A continuación tienes los Trabajos y días de Hesíodo en la traducción (1919) de Miguel Jiménez Aquino (1862-1933). Edición para AcademiaLatin.com por Francisco Javier Álvarez Comesaña (más información).
Libro primero
I. Invocación (1)
¡Oh, musas de Pieria!, vuestros cantos de alabanza entonad. Venid. En ellos suene el nombre de Zeus, vuestro padre. Por él, a un tiempo, existe el hombre oscuro y el ilustre varón; nobles o innobles son los mortales hombres, según quiere la omnipotente voluntad de Zeus, pues fácilmente ensalza al abatido, fácilmente deprime al elevado, fácilmente deslustra a los que brillan, y a los oscuros saca de la sombra; fácilmente al malvado o al soberbio o castiga o rebaja el dios que vive tronando en los alcázares celestes.
II. La emulación y la envidia
Oye, Perses, mirando y escuchando; rige tus juicios por lo justo, y, mientras, yo te voy a decir unas verdades (2). No hay una sola clase, en este mundo, de lucha (3), sino dos: una que elogios del discreto tendrá, y otra que, en cambio, merece vituperios; muy diversas son en su condición, porque, nociva una, mueve la guerra y la discordia; ningún mortal la quiere; si se sufre, es por decreto de los dioses. Negra la Noche la engendró primeramente. Y el nacido de Crono, elevado en su solio del éter, la otra puso, con índole mejor, en las raíces del mundo entre los hombres. Y esta nueva rivalidad al hombre más inerte a trabajar excita; si ve alguno que ocioso esté los frutos del trabajo que a otro hombre enriqueció, presto se aplica a arar, sembrar y organizar su casa, y así al vecino su vecino emula para medrar también, y este certamen ennoblece al mortal. Y el alfarero con alfarero pugna, el artesano al artesano envidia, y lucha el pobre con pobre, y el poeta con poeta.
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III. Exhortación al trabajo y condenación de los litigios (4)
¡Oh, Perses!, fija bien dentro de tu alma lo que voy a decir: que esa discordia que se goza en el mal nunca separe tu atención del trabajo, y no te lleve al ágora, de oyente, a los litigios. Para luchas del ágora, ¡qué pocas horas tendrá cualquiera que su casa abastecido no haya con los frutos que da cada estación, con esos dones que hace rendir Deméter a la tierra!
Cuando estés saturado, podrás pleitos y querellas mover a ajenos bienes. Lícito solo te será en segundo lugar hacerlo así. Por eso, ahora debemos dirimir nuestras contiendas con los juicios de dios, que, por ser justos, son los mejores. Ya bastantes cosas que no eran tuyas te llevaste el día que la herencia partimos, adulando a aquellos reyes ávidos de dones que la justicia entienden de ese modo. ¡Necios! ¡Ignoran cuánto más la parte vale que el todo, cuánto bien produce sustentarse de malvas y asfódelo!
IV. Mitos de Prometeo y de Pandora (5)
Difícil de encontrar ponen los dioses al hombre el alimento. Si no fuera por eso, ganarías fácilmente, en un día tan solo, para un año vivir sin trabajar. Colgado al humo tuvieras el timón; tuvieras bueyes y mansos mulos de labor en ocio. No lo permite Zeus, irritado muy hondamente por aquellas burlas del sutil Prometeo, y a los hombres procura desde entonces mil molestias.
Del fuego les privó, mas el insigne vástago de Jápeto nuevamente roba al prudente dios, y de una caña en el hueco a los hombres fuego lleva. ¡Y así burla al que goza con el rayo! Mas Zeus, que las nubes amontona, indignado le habló:
«¡Japetionida, ya que tú, sabedor de mis designios, te regocijas de robarme el fuego y ultrajas mi poder, a ti y tu prole he de infligir un daño irreparable! Un mal, con ese fuego, a los humanos daré que les deleite; un mal que ansíen como si fuera un bien».
Así le dijo el padre de los dioses y los hombres, y sonrió. Y al ingenioso Hefesto manda que veloz mezcla tierra y agua y les infunda voz y humana vida, y les dé la apariencia de una virgen bella y amable, cuya faz semeje la de diosa inmortal. Manda a Atenea labores enseñarle, y el tejido artístico de telas; y a la rubia Afrodita le dice que circunde aquel cuerpo de gracia, y que le imprima el deseo brutal, las ansias locas que devoran los miembros. Manda a Hermes, el matador de Argo, que le inspire intenciones de perra y un carácter falaz. Así les dijo, y todos ellos al mandato de Zeus obedecen, hijo de Crono.

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Con arcilla, al punto, formó el ínclito cojo de ambas piernas (a venerable virgen semejante) un cuerpo de mujer, como el Cronida lo imaginara. La de glaucos ojos, Atenea, de adornos y vestidos lo rodeó. Lo ciñeron las cárites y la alma Seducción de aros de oro; y las Horas, de hermosas cabelleras, puestas en derredor, lo coronaron con guirnaldas de Abril. La diosa Palas todo su encanto transmitió a aquel cuerpo. Y el mensajero matador de Argo, por decreto de Zeus el tonante, en el pecho le puso la falsía, las blandas frases y dolosas mañas.
Y nombre el pregonero del Olimpo dio a esta mujer, y la llamó Pandora, la obsequiada con todo, porque todos los que habitan mansiones celestiales le otorgaron un don, para castigo de los hombres, sedientos de placeres.
Cuando el maligno inevitable engaño hecho fue, manda Zeus al insigne nuncio de dioses, el Argicida, que vaya con el regalo a Epimeteo. Y este no recordaba entonces la advertencia que le hizo Prometeo de que nada aceptase de Zeus ni el Olimpo, y, si lo devolviera, no ocurriese por acaso algún mal a los mortales. Mas el don recibido, ya que tuvo el mal, lo conoció, porque antes libres de mal los hombres en la tierra estaban, sin la dura labor, sin las traidoras dolencias cuyo término es la muerte; y ahora envejecen en el mal los hombres.
De un ánfora la tapa, con sus manos, la mujer separó: las tristes cuitas, dispuestas para el hombre, se esparcieron, y sola en el vacío domicilio la Esperanza quedó junto a los bordes del ánfora; no pudo volar de ella, porque la tapa se ajustó en la boca por mandato del dios que égida tiene y amontona las nubes, pero, en cambio, males sin cuento entre los hombres vagan: la tierra llena está, llenos los mares de ellos; inesperadas las dolencias atacan por el día y por la noche a menudo a los hombres quedamente, trayéndoles dolor. Para eso Zeus de voz las ha privado, y así nadie puede evitar jamás lo que el dios manda.

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V. Las cinco edades del mundo (6)
Y ahora breve relato de otras cosas, que sé muy bien, te haré, si lo permites. Fíjalo en tu memoria. Cual nacidos de un mismo origen son dioses y hombres. Y primero los seres inmortales, que mansiones olímpicas habitan, la edad de oro de los hombres que hablan establecieron; y reinaba Crono en el cielo y la tierra. Los humanos como dioses vivían, sin temores y ajenos a trabajos y fatigas.

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Sin mísera vejez y siempre iguales, con pies y manos firmes, disfrutaban la vida entre banquetes, alejados de todo mal, y sin dolor morían, cual si en el sueño se sumieran; bienes gustaban por doquier; fértiles huertos les rendían por sí copiosos frutos.

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Siempre alegres y amados de los dioses, sin trabajar gozaban la abundancia. Desde que a raza tal cubrió la tierra, sus almas, por designio del supremo, son espíritus buenos, que circulan en el mundo y que guardan a los hombres, y ven el bien y el mal, y, revestidos de tenue nube, por la tierra vagan distribuyendo la riqueza. ¡Hermosa misión la que los dioses les conceden!
Los habitantes del Olimpo luego la raza forjan de la edad de plata, inferior en espíritu y en forma a la del siglo de oro, porque en ella eran los hombres inocentes niños cien años a lo menos, y crecían en el regazo de amorosa madre, y, al florecer la pubertad en ellos, breve espacio la vida les duraba en la ignorancia y el dolor.

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Entonces, sin poderlo evitar, daños se atreven a causarse entre sí; no rinden culto ni sacrifican en divinas aras, como es deber del hombres. Zeus, airado, los sepultó también: ¡digno castigo de los que culto niegan a los dioses! Cuando la tierra ya cubrió a esta raza, algún honor sus hombres recibieron, y bienaventurados de segunda clase les llaman.
Luego el numen padre hizo la edad de bronce, la tercera de los seres que hablan, muy distinta de la argentina edad: hombres salvajes, violentos y robustos son sus hombres, cuyos únicos goces son las luchas de Ares y las violencias; no comían sino las carnes crudas; indomables, sus corazones son de dura piedra; fuertes brazos y manos valerosas de los hombros les nacen; son de bronce sus armas y viviendas, porque labran tan solo este metal; el negro hierro no se conoce aún. Y destruidos entre sí por sus propias manos, iban descendiendo a la pútrida vivienda de Hades horrible. Los cogió la muerte, no obstante su fiereza, y ya la lumbre no disfrutan del sol.

