A continuación tienes la transcripción (revisada y algo modificada) de la traducción de los himnos homéricos, atribuidos a Homero (aunque realmente son de múltiples autores a lo largo de más de diez siglos), de la mano de Luis Segalá y Estalella (1873-1938); más información.

Índice
- Dioniso
- Deméter
- Apolo
- Hermes
- Afrodita
- Afrodita
- Dioniso
- Ares
- Ártemis
- Afrodita
- Atenea
- Hera
- Deméter
- La madre de los dioses
- Heracles corazón de león
- Asclepio
- Los Dioscuros
- Hermes
- Pan
- Hefesto
- Apolo
- Poseidón
- Zeus
- Hestia
- Las musas y Apolo
- Dioniso
- Ártemis
- Atenea
- Hestia
- La Tierra madre de todos
- Sol
- Luna
- Los Dioscuros
I. A Dioniso (fragmentos)
Nos dicen que Sémele, habiéndote concebido de Zeus, que se complace en el rayo, te dio a luz en Drácano; otros, que en la ventosa Ícaro; otros, que en Naxos, ¡oh, retoño divino, Irafiota!; otros, que junto al río Alfeo de profundos remolinos; y otros afirman, ¡oh, soberano!, que naciste en Tebas.
Pero mienten todos: que a ti te dio a luz el padre de los hombres y de los dioses, lejos de los humanos, escondiéndose de Hera, la de níveos brazos. Hay una montaña, Nisa, de gran altura, cubierta de bosque, situada lejos de Fenicia y cerca de la corriente de Egipto [...].
Y le erigirán muchas estatuas en los templos. Como lo dividió en tres partes, los hombres te ofrecen constantemente, cada tres años, perfectas hecatombes.
Dijo, y el Cronión bajó las negras cejas en señal de asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y a su influjo se estremeció el dilatado Olimpo.
Habiendo hablado así, lo ratificó con la cabeza el próvido Zeus.
Senos propicio, Irafiota, apasionado por las mujeres; los aedos te cantamos al empezar y al terminar; y no es posible acordarse del sagrado canto y olvidarse de ti.
Y así, salve tú, ¡oh, Dioniso Irafiota!, con tu madre Sémele, a quien llaman Tiona.
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Los himnos II, III, IV y V están en páginas separadas:
VI. A Afrodita
Cantaré a la de áurea corona, veneranda y hermosa Afrodita, a quien se adjudicaron las ciudadelas todas de la marítima Chipre, adonde el fuerte y húmedo soplo del Céfiro la llevó por las olas del estruendoso mar entre blanda espuma; las Horas, de vendas de oro, recibiéronla alegremente y la cubrieron con divinales vestiduras, pusieron sobre su cabeza inmortal una bella y bien trabajada corona de oro, y en sus agujereados lóbulos, flores de oricalco y de oro precioso, y adornaron su tierno cuello y su blanco pecho con los collares de oro con que se adornan las mismas Horas, de vendas de oro, cuando en la morada de su padre se juntan al coro encantador de las deidades.
Mas, así que hubieron colocado todos estos adornos alrededor de su cuerpo, lleváronla a los inmortales: estos, al verla, la saludaron, le tendieron las manos, y todos deseaban llevarla a su casa para que fuera su legítima esposa, admirados de la belleza de Citerea, de corona de violetas.
Salve, diosa de arqueadas cejas, dulce como la miel; concédeme que alcance la victoria en este certamen y da gracia a mi canto. Y yo me acordaré de ti y de otro canto.
VII. A Dioniso
Recordaré de Dioniso, hijo de la gloriosa Sémele, cómo apareció en la orilla del mar estéril, sobre un promontorio saliente, parecido a un mancebo que acaba de llegar a la juventud: hermosos cabellos negros colgaban de su cabeza y llevaba en sus robustas espaldas una capa purpúrea.
Pronto se le acercaron por el vinoso mar en nave de bellas tablas unos piratas tirrenos —¡su mala suerte los conducía!—, quienes, al verle, hiciéronse señas, saltaron rápidamente a tierra, lo cogieron enseguida y lo llevaron a la nave, alegrándose en su corazón. Figurábanse que sería hijo de reyes, alumnos de Zeus, y quisieron atarlo con fuertes ligaduras; pero las ligaduras no le sujetaron, sino que los mimbres cayeron lejos de sus manos y de sus pies, y él se sentó sonriéndose en sus negros ojos.
