vencido, mas no será de aquí adelante de esta manera. Si fielmente y con diligencia me sirves, presto conseguirás la libertad».
Respondió Esopo: «Así me habré en todas las cosas continuamente que con razón no juzgarás contra mí».
Después de tres días, dijo el filósofo a Esopo: «Mira si son muchos hombres en el baño, ca, si muchos no están ende, querría irme a lavar».
Y Esopo, yendo para allá, encontró al alcalde de la ciudad, el cual, conociendo que fuese el esclavo de Janto, díjole: «¿Dónde vas, cabeza de saber?».
Respondió Esopo: «No sé por cierto».
El alcalde, pensando que lo escarnecía, mandó que lo llevasen a la cárcel. Y Esopo, yendo preso, dijo: «Señor alcalde, de verdad te hablé que no sabía dónde iba, ca yo muy poco pensaba que había de ir a la cárcel preso». Y por estas palabras el juez sonriéndose, mandó que lo soltasen.
Dende yendo Esopo al baño donde estaba gran compañía, vio que todos los que entraban y salían se lisiaban en los pies en una gran piedra. Finalmente, uno que estaba asentado a la puerta del baño, como se hiriese en el pie en aquella piedra, quitándola dende, púsola a parte. Lo cual viendo Esopo, tornó a casa y dijo a su señor que un solo hombre estaba en el baño.
Y así díjole el filósofo: «Toma esas cosas que son necesarias y vamos al baño». Y entrando el filósofo en el baño, vio gran copia de gente y con saña dijo a Esopo: «¿Por qué dijiste, malvado contrahecho, que no estaba en el baño sino un hombre solo?».
El cual respondió: «Así lo dije, y no está aquí entre ellos sino un hombre; y si me oyeres, tú me juzgarás que te dije gran verdad, porque aquella piedra que ves que está en aquel rincón estaba, cuando yo vine aquí, en la entrada de la puerta; y todos los que entraban se herían en ella, y no hubo ninguno de ellos que la quitase salvo uno, el cual la quitó y la puso donde agora veis que está, al cual juzgo yo solamente por hombre, y no a los otros».
Entonces dijo el filósofo: «No tardaste en te excusar».
Y después que Janto salía del baño lavado, llegado a su casa, limpiaba el vientre estando presente Esopo con el cantarillo de agua esperándole para que se lavase.
Y preguntole Janto a Esopo: «Dime: ¿por qué los hombres, cuando salen fuera, limpian su vientre, miran luego su estiércol?».
Respondiole Esopo: «Antiguamente, un sabio en lugar secreto asentado alimpiaba su vientre; y como, habiendo en ello alegría, largamente tardase, echó el seso o meollo del cerebro juntamente con las heces fuera, y desde aquel tiempo acá, los hombres, por miedo de semejante caso, cuando salen fuera siempre catan su estiércol. Empero tú déjate de haber miedo de aquello, ca lo que no tienes no puedes perder».
Después otro día Janto, asentándose con los amigos y teniendo en la mano el vaso, como se turbase con muchas y diversas cuestiones que le proponían, díjole Esopo: «Señor, léese en un libro de Dionisio que el vaso en las compañías tres fuerzas tiene: la primera fuerza es deleite; la segunda, alegría; la tercera, locura. Porque te ruego, señor, que vivas alegre, y de las otras cosas déjate».
Al cual Janto, embriagado de vino, dijo: «Calla tu boca de infierno y de tinieblas».
Respondió Esopo: «Como fueres al infierno, me vengaré de ti».
Uno de los escolares, entendiendo que Janto fuese algo cargado de vino, díjole: «Dime, maestro: ¿un hombre solo podrá beber la mar toda?».
Respondió el filósofo: «¿Y por qué no? Ca yo mismo bebería toda la mar».
Dijo el discípulo: «Y si no la bebes toda, ¿qué pagarás?».
Respondió Janto: «Mi casa daré si no la bebo».
Los cuales apostaron sobre esto poniendo los anillos por señal, y fuéronse cada uno para su casa. Otro día de mañana, como Janto se levantó y se lavó la cara, no viendo el anillo en la mano, preguntó a Esopo: «¿Sabes tú de mi anillo?».
Dijo él: «No, señor, mas soy muy cierto que prestamente seremos huéspedes de esta casa».
Janto le dijo: «¿Por qué dices esto?».
Respondió Esopo: «Por cuanto ayer apostaste que beberías toda la mar, sobre lo cual pusiste en señal el anillo».
Janto, espantado como oyó esto, dijo: «¿En qué manera podría yo beber toda la mar? Esto no puede ser —dijo a Esopo—. Mas pues que así es, ruégote que en cuanto pudieres por ingenio me valgas y ayudes de consejo cómo pueda vencer, o a lo menos para que se deshaga la apuesta».
Dijo Esopo: «Vencer no puedes, mas bien se deshará y se soltará la apuesta».
Díjole Janto: «Muéstrame algún camino como eso se deshaga».
Dijo Esopo: «Esta es la carrera y vía para ello: cuando tu contrario dirá y te requerirá que le entregues lo que le prometiste, mandarás entonces que te pongan el estrado y mesa en la ribera de la mar, y que sean puestos ende servidores, escanciadores y coperos con todos aparejos para ello pertenecientes; y como vieres ende el pueblo ayuntado, haz lavar las tazas y picheles y jarros en la mar; dende, teniendo la taza en la mano llena de agua y de sal, manda según la convención y apuesta declarar todo lo pasado, mas tú las mesmas cosas que prometiste con el vino afírmalas mesuradamente sin el vino, y dirás: "Varones de Samos, ya oísteis yo haber prometido de beber toda la mar. Mas como sabéis, muchos ríos y arroyos corren a la mar, y mi contrario en este caso mire y guárdese que los ríos no corran ni se entren en la mar, y yo haré lo que prometí". Y de esta manera os soltaréis», dijo Esopo.
Continuará...