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Cuando a esta raza cubrió la tierra, el vástago de Crono sobre la eterna nutridora puso la cuarta especie de hombres, la divina semilla de los héroes que por toda la extensión de la tierra se llamaron en la edad precedente semidioses. Mas, ¡ah, que a todos la maldita guerra les hizo perecer en los combates! En la tierra Cadmea, ante las siete puertas de Tebas, unos, disputando los ganados de Edipo; y por la gracia, otros de Helena, la de rizos bellos, que a Troya los llevó sobre la anchura dilatada del mar en muchas naves. La hoz de la muerte los segó, mas les dio vida mejor en retirado asiento, en los últimos lindes de la tierra, lejos de hombres y dioses. ¡Zeus padre os puso bajo el cetro de Crono y os destinó a habitar, héroes felices, libres de duelos, junto al mar, en esas islas Afortunadas, cuyos huertos rinden tres veces sazonados frutos y florecen tres veces en el año!
¡Ojalá que vivir no me tocara entre la quinta raza de los hombres! ¡O nacido después, o muerto antes! Porque ahora estamos en la edad de hierro. Las corrompidas gentes día y noche no cesarán jamás en el trabajo ni en la miseria, porque graves cuitas los dioses les darán, o por lo menos les mezclarán los bienes con los males. Esta especie también de seres que hablan, Zeus destruirá, después que nazcan hombres con corona de canas en las sienes.

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De acuerdo no estarán padre con hijos, ni estos con él; ni lo estarán tampoco el patrón con sus huéspedes, ni hermano con hermano, ni amigo con amigo, como antes sucedía. Y a los padres despreciarán tan pronto como lleguen a viejos, y con frases injuriosas increparán tal vez, hijos impíos que no temen las iras de los dioses, y que pagan fatigas y desvelos con negra ingratitud. Saquearán unos las ciudades de otros. No habrá gracia para el que guarde fe de juramento, para el bueno ni el justo: que las honras serán para el perjuro y el malvado. Tendrá derecho el fuerte. La vergüenza no existirá. Y al hombre más valiente atacará el cobarde con palabras traidoras, y con falso juramento las sostendrá. La maldiciente envidia, de odiosa faz, que haciendo daño goza, irá detrás de desdichados hombres.
Ya las vírgenes Edo y Némesis, envueltos en las blancas vestiduras los cuerpos bellos, la anchurosa tierra por el cielo han dejado, y abandonan los hombres por los dioses inmortales; y los graves dolores a los hombres dejan, sin esperanza de remedio.
VI. La razón de la fuerza (7)
Y ahora un ejemplo contaré a los reyes que de sabios presumen. Un milano a un ruiseñor de música garganta que llevaba en sus uñas por las nubes, le reprendió porque, en las garras curvas clavado el infeliz, lloraba a gritos. Altanero, el milano le decía:
«¿Por qué alborotas, mísero? ¿No sabes que más fuerte que tú llevarte puedo por donde guste, aunque cantante seas? ¿Que puedo merendarte si quisiere o darte libertad? Con poderosos es imprudente contender: vencido será, no solo, quien con ellos luche, sino además molido y afrentado».
Dijo así el ave de las anchas alas, remontando veloz; pero tú, Perses, atiende a la justicia y no hagas daño.

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VII. Elogio de la Justicia y condenación de la violencia (8)
Hacer daño produce consecuencias funestas para el pobre; el mismo rico no las puede evitar, y al fin sucumbe al peso de sus faltas. Otras vías mejores hay de conseguir lo justo. Al fin y al cabo, la justicia vence a su rival, la injuria, pero el necio no lo llega a aprender sino a su costa.

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Vengador de perjurios, Orco corre tras injustas sentencias. La justicia, ultrajada por jueces corrompidos, conculcadores de derechos, clama al cielo. Envuelta en nubes, vaga en torno de pueblos y naciones que la niegan, y hace llover estragos sobre aquellos que la arrojaron del lugar, no dando lo suyo a cada cual; pero, si hay hombres que hacen justicia a amigos y enemigos y no atropellan la razón, florece con ellos la ciudad; sus moradores prosperan en la misma; educadora de jóvenes la paz, brilla en la tierra, y nunca para ellos la maldita guerra decreta Zeus omnisciente, y nunca entre hombres justos la desgracia ni el hambre hallan lugar, sino que el fruto de sus afanes en banquetes gozan.
Y para ellos la tierra lleva trigo, y la encina, bellotas en sus ramas, y abejas en su vientre; para ellos se cargan de vellones las ovejas, y las mujeres paren hijos, vivos retratos de sus padres; y los bienes florecen en sus casas, sin que tengan que comerciar en naves, porque un campo fecundo en frutos colma sus graneros; mas, si de alguno la injusticia es norma y siembra el mal y las acciones viles, la venganza para él decreta Zeus, el Cronida omnisciente.
Y a menudo, por causa de un mal hombre que delinque y trama iniquidades, toda entera padece una ciudad, porque el Cronida lanza sobre ella el mal desde los cielos, y la peste y el hambre, y pueblos mueren, y mujeres no paren, y familias se diezman a su voz. Y mientras tanto, aniquila su ejército, derrumba los muros de su patria, y en los mares las naves hunde del protervo.

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¡Oh, reyes, contemplen vuestros ojos la venganza! Considerad que entre los hombres viven inmortales que ven que se destrozan entre sí los humanos, que no temen las iras de los dioses. Y en la tierra, que tanta gente nutre, muchos miles de espíritus están, hijos de Zeus, que a los hombres vigilan, y que, ocultos, van en el aire y vagan por doquiera, y ven las buenas y las malas obras.
Y entre ellos una virgen, la Justicia, a quien Zeus dio el ser, augusta virgen que aman los habitantes del Olimpo. Y si es que algún osado la desprecia y daña sin piedad, ella a su padre Zeus el Cronida llega y le refiere las malas intenciones de los hombres, y un pueblo paga el crimen de un tirano que, tramando maldades, perjudica a los demás con sus perversas leyes.
¡Jueces venales, aprended! Sentencias injustas enmendad. Malvados juicios olvidad totalmente. Quien maquina males para otros, para sí los forja, y un pensamiento malo es más funesto para aquel que lo abriga. Lo ve todo, lo observa todo el ojo del Tonante, y esto lo ve también, pues verlo quiere. Y tampoco a su vista inadvertido pasa el más silencioso pensamiento del rincón más secreto de la urbe.