Advirtiolo el piloto y enseguida exhortó a sus compañeros, a quienes dijo:
El piloto.— ¡Desdichados! ¿Qué dios poderoso es ese a quien habéis cogido y atado? Ni llevarle puede la nave bien construida. Ese es sin duda Zeus, o Apolo, el del arco de plata, o Poseidón, pues no se parece a los mortales hombres, sino a los dioses que poseen olímpicas moradas. Mas, ea, dejémosle cuanto antes en la negra tierra y no pongáis en él vuestras manos, no sea que, irritado, suscite fuertes ventoleras y un recio huracán.
Así dijo, y el capitán le increpó con áspero lenguaje:
El capitán.— ¡Desdichado! Observa tú el viento y tira de la vela, luego que hayas recogido los aparejos todos, que de ese se cuidarán los demás hombres. Espero que llegará a Egipto, a Chipre, a los hiperbóreos o aún más lejos, y que al fin nos dará a conocer sus amigos, sus bienes todos y sus hermanos, pues un dios lo pone en nuestras manos.
Habiendo hablado así, izó el mástil y descogió la vela de la nave. El viento hinchó el centro de la vela, y a sus lados colocaron los aparejos, pero pronto se les presentaron cosas admirables. Primeramente un vino dulce y perfumado manaba en sonoros chorros dentro de la nave, despidiendo un olor divino: quedáronse atónitos los marineros cuando lo notaron. Luego, una parra se extendió al borde de la vela, acá y acullá, y de ella colgaban muchos racimos; se enroscó alrededor del mástil una oscura hiedra lozana y florida, de la cual salían lindos frutos; y aparecieron con coronas todos los escálamos: al advertirlo, mandaron al piloto que acercara la nave a tierra.
Pero Dioniso, dentro de la nave y en su parte más alta, se transformó en espantoso león, que dio un gran rugido y, en medio de ella, creó —mostrando señales— una osa de erizado cuello, que se levantó furiosa, mientras el león desde las tablas más altas miraba torva y terriblemente. Entonces huyeron a la popa, junto al piloto de prudente espíritu, y allí se detuvieron estupefactos. Mas el león se lanzó de repente y cogió al capitán, y los demás, así que lo vieron, con el fin de librarse del funesto hado, saltaron todos juntos afuera, al mar divino, y convirtiéronse en delfines.
Dioniso, compadecido del piloto, lo detuvo, lo hizo completamente feliz y le dijo:
Dioniso.— Tranquilízate, piloto divino, que has hallado gracia en mi corazón: yo soy el bullicioso Dioniso, a quien dio a luz una madre cadmea, Sémele, después de unirse amorosamente con Zeus.
Salve, hijo de Sémele, la de lindos ojos, que no es posible adornar el dulce canto sin acordarse de ti.

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VIII. A Ares
Ares prepotente, que combas los carros con tu peso, de casco de oro, portador de escudo, salvador de ciudades, armado de bronce, de fuerte brazo, infatigable, poderoso por tu lanza, antemural del Olimpo, padre de la Victoria de una guerra justa, auxiliar de Temis, dominador de los enemigos, caudillo de los hombres más justos, portacetro del valor, que haces girar el círculo de ígneos resplandores del éter entre la constelación de las siete estrellas, allí donde los caballos llenos de fuego te conducen siempre por cima del tercer círculo: oye, aliado de los mortales, dador de la robusta juventud, que desde lo alto haces brillar suave resplandor sobre nuestra vida y nos inspiras el marcial denuedo.
Ojalá yo pudiera apartar de mi cabeza la amarga cobardía, reprimir en mi mente el errado impulso del alma y contener el ardor estimulante de mi corazón, que me instiga a emprender la lucha horrenda.
Pero tú, oh, bienaventurado, dame valor para vivir bajo las leyes benéficas de la paz, después de haberme librado del tumulto de los enemigos y de las parcas violentas.