¿Justo sería yo, ni dejaría que mis hijos lo fuesen entre hombres, si fuera malo ser un varón justo, y si tuvieran premio los malvados (9)? Zeus, que manejando el rayo goza, no es posible que sufra las maldades. No lo puedo creer. Grábalo, hermano, en tu pecho: obedece a la justicia y olvida por completo la violencia. Es la ley que el Cronida dio a los hombres.
Peces y fieras y aves voladoras devórense entre sí, que para ellos no se hizo la justicia. Este don santo para los hombres fue, y al que consciente lo justo acata, el dios que lo ve todo riquezas da; y a quien perjurios ama y jura en falso y miente y la obra impide de la justicia, sin piedad lo hiere hundiendo su progenie en el olvido, mientras más esclarece la del justo.
VIII. Virtud y vicio; trabajo y ociosidad; reglas de conducta; precauciones contra la mala fe; los hijos
Yo, que conozco el bien, Perses imprudente, te lo voy a mostrar (10). El vicio es fácil de seguir hasta el fin. La senda es llana y nos lleva muy lejos, pero, en cambio, a la virtud los dioses anteponen fatigas y sudor: arduo el camino que a ella conduce, y áspero el comienzo de la senda parece; pero, cuando alguna arriba llega, ¡cuán suave se le muestra después!
¡Dichoso el hombre que todo lo ve claro, que razona y sabe, para todo, lo que es bueno! ¡Feliz también el otro que obedece a consejero fiel! Pero el que ignora y no se deja dirigir inútil hombre del todo es.
Recuerda, Perses, mis consejos: trabaja, hijo de dioses, y el hambre te odiará, mientras te ama Ceres de espigas coronada y colma de frutos tu granero. Sí, que el hambre siempre acompaña al hombre perezoso, y a quien ocioso vive le desprecian hombres y dioses. Zánganos privados de aguijón son los vagos. Semejantes a estos seres ociosos, se apoderan del dulce fruto que labraron otros y lo devoran. Para ti, al contrario, grata parezca la labor que haga tus graneros crujir. De estas labores salen los hombres de ganados llenos y de opulencia. Y mucho más amados son de dioses y hombres, que ellos odian a los que no trabajan.
Deshonroso no es el trabajo nunca, y lo es siempre la ociosidad. Trabaja y hazte rico: te envidiará el ocioso. Dan escolta la virtud y la fama a las riquezas. Serás con ellas como un dios: por eso mejor es trabajar. En vez de darte, estólido, a envidiar lo que otro tiene, aplícate al trabajo y cuida mucho de buscar qué comer, cual te aconsejo.
Pudor mal entendido se apodera del pobre; es un pudor que le hace daño, pudiéndole ayudar. Lleva a la inopia esta vergüenza tímida. La audacia conduce, en cambio, a las riquezas. Nunca robadas aprovechan. Las que lucen son las que manda dios. Si a mano armada o con engaños alguien las adquiere (como a veces ocurre, porque el lucro ciega a los hombres, y al pudor en ellos la desvergüenza mata), fácilmente lo anularán los dioses; su familia será deshecha; las riquezas poco tiempo le durarán.
De igual manera, a quien maltrata al huésped o al mendigo o mancha el lecho de un hermano suyo, con su esposa en concúbito secreto consumando un gran crimen, o despoja con descaro a unos huérfanos o injuria con palabras odiosas a su padre rendido por el peso de los años, la ira de dios le alcanzará, y la pena sufrirá del talión, para castigo de sus obras inicuas. Tú no incurras en semejantes crímenes; aparta tu alma ignorante de ellos.
Sacrificios haz, según tus recursos, a los dioses, con alma limpia y pura y muslos blancos quema en sus aras; libación e incienso derrama cuando al lecho te dirijas y cuando nazca la sagrada Aurora, que de este modo te serán propicios y harán que compres tú los campos de otros, y nadie el tuyo.
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Ofrécele tu mesa siempre al amigo; al enemigo, nunca. Obsequia, sobre todo, a aquel que viva cerca de ti, pues, si en tu casa ocurre conflicto alguno, acudirá el vecino sin mudarse de ropa, y los parientes se atavían primero. Tanto daño produce un mal vecino cuanto el bueno puede beneficiar. Gran suerte alcanza quien tiene buen vecino: el que sus bueyes ve perecer a su vecino culpe. El préstamo que te haga tu vecino devuélvele sin merma, y, si pudieras, se lo mides colmado: de este modo lo encontrarás cuando a buscarlo acudas en caso igual.
Y nunca te aproveches de ganancias injustas, que estos lucros son daños para ti. Y ama a quien ame, socorre al que socorra, da al que diere; no des a quien no da. ¿Merece algo aquel no da nada? El dadivoso ¿no hallará quien le dé? Dar es muy bueno; el robo es malo y mata. Cualquier hombre de buena voluntad ¡cuánta alegría siente al hacer un bien dando lo suyo!; ¡cómo goza en su alma!
Pero, en cambio, ¡qué dura es la de aquel que se acostumbra a robar sin pudor! Por poco empieza, mas luego la constancia en repetirlo le hace capaz de la mayor infamia.
SI un poco echando vas sobre otro poco y lo repites con frecuencia, al cabo verás aquello convertido en mucho. El que algo siempre añade a lo que tiene el hambre horrible evitará. No inquieta lo que en su casa guardan a los hombres: en lo que tienen fuera está el peligro. ¡Qué gusto tener bienes que permitan tus males remediar! ¡Qué triste cosa, necesitar de lo que no se tiene! Bien merece la pena meditarlo.
De empezado tonel derrochas vino. Si quieres que te dure, será tiempo de ahorrar a la mitad; mas ya en el fondo, ¿para qué ha de servir la parsimonia?
Sé justo al dar el precio de un trabajo, aunque lo haga un amigo.
Si compites, ha de ser con tu hermano, y llevar debes un testigo al certamen; la excesiva buena fe y el recelo exagerado son nocivos al par. Y no te dejes engañar de mujer que se engalane y te arrulle con cantos e investigue tu domicilio. Confiar en hembras es igual que entregarse a los ladrones.
Ten al menos un hijo que conserve el brillo de tu casa: la opulencia crecerá en la mansión. Y, antes que viejo mueras, deja, si puedes, otro hijo. Zeus dará para todos si son muchos, que, aunque más nos preocupen, más nos traen.
Si apeteces riqueza, el medio es este: trabajo realizar sobre trabajo.
Libro segundo (11)
I. Agricultura