IX. A Ártemis
Celebra, oh, musa, a Ártemis, hermana del que hiere de lejos, virgen que se complace en las flechas, criada juntamente con Apolo, la cual, después de abrevar sus caballos en el Meles, de altos juncos, conduce velozmente su carro de oro, a través de Esmirna, a Claros, abundante en viñas, donde se halla Apolo, el del arco de plata, aguardando a la que lanza a lo lejos y se huelga en las flechas.
Así, pues, regocíjate con este canto, y contigo, todas las diosas; y yo, que te celebro primeramente a ti y por ti comienzo a cantar, habiendo ahora comenzado por ti, pasaré a otro himno.
X. A Afrodita
Cantaré a Citerea, nacida en Chipre, la cual hace dulces presentes a los mortales y en su amable rostro siempre sonríe y lleva una amable flor.
Salve, oh, diosa, que imperas en Salamina bien construida y en toda Chipre. Dame el amable canto y yo me acordaré de ti y de otro canto.
XI. A Atenea
Empiezo a cantar a la poderosa Palas Atenea, protectora de las ciudades, que se cuida, juntamente con Ares, de las acciones bélicas, de las ciudades tomadas, de la gritería y de los combates, y libra al pueblo al ir y al volver del combate.
Salve, diosa, y danos suerte y felicidad.
XII. A Hera
Canto a Hera, la de áureo trono, a quien Rea dio a luz, reina inmortal de extremada belleza, hermana e ínclita esposa de Zeus tonante, a la cual todos los bienaventurados honran reverentes, en el vasto Olimpo, como a Zeus, que se huelga con el rayo.
XIII. A Deméter
A Deméter, la veneranda deidad de hermosa cabellera, comienzo a cantar: a ella y a su hija, la bellísima Persefonea.
¡Salud, oh, diosa! Salva esta ciudad y da principio al canto.
XIV. A la madre de los dioses
Celebra, oh, musa melodiosa, a la madre de todos los dioses y de todos los hombres, hija del gran Zeus, a la cual agradan el chocar de los crótalos y de los tímpanos con el sonar simultáneo de las flautas, el aullar de los lobos, el rugir de los leones de relucientes ojos, los montes resonantes y los valles cubiertos de bosque.
Así, pues, regocíjate con este canto y contigo todas las diosas.
XV. A Heracles corazón de león
Cantaré a Heracles, hijo de Zeus, a quien Alcmena parió el más valiente de los terrenales hombres en Tebas, de hermosos coros, después de haberse juntado con Zeus, el de las sombrías nubes.
Heracles ejecutó en otro tiempo muchas cosas extraordinarias, acciones eminentes, vagando por la tierra inmensa y por el mar, según se lo ordenaba el rey Euristeo; mas ahora habita alegre una linda morada del nevoso Olimpo y posee a Hebe, la de hermosos tobillos.
¡Salve, soberano hijo de Zeus! Dame valor y felicidad.
XVI. A Asclepio
Empiezo cantando al que cura las enfermedades, a Asclepio, hijo de Apolo, que nació de la divina Coronis, hija del rey Flegias, en la llanura Dotio; alegría grande para los hombres y apaciguador de funestos dolores.
Así, pues, ¡salve, oh, rey! Yo te imploro por medio de este canto.
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XVII. A los Dioscuros
Canta, oh, musa melodiosa, a Cástor y Polideuces, Tindáridas, engendrados por Zeus Olímpico. Diolos a luz bajo las cumbres del Taigeto la veneranda Leda, que se había unido secretamente con el Cronión, el de las sombrías nubes.
Salud, Tindáridas, jinetes de rápidos corceles.
XVIII. A Hermes
Canto a Hermes cilenio Argifontes, que impera en Cilene y en Arcadia, abundante en ganado, utilísimo nuncio de los inmortales, a quien dio a luz la veneranda Maya, hija de Atlante, habiéndose unido amorosamente con Zeus: esta evitaba la sociedad de los bienaventurados dioses, habitando una gruta sombría donde el Cronión acostumbraba unirse con la ninfa de hermosas trenzas en la oscuridad de la noche, tan pronto como el dulce sueño rendía a Hera, la de níveos brazos; y de esta manera logró pasar inadvertido para los inmortales dioses y para los mortales hombres.
Y así, salve, hijo de Zeus y de Maya. Y yo, habiendo comenzado por ti, pasaré a otro himno.
Salve, Hermes, causante de alegría, internuncio, dador de bienes.
XIX. A Pan
Háblame, musa, del hijo amado de Hermes, caprípedo, bicorne, amante del bullicio, que frecuenta los valles poblados de árboles con las ninfas acostumbradas a las danzas, las cuales pisan las cumbres de escarpadas rocas invocando a Pan, dios de los pastores, de espléndida cabellera, escuálido, a quien se le adjudicaron las colinas nevadas, las cumbres de los montes y los senderos pedregosos.
Aquel anda acá y acullá, y unas veces atraviesa espesos matorrales, atraído por las mansas corrientes, y otras pasa por entre escarpadas rocas y sube a la más alta cumbre para contemplar sus ovejas. A menudo corre por las altas blanquecinas montañas; a menudo sigue las laderas y mata fieras que distingue su penetrante vista; en ocasiones, por la tarde y al volver de la caza, grita y modula con sus cañas agradable canto: no le superaría en el cantar el ave que, lamentándose entre las hojas de la florida primavera, emite suavísimo canto.
Entonces las melodiosas ninfas montaraces, acompañándole con pie ligero a la fuente de aguas profundas, cantan y el eco resuena en torno de la cumbre del monte; y el dios ora se dirige con pie ligero acá y acullá de los coros, ora penetra en medio de ellos, llevando una rojiza piel de lince sobre la espalda y alegrando su corazón con melodiosas canciones en la blanda pradera donde el azafrán y el jacinto, floridos y olorosos, se mezclan confusamente con la hierba.
Las ninfas celebran a los dioses bienaventurados y al vasto Olimpo, y así cantan también a Hermes, que sobresale entre los demás; dicen que es el veloz nuncio de todos los dioses, y cuentan cómo se fue a la Arcadia, rica en manantiales y madre de ovejas, donde está el bosque sagrado del cilenio.
Allí, a pesar de ser dios, apacentaba ovejas de polvorienta lana en casa de un hombre mortal, porque ya echaba flor el tierno deseo que le había venido de unirse amorosamente con una ninfa de hermosas trenzas, hija de Dríope; y consumó al fin las floridas nupcias; y ella le dio a Hermes, en su casa, un hijo amado que desde luego se presentó monstruoso a su vista: caprípedo, bicorne, bullicioso, de dulce sonrisa; y la ninfa se levantó y echó a correr —abandonando al niño la que debía amamantarlo—, pues le entró miedo al ver aquella faz desagradable y barbuda.
Enseguida el benéfico Hermes lo recibió y tomó en sus brazos, y el dios se alegró extraordinariamente en su corazón. Y envolviendo al niño en las tupidas pieles de una liebre montés, encaminose rápidamente a la mansión de los inmortales, sentose junto a Zeus y los demás inmortales y les presentó su hijo: todos los inmortales se regocijaron en su corazón y más que nadie Dioniso Baquio, y le llamaron Pan porque a todos les había regocijado el alma.
Y así, salve, oh, rey, a quien imploro por medio de este canto. Y yo me acordaré de ti y de otro canto.
XX. A Hefesto
Canta, oh, musa melodiosa, a Hefesto, célebre por su inteligencia, a aquel que juntamente con Atenea, la de los ojos de lechuza, enseñó acá en la tierra trabajos espléndidos a los hombres, que antes vivían en las montañas, dentro de cuevas, y ahora, gracias a los trabajos que les enseñó Hefesto, el ilustre artífice, pasan agradablemente el tiempo, durante el año, tranquilos en sus casas.
Mas senos propicio, oh, Hefesto, y otórganos el valor y la felicidad.
XXI. A Apolo
Oh, Febo, el cisne te canta melodiosamente debajo de sus alas mientras va saltando en la orilla, junto al río Peneo, abundante en remolinos; y el aedo de dulce lenguaje te canta siempre el primero y el último, pulsando la melodiosa cítara.
Así, pues, salve, oh rey, a quien intento propiciar con el canto.