Más sobre Pléyades
Cuando asomen las Pléyades, de Atlante hijas, la siega empieza y la labranza cuando se oculten. Y cuarenta días con sus cuarenta noches son ausentes. Y cuando da otra vez la vuelta el año y al afilarse las primeras hoces, vuelven a aparecer. Esta es la norma y la ley de los campos, para aquellos que junto al mar habitan, y los otros que lejos de las olas fluctuantes cultivan las cañadas tortuosas de una fértil región.

Más sobre Pléyades
Siembra desnudo, labra sin ropa, siega sin vestidos (12), si quieres que las obras de Deméter se te ofrezcan maduras a su tiempo; que, de una en una, sazonadas crezcan para rendirse a ti; si es que no quieres, falto de todo, en las ajenas casas mendigar sin provecho. A mí viniste, como ahora, otra vez, mas yo no quiero dar ni prestar más, estulto Perses.
Trabaja en esas obras que los dioses a los míseros hombres destinaron, antes que un día, con dolor de tu alma, con hijos y mujer busques sustento y acudas al vecino y te desprecie (13). Dos veces, quizás tres, consigas algo; pero si una vez más ruegas, inútil tu elocuencia ha de ser, y tus palabras no hallarán eco en nadie.
Te aconsejo que pienses en el pago de tus deudas y en desterrar el hambre: que dispongas la casa y la mujer, y el buey que are, y la sierva soltera que al buey siga, y todos los enseres de la casa, no sea que tengas que pedirlos a otros y te los nieguen, y carezcas de ellos, y el tiempo pase, y trabajar no puedas.
Ni dejes el quehacer para mañana, pues las trojes no llena ningún hombre aplazando el trabajo; en cambio, aumenta la actividad el lucro. El que las cosas deja para después castigo tiene.
Cuando el sol sus rigores disminuye por el otoño, y el sudor se acaba, y Zeus manda sus lluvias, más activo el cuerpo humano se hace; ya la estrella Sirio por menos tiempo sobre el hombre durante el día está; ya se disfruta más esta estrella por la noche. Viene el tiempo en que la selva, no roída por la carcoma, cae a golpe de hacha, y hojas cubren la tierra y cesa el árbol de germinar. Preciso es que recuerdes que este es el tiempo de hacer leña. Corta mortero de tres pues, y de tres codos un pilón de majar, y un eje, luego, de siete pies. Es el mejor tamaño. Si cortas ocho pies, también del trozo un mazo sacarás. De ábside tenga cada rueda tres cuartas, por diez palmos que el carro ha de tener. Maderos curvos corta en gran cantidad. Y lleva a casa de encina la mancera del arado, si la hallas al buscar por campo y monte. Para labrar con bueyes es muy firme, si la fija un alumno de Atenea con clavos al dental, y así la adapta al timón. Y tú en casa dos arados debes hacerte, de una pieza uno, y otro compuesto, pues, si el uno rompes, podrás uncir los bueyes en el otro. De olmo o laurel bien sanos, sin polilla, los timones; de encina, los dentales, y las camas, de roble.
Y compra bueyes, un par de nueve yerbas, porque entonces están en todo su vigor y alcanzan la mayor aptitud para el trabajo. A esta edad no pelean en el surco, ni rompen el arado, ni obra inútil dejan allí.
Y haz que los guíe un joven cuadragenario que almorzado hubiere un pan rajado en cuartos de ocho cuadros; que un hombre tal atenderá al oficio y hará rectos los surcos; y un mozuelo, mirando en derredor a sus iguales, en lo que menos piensa es en la obra.
Y tampoco es mejor hombre más joven para esparcir semilla, pues la siembra tendrás que repetir. Son distraídos los mozos por jugar con otros mozos.
Ten cuidado cada año cuando oigas de la grulla la voz clamando en alto, por medio de las nubes: es el signo de empezar a labrar; indica el tiempo del invierno lluvioso y atormenta el corazón del labrador sin bueyes. Apaciéntalos tú; ten en tu casa siempre la res de retorcidos cuernos.
Es muy fácil decir: «Vecino, un carro dame y un par de bueyes». Y es muy fácil la respuesta también: «Los necesito yo para mí».
¡Qué rico en fantasía será el que entonces piense que él un carro hacer puede también! ¡Necio! No sabe que las piezas de un carro son un ciento y que antes las debió llevar a casa.
Tú, cuando el tiempo de labranza llegue, emprende la tarea acompañado de tus siervos también, y ara lo seco, y labra lo mojado, y date prisa, y madruga, y procura que los campos se llenen para ti.
Y en primavera ara, y en el verano no te olvides de labrar otra vez.
Y siembra cuando la tierra esté ligera todavía. Tierra mullida maldición expulsa y aplaca el hambre de los hijos.
Ruega a Zeus infernal, ruega a la casta Deméter que te colmen con los sacros dones de Ceres.
Y a labrar empieza cogiendo el mango de la esteva en una mano y la ahijada en otra, y en el lomo estimula a los bueyes que en el yugo van arrastrando del timón la cuña. Y un criadito a tu espalda con la azada impida de las aves el negocio escondiendo semillas.
Es muy útil la diligencia al hombre, y es muy malo el descuido para él. Con la abundancia se doblará la espiga hacia la tierra, y, si el Olimpo a madurez la guía, desterrarás la araña de las trojes. ¡Cómo te alegrarás viéndolas, llenas de grano, rebosar! ¡Qué bien repuesto te encontrará la primavera blanca! Tú no tendrás que suplicar a nadie, y a ti te pedirán; pero, si empiezas la alma tierra a labrar cuando los días van acortando, sin trabajo mucho segarás y, arrastrándote entre el polvo, cogiendo aquí y allá, juntarás haces que cabrán en el puño. Ciertamente que no te alegrarás: en una espuerta podrás llevarlo todo, y tu fortuna pocos envidiarán. Y aunque a menudo el que la égida tiene, sus designios, que los mortales no comprenden, cambia, en esto no, porque, si labras tarde, no habrá remedio para ti. Tan solo cuando el cuco en la rama de la encina anuncia con su canto a los mortales la deliciosa primavera, entonces, si hace que llueva Zeus, y no cesa de llover en tres días, hasta tanto que cubra la pezuña de los bueyes el agua, y nada más, entonces solo podrá igualar el labrador tardío al diligente.
Pero observa atento todas las cosas tú. No se te oculte ni la estación que el blanco invierno ahuyenta, ni tampoco el periodo de las lluvias.
Pasa de largo, al ver en el invierno las abrigadas fraguas; ni frecuentes las tertulias en él, pues, cuando el frío impide los trabajos, aprovecha la ocasión el colo diligente para hacer las mejoras en su casa.
Que los rigores de un invierno crudo no te cojan luchando en la pobreza, ni con tu mano descarnada oprimas algún carnoso pie (13 bis). Los perezosos lo esperan todo del azar y, cuando sufren el hambre, en su interior meditan todo lo malo. ¡Vanas esperanzas las del hombre que pierde en las tertulias largas horas, sentado, no teniendo de qué comer! Por eso a tus criados recuérdales en medio del estío: «Abasteced la casa, que no siempre verano habrá».
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Temed los malos días de aquel mes Leneón, que es el verdugo de los bueyes, los días en que el hielo endurece la tierra, y en que ruge el Bóreas en la Tracia nutridora de potros, y golpea las llanuras del ancho mar, y silba entre los bosques, y en la espesura de la sierra entrando, a la tierra, que a tantos alimenta, arroja las encinas de alta copa y los densos abetos, y retumba al fragor del estrago la montaña. Con la cola entre piernas van huyendo las fieras espantadas y, aunque tienen pieles llenas de pelos, como el frío sopla con furia en ellas, sus vellosos pechos traspasa; por la piel penetra, piel que no les defiende, de los bueyes; y entre los largos pelos de la cabra sopla también, pero al rebaño solo de las ovejas no ataraza Bóreas, porque densos vellones las abrigan, mas obliga al anciano a que se encorve, y no entumece delicadas carnes de la tierna doncella que aún ignora los juegos de Afrodita, porque cerca de su querida madre permanece dentro de casa, y su lavado cuerpo de óleo abundante unge, y en su alcoba, en la noche invernal, guardada sueña.
Sus tentáculos mientras roe el pulpo, pues sin casa ni hogar, y en escondrijos tristes, no tiene sol para ir buscando pasto que devorar. El sol entonces arde en las urbes de los hombres negros, y aún tarda mucho en calentar Grecia. Entonces los astados y no astados brutos que viven en la selva huyen, castañeteando dientes, por los bosques, y solo les preocupa hallar refugio en las tinieblas de rocosos antros. Y se parecen a esos hombres viejos que marchan en tres pies, cuyas espaldas se doblan y que inclinan las cabezas a la tierra mirando. Así caminan todos, huyendo de la blanca nieve.
Cuídate entonces de abrigar tu cuerpo con túnica talar y capa suave, y teje en poca tela mucha trama. Cíñete bien con ella, no se erijan por todo el cuerpo pelos temblorosos, y ata en torno a tus pies calzado fuerte de buey sacrificado, y que por dentro forrado esté de piel. Y cuando el frío a su tiempo llegare, pieles cose de los primeros chotos, empleando nervio de buey: con ellas tus espaldas defiende de la lluvia; con la gorra, de pieles hecha, tu cabeza cubre y libra de humedad a tus orejas.
Se calma el viento en las mañanas frías, y una niebla fructífera se extiende desde el cielo estrellado sobre el campo del labrador feliz; niebla que el viento tempestuoso, de los ríos, sorbe, y en los aires la eleva, y ya la esparce en vespertina lluvia, o la condensa de la tierra en la faz cuando acumula el Bóreas de Tracia los vapores. Teme esta bruma y vuélvete a tu casa terminado el trabajo, no te envuelva desde el cielo la niebla tenebrosa y humedezca tu cuerpo y tus vestidos. Evítalo si puedes, que el más grave mes del invierno es; grave a las bestias, y grave para el hombre. En este tiempo pon a media ración los bueyes; come tú poco más: las noches largas nutren (14). Observando estas reglas todo el año, regula el alimento con los días, hasta ver otra vez la madre tierra cargada de sus frutos diferentes.
A los sesenta días del solsticio el invierno está fuera; deja Arturo la sagrada corriente de Océano, y en su esplendor se muestra por la tarde. Luego surge a la luz, para los hombres, la golondrina de Pandión, que gime el alba al apuntar, y nos anuncia que vuelve ya la joven Primavera.
Anticípate tú, podando vides en el tiempo propicio. Y cuando trepe de la tierra a las plantas el que encima de sí su casa lleva, y que de lluvias huye, tú deja de cavar las cepas; mas la hoz afila y estimula al siervo.
Y huye de umbrosas sedes, y sacude el sueño matinal: la mies te aguarda del sol a los ardores, cual tú, seca. No te des paz entonces, y amontona el fruto en los graneros, y madruga para reunir sustento suficiente.
La Aurora añade al fruto del trabajo un tercio más; la Aurora abre camino y estimula al gañán; la Aurora surge, da impulso a muchos brazos, pone yugos a muchos bueyes, y el trabajo avanza.
Cuando florece el cardo, y la canora cigarra lanza al aire ese chirrido frecuente de sus alas desde el árbol, del estío en los días afanosos, más gordas son las cabras, y es el vino mejor, y más lascivas las mujeres; pero en los hombres el vigor es menos, porque Sirio el cerebro y las rodillas debilita, y el cuerpo se relaja al calor estival. Venga la sombra entonces de la piedra, venga el vino de Biblos con el pan que el horno cuece, y la leche de cabras que han dejado ya de criar, la carne de ternera que pace impúber, y la tierna carne de los primeros chotos. Bebe luego, recostado a la sombra, negro vino, el vientre lleno y con la cara vuelta al céfiro sutil. Bebe una parte de vino y tres del agua de una fuente que corra clara y salte juguetona.
El don sagrado de Deméter manda a tus siervos trillar en una era redondeada bien y expuesta al viento, luego que Orión el cazador se muestre. Con diligencia mide, y en las trojes oculta, el grano. Y cuando ya esté todo dentro de casa, tomarás criado que hogar no tenga, y buscarás criada sin hijos, pues con ellos no conviene. Y da sin duelo de comer a un perro de ásperos dientes, por si ocurre que alguien, que descansa de día, por la noche te arrebata tu haber. Y de heno y paja te proveerás, para que todo el año tengan bueyes y mulas alimento.