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XXII. A Poseidón
Empiezo un canto relativo a Poseidón, gran dios, que sacude la tierra y el mar estéril, deidad marina que posee el Helicón y la anchurosa Egas. Una doble honra te asignaron los dioses, oh, tú, que bates la tierra: ser domador de caballos y salvador de naves.
Salve, Poseidón, que ciñes la tierra y llevas cerúlea cabellera. Oh, bienaventurado, socorre a los navegantes con corazón benévolo.
XXIII. A Zeus
Cantaré a Zeus, el mejor y más grande de los dioses, largovidente, poderoso y perfecto, que tiene frecuentes coloquios con Temis, sentada a su lado e inclinada hacia él.
Senos propicio, largovidente Cronida, gloriosísimo, máximo.
XXIV. A Hestia
Oh, Hestia, que en la divinal Pilos proteges la sagrada mansión del soberano Apolo, el que hiere de lejos; de tus trenzas fluye siempre húmedo aceite. Ven a esta casa, ven con ánimo benévolo en compañía del próvido Zeus, y al mismo tiempo da gracia a mi canto.
XXV. A las musas y a Apolo
Voy a comenzar por las musas, Apolo y Zeus, pues gracias a las musas y al flechador Apolo existen en la tierra aedos y citaristas, pero los reyes proceden de Zeus. Dichoso aquel a quien las musas aman: de su boca fluye suavemente la palabra.
Salud, oh, hijas de Zeus: honrad mi canto. Y yo me acordaré de vosotras y de otro canto.
XXVI. A Dioniso
Empiezo cantando al bullicioso Dioniso, coronado de hiedra, hijo preclaro de Zeus y de la gloriosa Sémele, a quien criaron las ninfas de hermosas trenzas, después de recibirlo en su seno de manos del soberano padre, en los valles de Nisa; y por la voluntad de su padre creció en una perfumada cueva, figurando en el número de los inmortales.
Criado por las diosas el que tenía de ser objeto de tantos himnos, solía frecuentar los selvosos vericuetos, coronado de hiedra y de laurel; las ninfas le seguían y él las guiaba; y el estrépito llenaba la inmensa selva.
Y así, salve, ¡oh, Dioniso, el de los muchos racimos! Concédenos que podamos llegar nuevamente y con alegría a estas horas; y, partiendo de estas horas, a muchos años.
XXVII. A Ártemis
Canto a Ártemis, la del arco de oro, tumultuosa, virgen veneranda, que hiere a los ciervos, que se huelga con las flechas, hermana germana de Apolo, el de la espada de oro; la cual, deleitándose en la caza por los umbríos montes y las ventosas cumbres, tiende su arco, todo él de oro, y arroja dolorosas flechas; y tiemblan las cumbres de las altas montañas, resuena horriblemente la umbría selva con el bramido de las fieras y se agitan la tierra y el mar abundante en peces; y ella, con corazón esforzado, va y viene por todas partes destruyendo la progenie de las fieras.
Mas cuando la que acecha las fieras y se complace en las flechas se ha deleitado, regocijando su mente, desarma su arco y se va a la gran casa de su querido hermano Febo Apolo, al rico pueblo de Delfos, para disponer el coro hermoso de las musas y de las Gracias. Allí, después de colgar el flexible arco y las flechas, se pone al frente de los coros y los guía, llevando el cuerpo graciosamente adornado; y aquellas, emitiendo su voz divina, cantan a Leto, la de hermosos tobillos, y cómo parió hijos que tanto superan a los demás inmortales por su inteligencia y por sus obras.
Salud, hijos de Zeus y de Leto, de hermosa cabellera. Mas ya me acordaré de vosotros y de otro canto.
XXVIII. A Atenea
Comienzo cantando a Palas Atenea, deidad gloriosa, de ojos de lechuza, sapientísima, de corazón implacable, virgen veneranda, protectora de ciudades, robusta, Tritogenia, a quien el próvido Zeus engendró por sí solo en su augusta cabeza, dándola a luz revestida de armas guerreras, áureas, resplandecientes: un sentimiento de admiración se apoderó de todos los inmortales que lo contemplaron.
Delante de Zeus, que lleva la égida, saltó aquella impetuosamente desde la cabeza inmortal, blandiendo el agudo dardo; y el vasto Olimpo se estremeció terriblemente por la fuerza de la de ojos de lechuza, la tierra resonó horrendamente a su alrededor, y el ponto se conmovió revolviendo sus olas purpúreas. Pero de repente se calmó el agua salobre, y el preclaro hijo de Hiperión detuvo largo tiempo los corceles de pies ligeros, hasta que la virgen Palas Atenea se hubo quitado de sus hombros inmortales las divinas armas; y alegróse el próvido Zeus.
Y así, salve, hija de Zeus, que lleva la égida. Mas yo me acordaré de ti y de otro canto.
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XXIX. A Hestia
Oh, Hestia, tú en las excelsas mansiones de los dioses inmortales y de los hombres que andan por la tierra alcanzaste una morada eterna, honor antiguo. Tienes esta hermosa recompensa y honor, pues sin ti no hay banquetes para los mortales: que en ninguno deja de comenzarse libando el vino dulce como la miel a Hestia en primero y último lugar.
Y también tú, Argifontes, hijo de Zeus y de Maya, mensajero de los bienaventurados, que llevas la varita de oro, dador de bienes, pues ambos habitáis bellas mansiones que a los dos os son gratas […] seme propicio y socórreme con la veneranda y amada Hestia: ambos conocéis las bellas acciones de los hombres terrestres y sois los compañeros de la inteligencia y de la juventud.
Salve, hija de Cronos, tú y Hermes, el de la varita de oro. Mas yo me acordaré de vosotros y de otro canto.
XXX. A la Tierra madre de todos
Cantaré a la Tierra, madre de todas las cosas, bien cimentada, antiquísima, que nutre sobre la tierra todos los seres que existen: cuantos seres se mueven en la tierra divina o en el mar y cuantos vuelan, todos se nutren de tus riquezas.
De ti proceden los hombres que tienen muchos hijos y abundantes frutos, oh, venerable; a ti te corresponde dar y quitar la vida a los mortales hombres. Feliz aquel a quien tú honras, benévola, en tu corazón, pues todo lo tiene en gran abundancia. Para hombres tales la fértil tierra se carga de frutos, en el campo abunda el ganado, y la casa se les llena de bienes; ellos reinan, con leyes justas, en ciudades de hermosas mujeres, y una gran felicidad y riqueza los acompaña; sus hijos se vanaglorian con pueril alegría; las doncellas juegan y saltan, con ánimo alegre y en coros florecientes, sobre las blandas flores de la hierba. Tales son los que tú honras, veneranda, pródiga diosa.
Salve, madre de los dioses, esposa del estrellado Cielo. Dame, benévola, por este canto una vida que sea grata a mi ánimo. Mas yo me acordaré de ti y de otro canto.
XXXI. Al Sol
Comienza, oh, musa Calíope, hija de Zeus, a celebrar de nuevo al resplandeciente Sol, a quien Eurifaesa, de ojos de novilla, dio a luz para el hijo de la Tierra y del estrellado Cielo.
Casó, pues, Hiperión con la gloriosa Eurifaesa, su hermana germana, la cual le dio hermosos hijos: la Aurora, de rosados brazos, la Luna, de lindas trenzas, y el infatigable Sol, parecido a los inmortales. Este, subido en su carro, alumbra a los mortales y a los inmortales dioses y echa terribles miradas con sus ojos desde el interior del áureo casco; salen de él rayos relucientes que brillan espléndidamente; debajo de sus sienes, las mejillas centelleantes del casco encierran su faz gloriosa que resplandece de lejos; en torno de su cuerpo reluce, al soplo del viento, la hermosa y finamente labrada vestidura y, debajo, los corceles; y por la tarde detiene el carro de áureo yugo y los caballos, y los envía al Océano a través del cielo.
Salve, oh, rey: dame, benévolo, una vida que sea grata a mi ánimo; y, habiendo empezado por ti, celebraré el linaje de los hombres semidioses, de voz articulada, cuyas obras mostraron los númenes a los hombres.