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Da descanso después a tus queridos siervos, y suelta el yugo de tus bueyes. Cuando Sirio y Orión en lo más alto del cielo estén, y el Alba con sus dedos de rosa toque a Arturo, ¡oh, Perses!, lleva las uvas vendimiadas a tu casa. Y pon al sol diez días y diez noches, y a la sombra otros cinco, y luego al sexto en las tinajas pon el don de Baco, que nos deleita. Pero cuando el fuerte Orión huya con Pléyades e Hiadas, acuérdate muy bien que llega el tiempo otra vez de labrar. Este es el modo de esparcir en la tierra la abundancia.
II. Navegación (15)
Si eres hombre que anhelas los peligros de los mares correr, ten muy presente que, cuando van las Pléyades huyendo de rigores de Orión, y en el oscuro ponto se anegan, irritados soplan toda clase de vientos. Quita entonces tus naves de la mar: solo te ocupes, como te dije, de labrar la tierra. Y arrastrado tu barco, y ya en la playa, con piedras cálzalo por todas partes para contrarrestar fuerzas de vientos que húmedos soplan; vacía la sentina, no sea que la lluvia te lo pudra; lleva jarcias y velas a tu casa, y remienda las alas de esa nave que ha de surcar el mar; y pon al humo del hogar el timón, del arte obra. Y de este modo esperarás el tiempo de poder navegar.
Entonces lleva al mar tu nave rápida, cargada de un peso propio, que ganancia deje que llevar a tu casa. Así lo hacía, muy estólido Perses, nuestro padre, cuando, anheloso de un honesto lucro, navegaba en el mar. Él fue quien vino, desde Cumas Eólida cruzando en nave negra dilatados mares, hace ya tiempo, no de la abundancia, de la riqueza y la fortuna huyendo, sino escapando a la pobreza odiosa que ha decretado Zeus a los hombres. Él fue quien, junto al Helicón, vivía habitando en el pueblo miserable de Ascra, de invierno malo, de molesto verano, bueno nunca.
Cuida, Perses, de hacer a tiempo todos los trabajos, pero más los del mar (16). Tú las exiguas naves alaba, pero pon tu carga en la mayor, porque, con grande peso, grande ha de ser el lucro, si sus soplos contienen los furiosos vendavales. En fin, si del comercio a los peligros te lanzas una vez, porque quisieres huir del hambre cruel y de las deudas, las leyes de esas olas rumorosas te mostraré, por más que de las naves nada aprendí yo nunca navegando.
Solo hendí el ancho mar yendo hacia Eubea desde el puerto de Áulide, donde en tiempos esperando estuvieron los argivos, que la furia cesara de las olas; en donde se juntaron muchas gentes, de la sagrada Grecia reclutadas, para atacar Ilión, que presumía de mujeres hermosas. Yo iba a Calcis a luchar en certámenes en honra de Anfidamante el valeroso. Entonces, en buena lid magnánimos sus hijos premios mil ofrecían. Me envanezco de que fui vencedor con un poema, por el que obtuve un trípode con asas; premio, por cierto, que ofrecí a las musas del monte Helicón, que me inspiraron. Y esta vez sola me embarqué en las tablas, juntas con muchos clavos, de las naves.
Pero yo sé la voluntad de Zeus y la puedo cantar en un divino poema: son las musas las que hablan. Tras del solsticio a los cincuenta días, del verano al final, llegan los tiempos de más labor. Entonces oportuna es la navegación para los hombres: ni quebrarás tu nave, ni tus nautas el mar se tragará, como no sea que Poseidón, el que la tierra azota, de propósito quiera confundirlos, o el mismo Zeus, padre de los dioses, porque al arbitrio de ambos está, a un tiempo, la causa de los bienes y los males.
Con suaves auras y con mar tranquila entonces surcarás las ondas. Lanza nave rápida al mar: coloca en ella carga de todas clases, mas procura lo antes que puedas regresar; no esperes vino nuevo, ni lluvia del otoño, ni el invierno que acecha, ni los rudos soplos del Noto, que la mar irrita, con la nube otoñal que manda Zeus y hace al mar peligroso.
Diferente es la navegación en primavera. Mientras andando la corneja imprime tanta huella en el suelo, cuantas hojas sobre las ramas de la higuera nace, se puede navegar, pero no apruebo navegar en tal tiempo, ni me es grato. El que busca el peligro, del peligro difícilmente escapa; mas los hombres lo arrostran por codicia de riquezas, que seducen su espíritu. ¡Ignorantes! Cruel es perecer entre las olas. Yo te aconsejo meditarlo mucho.
Y en huecas naves toda tu fortuna no pongas de una vez: la mayor parte resérvala y expón la menor solo, porque es duro encontrarse con la ruina en las olas del mar. Triste es que el eje rompas del carro por la mucha carga y pierdas el total de mercancías.
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Libro III
I. Sentencias
Sigue esta regla: guarda cada cosa para el tiempo oportuno (16). Y es el tiempo de que tomes mujer los treinta años, sin que te falte mucho ni te sobre para esta edad. El tiempo de las nupcias es este para ti; mas las mujeres cuatro años serán púberes, y al quinto podrán casarse.
Elígela tú virgen, y así la enseñarás costumbres castas. Y elígela que cerca de ti viva y puedas observar todas sus cosas; no vayas a cargar con lo que sea ludibrio de las gentes. No hay fortuna para el hombre mayor que hallar esposa buena; por el contrario, es cosa grave encontrar una mala compañera; que la mala mujer, sin llama, abrasa, y a prematura senectud conduce al más fuerte varón, al más robusto.
Piensa bien que los dioses te están viendo, y que te han de juzgar (17); y nunca iguales el amigo al hermano. Si le otorgas, no obstante, tu cariño, no le hagas tú primero traición. Y no le mientas palabras de amistad; y si él te dice o hace una injuria, entonces no perdones castigarle dos veces otro tanto. Pero si vuelve a ser amigo y quiere darte satisfacción, no le rechaces, que es triste tener hoy unos amigos y después otros.
Cuida que tu cara no transparente nunca lo que piensas.
Ni se diga que a todo el mundo acoges, ni tampoco que a nadie, ni que eres cómplice de los malos, ni tampoco que ultrajes a los buenos.
Su pobreza, que tanto aflige al mísero, en la cara no le eches nunca, porque a veces suele ser un don de los dioses inmortales.
Tiene un tesoro aquel que tiene lengua parca en hablar, pero es mayor la gracia del que sabe emplearla con acierto (18). Si en hablar mal la usas, es posible que oigas algo peor.
Nunca te niegues a concurrir a un festival a escote: poco el gasto ha de ser y el goce es mucho.
Y no hagas libación durante el día de negro vino, en honra de los dioses, sin lavarte las manos; si tal haces, rechazarán tus preces sin oírlas.
No orines cara al sol; y, aunque esté oculto, cuida de no evacuar hacia el oriente, ni en la vía del sol, ni fuera de ella, porque velan los dioses en las sombras, y son de ellos las noches. El discreto, cuando hay necesidad de ello, se sienta en lugar apropiado, o bien se pone cerca de una pared.
No te descubras en tu hogar de manera indecorosa, y respeta el pudor.
Nunca ejercites función reproductora de la especie a la vuelta de fúnebres oficios, presagio de desgracias. Hazlo solo al final de un banquete con los dioses.
No atravieses a pie las puras aguas de corriente constante de algún río antes de haber orado contemplando su limpio curso, y en su clara linfa tus manos sin lavar. El que lo haga a mal hacer, enojos y castigos de dioses sufrirá.
Ni en los festines a dioses ofrecidos, nunca corte lo muerto de lo vivo de tus dedos negra tijera.
Ni medida pongas en la cratera nunca del que bebe, porque esto encierra un hado pernicioso.
Si a edificar empiezas, no abandones la obra sin terminar, pues la corneja, colocándose encima, graznar puede y anunciar males.
No comas de olla, ni uses de baño que ofrecido no hayas a los dioses primero. Tu castigo, si lo hicieres, tendrás.
Y nunca obligues a un niño a estar inmóvil. Esto es malo, igual para el que tenga doce meses o doce años, porque el hombre impúber necesita correr.
Tu cuerpo nunca laves en baño de mujeres: caro ha de costar al hombre que lo haga.
Ni sufrirán los dioses que critiques misterios de los santos sacrificios.
De ríos que en los mares desembocan no orines en los cauces, ni en las fuentes, ni hagas cosa peor. Abstente de ello, pues te habrá de pesar. Sigue estas reglas y evita las censuras de los hombres.
Es fácil de adquirir la mala fama y es dura de llevar, y es muy difícil que se borre después. Lo que divulgan las gentes por ahí nunca perece del todo, pues la Fama es una diosa (19).
II. Los días

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Los días son de dios; hay que emplearlos en cosa conveniente. Instruye de ello a tus criados. Es muy bueno el treinta de cada mes para observar las obras y pagar los salarios (20). Cada uno en él a sus negocios se dedica. Son del prudente Zeus, ante todo, estos días del mes: el uno, el cuatro, el siete —sacro día en que Latona dio a luz a Febo con su espada de oro—; el octavo, el noveno, del creciente del mes egregios días, favorables para impulsar del hombre los trabajos; el once, el doce... (inmejorable el doce para esquilar carneros; bueno el otro para segar las prósperas cosechas); pero es mejor que el once el doce. En este, la araña tiende en lo alto sus telares a pleno sol; la hormiga previsora acarrea su acervo. Hagan lo mismo las mujeres en él: tejan sus telas, trabajen por su casa. Si comienzo a sementera das, evita el trece del mes en que te halles; mas, si plantas árbol, es el mejor. El dieciséis es malo al vegetal y, en cambio, es bueno para parir varones, y no es útil para engendrar doncellas, ni tampoco para casarlas. No produce niñas el día seis del mes, pero ninguno es mejor que él para castrar cabritos y ganado lanar. Y es el más propio para hacer los rediles del rebaño. Hace nacer varones: estimula palabras injuriosas y mentiras, y las frases de amor, y los ocultos coloquios de las citas misteriosas. Castra al berraco el ocho, y al mugiente buey, y en el doce los sufridos machos de labor; y en el veinte, magno día de luna llena, engendrarás al hijo más prudente y más sabio. Para esto también es bueno el diez. Para las niñas, mejor es el catorce. En este puedes domesticar, sentándoles la mano, los carneros y chivos, y los toros de ágiles pies y retorcidos cuernos, y los mastines de terribles dientes, y los pacientes machos de trabajo. Guárdate de sus iras. Cuida mucho de evitar pesadumbres en los días que terminen en cuatro; consagrados al goce están. El cuatro llevar debes al hogar a tu mujer, cuando descubras favorables auspicios; pero el cinco no te debes casar. Evita hacerlo, porque dicen que en él las erinias salen con Horco, dado a luz en este día por la Discordia para dar castigo a los hombres perjuros. Inspecciona el diecisiete al sacro don de Ceres y hazlo aventar en la redonda era; y sacrificador del árbol, leños corta para tu casa, y corta otros para cruzar el mar. El cuarto día comienza a construir la frágil nave; el diecinueve por la tarde es bueno también para este fin; mejor que todos es el noveno, y sin peligro alguno para los hombres; Bueno es asimismo para engendrar varones y mujeres, para plantar los árboles, y nunca en él ha habido contratiempo alguno. El día veintinueve pocos saben que es el mejor para embrear toneles, para imponer el yugo a los caballos de pie veloz, los bueyes y los mulos; para arrastrar al mar la veloz nave de muchos bancos de remeros; pocos fían, no obstante en él. El día cuatro empieza tu tonel. Es el catorce más sagrado que todos, pero algunos el veinticuatro creen mejor al alba, y a la tarde, peor.
Estos los días más favorables son para los hombres; los intermedios son inofensivos; tampoco aportan bien. Alguien prefiere este o el otro, pero nadie sabe cómo son. Una vez es padre un día, y otras, padrastro. ¡Afortunado el hombre que conoce estas cosas y regula su trabajo por ellas, y aparece sin culpa ante los dioses, observando augurios y evitando los delitos!

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Notas
(1) La autenticidad de esta invocación fue negada por Aristarco, Crates y Plutarco. Pausanias cuenta que, visitando el valle de las musas, al pie del Helicón, recogió de los sacerdotes de aquel lugar las tradiciones más contradictorias acerca de Hesíodo. Unos le atribuían numerosos poemas; otros no reconocían como auténtico sino el de los Trabajos, y aun le suprimían la invocación. Para justificar este corte, mostraban cerca de la fuente de Aganipe un antiguo texto de los Trabajos, grabado en plomo, y en este texto el preludio no existía. Semejante falta nada prueba, sin embargo. Hay que tener en cuenta que la invocación está dirigida a las musas de Pieria, y que, siendo el grabado un anathema u ofrenda a las del Helicón, es lo natural que el devoto que lo ofreciese suprimiera aquella parte, y que los sacerdotes enseñaran, como el único verdadero, el texto mutilado. Hasta el fin del siglo IV a. C., nadie había dudado de su autenticidad, pero, en dicho siglo, Praxífanes, discípulo de Teofrasto, vio el texto del Mouseion; con su testimonio, Aristarco señaló como apócrifa la invocación, y bajo la autoridad de Aristarco, Crates y Plutarco afirmaron lo mismo. La crítica moderna restablece la verdad de los hechos, a saber: que estos versos son de Hesíodo y que no pueden servir de introducción a otro poema que al de los Trabajos.
(2) Estos dos versos son la transición del preludio al comienzo del poema. [...] ser una imprecación a Zeus, reservando a Perses el papel de tercera persona. En el original griego falta el vocativo a Zeus. Es más: viene hablando de Zeus en tercera persona en los versos anteriores. En cambio, existe en ellos el vocativo Perses. Yo creo que es a Perses a quien Hesíodo se dirige en las dos cláusulas de los dos versos, y así lo traduzco. El error de traductores franceses nace, a lo que entiendo, de creer que la palabra θέμιστας se refiere a las sentencias de Zeus o a las de los reyes, siendo así que aparece bien claro que con ella nombra Hesíodo las determinaciones de la voluntad de su hermano Perses, a quien se dirige. Interpretado de cualquier otro modo, el pasaje resulta incongruente y oscuro.
(3) Antes de dar Hesíodo a Perses los consejos con que se propone obsequiarle en el poema, empieza por fijar bien los términos de esta distinción entre las dos clases de luchas o competencias que entablan los hombres: una que tiene por base la envidia de lo ajeno y que se vale de malos medios, como es el de la corrupción de los jueces para disputarse los hombres las riquezas, o del robo para tomárselas por su mano; y la otra, la noble emulación, que se vale del trabajo para acrecentar la fortuna propia e igualarla a la ajena. El poeta, para hacerse entender, recurre a un proverbio: «¿Quién es tu enemigo? El que es de tu oficio»; y lo desarrolla hablando de los celos entre los hombres de la misma profesión.
(4) Es admirable la congruencia que existe entre las diversas partes del poema. Después de hecha la distinción de las dos clases de luchas, Hesíodo aconseja a su hermano que evite esa contienda que se complace en el mal, tanto más funesta cuanto que aparta al hombre de la lucha noble y bienhechora, que provoca el trabajo y conduce a la riqueza.
Perses ha creído que por medio de los litigios podría alcanzar la fortuna; ha corrompido a los jueces, ha perjudicado al hermano; y, a pesar de todo, Perses se ha arruinado. Una funesta ilusión le ha perdido, como perderá a los reyes sus cómplices, y a cualquiera que persiga la riqueza sin reparar en los medios, en lugar de contentarse con los bienes que la tierra da. «¡Insensatos! —exclama el poeta— No saben que la mitad vale más que el todo, y que contentarse con malvas y asfódelo es la verdadera riqueza».
Con esto quedan planteados los dos temas de la composición: el trabajo y la justicia, y vemos ya el lazo que los une. Honrar a la buena Eris es, al propio tiempo, huir de la Eris perversa: el verdadero medio de ser justo es trabajar. Estas son las verdades que Hesíodo se propone decir a Perses; todos los consejos que le dé serán solo expresiones diversas del mismo pensamiento. (Paul Mazon).
(5) El mito de Prometeo y de Pandora es la prueba de la verdad enunciada en los versos anteriores. Es necesario trabajar para asegurar la vida, en vez de procurar, por medios inicuos, apoderarse de los bienes ajenos. El trabajo es la ley del hombre. No pretendas librarte de ella, porque es el mismo Zeus quien la ha impuesto a los hombres para tomar venganza del protector de estos, Prometeo, que había pretendido engañar a los dioses, y que después robó el fuego que Zeus había ocultado a la humanidad.
Zeus ordena la creación de Pandora, que lleva en su ánfora a los hombres, entre todos los males, la «ruda labor», la fatiga, que consume y mata. Prometeo mismo, tan hábil, no ha podido triunfar sobre los dioses. La voluntad de Zeus se ha cumplido. Y esta voluntad era que los hombres sufriesen, pero también que pudieran vivir, que estuvieran sin cesar expuestos a las enfermedades y a la muerte, y que no pudieran prever estos males, porque la presciencia hubiera hecho desaparecer toda actividad en el mundo. Al mismo tiempo Zeus ha mandado, junta con los males, a la Esperanza; y cuando aquellos se han dispersado, Zeus ha tenido a bien que la Esperanza permanezca detenida en el ánfora como un bien consolador, siempre a disposición del hombre.
Los mortales vivían antes en la abundancia, sin esfuerzo ni fatiga y sin sufrir; pasaban de la vida a la muerte, como en dulce sueño. Ahora trabajan y sienten dolor. Las fatigas, las enfermedades, los accidentes los aniquilan, pero la Esperanza les permite vivir: ella les oculta los males que los amenazan, que llegan de improviso, en silencio, porque Zeus, en su sabiduría, les ha privado de la voz. (Paul Mazon).
(6) Los cuadros que traza Hesíodo de las diferentes edades de la humanidad tienden a demostrar que la decadencia progresiva de los hombres ha tenido por causas la discordia y la injusticia. De las dos verdades que expone el poeta, «el trabajo es la ley del hombre» y «la injusticia es su perdición», no ha probado aún más que la primera. Por el mito de las edades demuestra la segunda. Los hombres de la edad de oro tienen el premio que merecen por haber sido justos: son, después de muertos, los buenos espíritus guardianes de los hombres y dispensadores de la riqueza; los de la edad de plata, no tan justos, solo alcanzan el papel de bienaventurados de segunda clase; los de la edad de bronce, que se dan la muerte por sus propias manos, desaparecen sin dejar huella. Cada raza tiene la suerte que merece. Vienen después los héroes, raza de la virtud valerosa, que encuentra su recompensa, tras de la muerte, en las islas Afortunadas. Pero enseguida vuelve la humanidad a decaer, y Hesíodo se lamenta amargamente de pertenecer a los hombres de la edad de hierro. Y después de hacer una soberbia pintura de todos sus crímenes y de anunciar el triunfo y el desenfreno de la injusticia, amenaza a los reyes con el castigo que les espera, y les manda detenerse en la pendiente fatal. El mito de Prometeo ilustra la idea del trabajo; el de las edades, la idea de la justicia. Ningún hombre puede apartarse de la ley del trabajo; ninguna raza se apartará de la justicia sin hallar su castigo.
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(7) Ha llamado la atención de la crítica moderna que aparezca entre las formas de pensamiento empleadas por Hesíodo, esta fábula del milano y el ruiseñor, que han venido, hasta nuestros días, aprovechando en sus colecciones los fabulistas. Es muy verosímil que la fábula naciera en la India con su hermano el apólogo. En ese caso, ¿ha experimentado Hesíodo la influencia de las obras de los moralistas orientales transmitidas por medio de la religión? Y si los conocimientos del poeta labriego no alcanzaban a una civilización tan apartada, ¿cuáles han sido entonces los antecedentes de la fábula hesiódica?
Si se tiene en cuenta el realismo del genio de Hesíodo, no es desacertado suponer que la misma observación de la naturaleza ha ayudado a la elaboración de la fábula, sin ninguna otra influencia de extraña literatura. La contemplación de aquel cantor inocente en las garras de una fiera alada ha podido despertar en el espíritu del poeta de Ascra la comparación de la citada escena con su propia historia, y más fácilmente existe esta probabilidad, cuanto que en Beocia abundan los gavilanes, y los ruiseñores en toda Grecia.