XXXII. A la Luna
¡Oh, musas de suave voz, hijas de Zeus Cronida, hábiles en el canto! Enseñadme a cantar la Luna, de abiertas alas, cuyo resplandor sale de su cabeza inmortal, aparece en el cielo y envuelve la tierra, donde todo surge muy adornado por su resplandor fulgurante.
El aire oscuro brilla junto a la áurea corona y los rayos resplandecen en el aire cuando la divina Luna, después de lavar su hermoso cuerpo en el Océano, se viste con vestiduras que relumbran de lejos, unce los resplandecientes caballos de enhiesta cerviz y acelera el paso de tales corceles de hermosas crines, por la noche, a mediados del mes, cuando el gran disco está en su plenitud y los rayos de la creciente Luna se hacen brillantísimos en el cielo, indicio y señal para los mortales.
En otro tiempo el Cronida uniose con ella en amor y cama, y, habiendo ella quedado encinta, dio a luz la doncella Pandía, que descollaba por su belleza entre los inmortales dioses.
Salve, reina, diosa de níveos brazos, divina Luna, benévola, de hermosas trenzas. Habiendo empezado por ti, cantaré las glorias de los varones semidioses, cuyas hazañas celebran con su boca amable los aedos servidores de las musas.
XXXIII. A los Dioscuros
Habladme, oh, musas de ojos vivos, de los Dioscuros Tindáridas, hijos preclaros de Leda, la de hermosos tobillos —Cástor, domador de caballos, y el irreprensible Polideuces—, a los cuales aquella, habiéndose unido amorosamente con el Cronión, el de las sombrías nubes, dio a luz bajo la cumbre del gran monte Taigeto para que fueran salvadores de los hombres terrestres y de las naves de curso rápido cuando las tempestades invernales arrecian en el implacable ponto.
Entonces, los que navegan invocan suplicantes a los hijos del gran Zeus y, subiendo a la parte más alta de la popa, les ofrecen blancos corderos. Y cuando ya el fuerte viento y las olas del mar empiezan a sumergir la nave, aparecen repentinamente los Dioscuros, lanzándose a través del éter con sus alas doradas, y enseguida calman los torbellinos de los terribles vientos y allanan las olas en el piélago del blanco mar, hermosas señales de su trabajo en favor de los marineros, quienes, al notarlo, se alegran y ponen fin a su penosa labor.
Salud, Tindáridas, cabalgadores de rápidos corceles. Mas yo me acordaré de vosotros y de otro canto.
📚 Fuentes y aclaraciones
Esta traducción, de Luis Segalá y Estalella (1873-1938), fue publicada en 1927 en Obras completas de Homero. Tanto los textos en griego como esta traducción de Segalá y Estalella se encuentran en dominio público porque todos los autores murieron hace más de 80 años.
Mi versión para AcademiaLatin.com está basada en este escaneado cuya fuente primaria desconozco. Más allá de transcribir, he modernizado algo la ortografía y la puntuación; también he tratado de aligerar los párrafos dividiendo los más largos cuando tenía sentido.
La imagen destacada es Carro de Ceres, de Pietro de Angelis (c. 1769-1825).
📝 Licencia
Esta transcripción la he hecho yo mismo para publicarla en AcademiaLatin.com. El texto original se encuentra en dominio público, por lo que lo lógico es que la mera transcripción esté en dominio público.
Sin embargo, además de la transcripción y publicación del texto en dominio público, hay también cierto trabajo de edición (corrección, modernización de ortografía y puntuación, etc.) por mi parte, por lo que, si no es molestia, agradecería que el material se usara con licencia Creative Commons BY: sin ninguna restricción, pero con atribución a AcademiaLatin.com y, si es posible, un enlace a la página de la que se ha tomado el texto.
Puntualización: las grabaciones (vídeos de YouTube, audios en Spotify, etc.) que yo pueda tener publicadas a partir del texto no son de dominio público, sino que las publico con una especie de licencia Creative Commons BY-NC-SA; en resumen: puedes embeberlos (insertarlos) en tu web/plataforma, pero no puedes descargarlos para resubirlos.
Si estos materiales te son de utilidad, considera un mecenazgo 🤏 sumamente asequible. Esto me ayuda a seguir publicando contenidos de temáticas como las siguientes:
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