Está además conforme esta manera de expresar pensamientos por fábulas, no solo en general con las literaturas morales, sino además con los mismos procedimientos de Hesíodo en todo lo demás de su poema. La historia del milano y el ruiseñor no es un hecho aislado en los Trabajos como relato alegórico. Es verdad que es el único en que los personajes son animales, pero una fábula también puede representarse por hombres. Un labriego que no tiene bueyes va a pedir prestados los del vecino: «Préstame tus bueyes y tu carro». «Mis bueyes —responde el otro los necesito para mí». Si no en todo su desarrollo, por lo menos en boceto, existe en la escena anterior un apólogo acerca de los inconvenientes de la imprevisión. Para demostrar las ventajas de llevarse bien con los vecinos, los representa Hesíodo acudiendo sin mudarse de ropa, mientras los parientes se toman tiempo para ataviarse. Es un cuadro trazado con dos rasgos, pero ha servido para que de él salga una fábula esópica, copiada después por La Fontaine y otros. Este género de demostración es tan familiar a Hesíodo que nadie debe extrañarse de ver una fábula mezclada con mitos y preceptos morales en el poema de los Trabajos.
Por otra parte, en el poeta que sirvió a Hesíodo de modelo, en el mismo Homero, a quien los antiguos han atribuido una o varias fábulas, aunque es poco probable que aedos épicos las compusieran, existen ya fundamentos que han podido servir a la aparición de esta forma: en la Ilíada es muy frecuente pintar los hombres con rasgos de animales; los guerreros son comparados en dicha epopeya con leones, jabalíes o buitres, con chacales o con asnos; sobre el escudo de Aquiles graba Hefesto escenas de guerra entre animales, que son verdaderas alegorías de las que ocurren entre los hombres. La fábula de Hesíodo tiene, pues, sus raíces en la epopeya homérica. (Pierre Waltz).
(8) Todo este capítulo presenta, en un largo desenvolvimiento, la refutación completa de las palabras del milano al ruiseñor. Los reyes que, sobornados por las dádivas de Perses, le dieron injustamente la razón contra su hermano, llevan su merecido: el vengador Horco los persigue; Dike, ultrajada, clama contra ellos, hace llover estragos sobre su ciudad; Zeus decreta la venganza, y el hambre y la peste se ceban en un pueblo por causa del mal juez que en él ha delinquido. Y no esperan los reyes escapar a la cólera divina: todo lo ve Zeus, miles de espíritus, hijos suyos, viven entre los hombres y los vigilan; vagan envueltos en el aire y ven las buenas obras y las malas. Y Dike, o sea, la Justicia, también hija de Zeus, está entre ellos y se queja a su padre de los hombres que la dañan. Que se quede para las fieras el devorarse entre sí: el don santo de la Justicia no se hizo para ellas, sino para los hombres. Cuando estos la respetan, tienen la recompensa que Zeus les otorga: para ellos es el trigo que la tierra produce; para ellos, las bellotas y la miel y la lana. Sus mujeres les dan hijos que llevan en la cara el sello de sus padres, y no tienen que buscarse la vida en los azares de la navegación, porque encuentran en su campo seguro medio de vivir.
(9) «¿Sería yo justo, ni dejaría que mis hijos lo fuesen si esto fuera malo?». Es una razón poderosa. Hesíodo predica con el ejemplo. Los traductores no han entendido este pasaje, y lo transcriben así: «Desde ahora ya no voy a ser justo, ni mis hijos tampoco, puesto que es una desgracia serlo». Traducido en esta forma, resulta el pasaje incongruente con todo lo demás. La palabra εἴην no es subjuntivo, sino optativo, y hay que traducirla por sería o fuera. La cláusula, además, es a todas luces interrogativa.
(10) Hasta aquí Hesíodo, aun dirigiéndose a Perses, pensaba, más que en nada, en los reyes; pero ya ha dicho a estos cuanto tenía decirles. De repente se acuerda de que habla con su hermano, cambia de tono y familiarmente empieza a darle consejos como hombre que se interesa por el bien de otro. Esta brusca transición y el desorden aparente de las máximas han hecho pensar a críticos como Kirchhoff y Meyer que, a partir de estos versos, se trata ya de otra obra de Hesíodo distinta de la inspirada por el pleito con su hermano. Sin embargo, examinada con más detenimiento esta parte del poema, ¿no vemos la estrecha relación que guardan sus ideas con todo lo anterior? Las máximas, al parecer incoherentes, los consejos sueltos encaminados a la conducta, ¿no se dirigen todos a esa unidad superior que se condensa en el precepto final de este capítulo, en el consejo dado a Perses de que no se canse de trabajar y realice trabajo sobre trabajo? ¿Y es acaso nuevo este motivo? ¿No es el mismo del mito de Pandora? ¿No está implícitamente contenido en los versos que se refieren a la noble competencia entre los hombres? ¿No tiene también su relación estrecha con el tema de la Justicia?
Muestra Hesíodo a Perses, en primer lugar, las dos sendas de la virtud y del vicio, ardua la primera en sus comienzos, llana y fácil de seguir la segunda; aquella es la del trabajo, y en sus primeros pasos ponen los dioses fatigas y sudor; sin embargo, es la que debemos seguir, y es la que sigue el hombre que todos lo ve claro; es la que prescribe al ignorante dócil un consejero fiel, y es la que abandona el hombre inútil que no se deja dirigir por saludables consejos. Cuando se llega a la cumbre, cuando se vencen las primeras dificultades, la senda de la virtud se hace suave. Ceres, de espigas coronada, colma el granero; el hombre sale lleno de ganados y de opulencia, y estas riquezas adquiridas por el trabajo son las que los dioses mandan y las que aprovechan. Con ellas el hombre se convierte en un dios. El trabajo nunca es deshonroso. El que por vergüenza mal entendida deja de trabajar y se esteriliza en la timidez cae en la inopia; la audacia, en cambio, conduce a la prosperidad.
El hombre vago es como un zángano que devora la miel que otros fabrican; la ociosidad es deshonrosa. Es prueba de estolidez envidiar el bien ajeno. Las riquezas robadas no aprovechan: aquellos que a mano armada las adquieren, con engaños, son anulados por los dioses, ven deshechas sus familias y se quedan sin riquezas en poco tiempo. La ociosidad conduce a crímenes horrendos: despojar a huérfanos, injuriar a los ancianos padres, deshonrar al hermano o al amigo. Para estos crímenes la ira de Zeus ha fijado la pena del talión. La consecuencia de este paralelo es el consejo siguiente: «Trabaja, hijo de dioses, no incurras en semejantes crímenes; sacrifica a los dioses. Así comprarás tú los campos ajenos, y nadie el tuyo».
A este consejo siguen unas cuantas reglas de conducta que se encaminan a conservar la riqueza adquirida por los buenos medios; lo primero es vivir en buena armonía con los vecinos, que son los que pueden auxiliarnos si nos encontramos en algún apuro, y los que más fácilmente producirán daño en nuestros bienes, si no nos quieren bien; hay que conservar con ellos el crédito, siendo formal en los tratos; no debemos aprovecharnos de ganancias injustas; hay que pagar en la misma moneda que se nos pague, amar a quien nos ama, socorrer al que nos socorra, dar a quien nos da; hay que conservar algo de lo que se gane y guardarlo en casa, añadir un poco a otro poco constantemente para reunir un mucho; detenerse a tiempo en el camino del derroche; ahorrar del tonel cuando esté a la mitad; prevenir los ataques a nuestra hacienda llevando testigos a los convenios, aunque se hagan con un hermano, porque la excesiva buena fe puede salirnos cara; no dejándonos seducir por cantos de sirena de mujer que se engalane, la cual, para nuestra fortuna, puede ser tan dañina como el ladrón; y hay que fundar una familia, y criar hijos trabajadores que traigan la opulencia a la casa. «Dios dará para todos, si son muchos. Si nos traen preocupaciones, también nos traerán beneficios».
Luego viene la consecuencia final de todas estas máximas, consecuencia que corona el capítulo: «Si apeteces riqueza, el medio es este: trabajo realizar sobre trabajo».
Respecto al precepto relativo a los hijos, no estoy conforme con los que traduce: «Sé prudente y limita el número de tus hijos; no tengas más que uno y déjalo en tu lugar cuando mueras viejo; así la riqueza crecerá en tu casa». En los tiempos de Hesíodo no se conocían estas reglas de prudencia, que son en nuestros días el cortejo del egoísmo y del propósito de darse una buena vida y no cumplir con los deberes de la especie.
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(11) Después de sentar el principio de que hay que trabajar sin interrupción, pasa Hesíodo a exponer el desarrollo del mismo en las dos grandes clases de trabajos conocidos en su tiempo: los trabajos de la tierra y los del mar, agricultura y navegación, dedicando a cada uno de ellos un capítulo especial. Ni uno ni otro de estos tratados contienen las reglas que en aquellos tiempos serían necesarias para ser un buen agricultor ni un buen navegante. El poema de Hesíodo es solo un poema, y no una obra técnica ni científica; además, Hesíodo se dirige a gentes que saben tanto como él la práctica de las artes de que les habla, y no necesitan otros consejos ni advertencias que aquellos que se contienen en esos preceptos de prudencia, hijos de la observación de la realidad, que constituyen una especie de sabiduría popular contenida en los adagios, y que son de todos los tiempos y todos los países; estos preceptos llegan a veces a descender a detalles nimios, como los de las dimensiones que han de tener los instrumentos de labor que el hombre de campo debe construir; y todos ellos aparecen como engarzados en la trama del motivo principal del poema, que no es otro sino recordar a Perses constantemente la necesidad que tiene de aplicarse al trabajo.
Estos adagios están colocados en el poema con un cierto orden, que es el de la oportunidad; ninguno está sino en el sitio que le corresponde para contribuir a la demostración de una verdad. Es inexacta, pues, la conclusión de Lehrs, que dice que están dispuestos en orden alfabético, como es asimismo pueril afirmar que han sido interpolados por manos extrañas en el texto hesiódico.
(12) «Siembra desnudo, labra sin ropa, siega sin vestidos» quiere decir que estas operaciones han de hacerse en tiempo de calor: unas después de haberse terminado los fríos del invierno, y otras antes de que lleguen sus rigores. Virgilio, que se gloriaba de ser imitador de Hesíodo, aclara el sentido de la frase añadiéndole su explicación:
Nudus ara, sere nudus: hiems ignava colono.
Desnudo ara, siembra desnudo: el invierno es inactivo para el labrador.
Geórgicas, I, 299
(13) Nada mejor que este pasaje prueba que no se trata aquí de un nuevo poema, como algunos quieren. En el momento de enumerar los largos trabajos que ocupan la vida dura del labriego, cree Hesíodo oportuno volver a recordar a su hermano, por si pudiera hallarse asustado de tanta labor, que el trabajo es una ley a la que nadie puede sustraerse. (Paul Mazon).
(13 bis)
... ni con tu mano descarnada oprimas algún carnoso pie.
Esta es la traducción palabra por palabra de [... la] frase con que termina el verso 497 del poema Trabajos y días.
¿Cómo, pues, traductores y comentaristas, todos a una, dan a esta frase, un poco ambigua, una misma interpretación clara y concreta, que es falsa a todas luces? No me lo explico sino habiendo aceptado todos ellos, sin analizarla, la versión de un primer traductor que se pasó de listo, creyendo haber dado con la explicación del oscuro concepto.
Yo dejo la frase como está en el original, pero voy a decir el pensamiento que a mí me sugiere. Esa mano descarnada que oprime carnoso pie es la mano del hombre hambriento y desvalido que se echa a los pies rollizos del hombre rico para pedirle protección. ¿No es verdad que semejante interpretación es lógica y conviene con el tono general de la obra hesiódica y con el estilo sibilítico de muchas otras frases de la misma? Lo que no puede ser de ninguna manera es que el hombre de mano flaca se oprima su propio pie hinchado por enfermedad.
¿Para qué se lo oprime? ¿Y qué imagen poética es esta? ¿Y dónde está en el original lo de la enfermedad?
(14) En esta composición sorprende, dice Paul Mazon, la importancia que se da a la pintura del invierno; esta descripción ocupa dos quintas partes del conjunto del trozo, siendo así que el invierno no trae para el labriego ninguna ocupación importante. Y en efecto, aquí no encontramos indicación alguna de trabajo rústico, sino, al lado de consejos para preservarse del frío, una descripción sin utilidad para el propósito general del poeta, y escrita sin otro fin que el de la misma descripción. Lo que más admira no es el encontrar en ella nombres jónicos, como el de Leneón; formas probablemente eolias, como δείκνυ, reminiscencias numerosas y algo banales de la epopeya, expresiones geográficas impropias de un beocio, sino ciertos procedimientos de composición que parecen extraños al poeta a quien se debe el resto de los Trabajos. Tentado estuve, añade, por mucho tiempo a admitir con gran número de críticos, la no autenticidad del pasaje; pero, pensándolo más despacio, las dificultades que entraña esta hipótesis son mucho mayores que las que presenta la tesis opuesta. ¿Dónde comienza y dónde acaba la interpolación? El final del pasaje es, indudablemente, hesiódico, porque contiene los consejos que Hesíodo no se dispensa de dar a Perses sobre su conducta durante el invierno. Este final es el que aclara la razón de ser del trozo poético. Creo firmemente también en la autenticidad de los tres primeros versos que hablan del mes Leneón, pues su movimiento familiar tan vivo parece llevar la marca de Hesíodo. ¿Es que vamos a juntar estos versos con los del final, suprimiendo los intermedios? ¿Cómo, si las palabras kai tote suponen un desarrollo intermediario bastante largo? ¿Acaso el original de este desarrollo ha sido reemplazado por un trozo tomado a un rapsoda jonio? Esto no es imposible en absoluto. Pero examinémoslo más detenidamente. Las reminiscencias épicas son, sin duda, numerosas; pero ¿no lo eran también en otros pasajes de autenticidad indudable? Las formas jónicas y eolias pueden ser igualmente reminiscencias o imitaciones. Por otra parte, la manera de designar al pulpo por un epíteto que lo define (anósteos, sin hueso) es un procedimiento peculiar a Hesíodo. Estas repeticiones, estas pesadas insistencias que no encontramos, en verdad, en los versos sobrios y robustos del resto del poema, ¿recuerdan mejor la poesía jónica? A mi parece, se armonizan más con el tono humorístico, un poco rudo, que podemos atribuir a Hesíodo, que con el carácter general de aquella poesía. Y este tono, ¿no es en verdad grandemente sensible en aquella punzante antítesis entre la doncella que, después de bañar su tierno cuerpo y de frotarlo de óleo, irá a acostarse en el fondo de su alcoba, y el pulpo que roe sus tentáculos en su mansión sin lumbre ni alimentos? Creo, pues, por mi parte, que el trozo entero es de Hesíodo, y que nos permite aprecia un nuevo aspecto de su poesía, que cuando quiere describir imita la poesía jónica con una insistencia que no disimula cierta inhabilidad, pero que conserva los rasgos originales del autor: vigor y sinceridad. (Paul Mazon).
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(15) A los consejos relativos al campo suceden los que se refieren a la navegación; estas son para el poeta las dos formas principales del trabajo humano. Ya las había colocado juntas al principio de su poema cuando decía:
Colgado al humo tuvieras el timón; tuvieras bueyes y mansos mulos de labor en ocio.
Como los de la agricultura, los consejos para la navegación empiezan por versos dirigidos a Perses; Hesíodo le recuerda lo que era el padre de ambos y cómo tuvo necesidad un día de embarcarse, abandonando Cumas de Eolia para huir de la miseria. Una vez más se comprueba que el poeta se ha propuesto enlazar las diversas partes de su obra con el recuerdo constante de la persona a quien va dedicada, y subrayar así el carácter práctico del trabajo. La unidad de tono está marcada con la repetición del vocativo μέγα νήπιε Πέρση 'muy estólido Perses', y también por esos versos llenos de sencilla ingenuidad, en que confiesa Hesíodo su inexperiencia en la navegación. Plutarco dudaba de la autenticidad de dichos versos; yo creo que es atribuir demasiado ingenio a un interpolador. Hay quien ha creído que todo el pasaje relativo al trípode conquistado en Calcis había sido interpolado para justificar la presencia en el Mouseion de un trípode consagrado por Hesíodo a las Musas (Pausanias, IX, 31, 3). ¿No es más verosímil suponer que, por el contrario, el texto hesiódico haya sugerido la idea de mostrar a los peregrinos un falso trípode? (Paul Mazon, obra citada).
(16)
Cuida, Perses, de hacer a tiempo todos los trabajos, pero más los del mar...
Así comenzaban los consejos sobre la navegación. Ahora se vuelve a repetir esta regla de la oportunidad cuando Hesíodo, figurándose a su hermano establecido ya en su tierra de labor e instruido suficientemente de la estación a que cada trabajo corresponde, se dispone a instruirle también en las máximas que debe tener presentes para conducir su vida por buenos caminos. La primera observación que se le ocurre es la relativa a la elección de esposa. Esta elección ha de ser hecha también a su hora. La palabra ὡραῖος aparece a cada paso en el poema de Hesíodo; se lee ya al principio de los Trabajos, abre y cierra los consejos agrícolas, inaugura los de la navegación, y se emplea asimismo en los relativos al matrimonio. Los Trabajos son el poema de la oportunidad (καιρός), y el calendario que lo termina es una conclusión natural, y no un apéndice artificial y superfluo; después del kairós fijado por la naturaleza, viene en los Días el kairós determinado por la religión.
Los consejos acerca del tiempo oportuno para casarse, dirigidos por Hesíodo a Perses, prueba que este estaba soltero a la sazón. Es verdad que, al principio de la agricultura, dice el poeta:
Trabaja en esas obras que los dioses a los míseros hombres destinaron, antes que un día, con dolor de tu alma, con hijos y mujer, busques sustento y acudas al vecino, y te desprecie.
Pero estos versos no indican la realidad de la situación que pinta en ellos Hesíodo, sino la posibilidad de que algún día, casado su hermano, se viera en el trance que describe.
Las precauciones que aconseja Hesíodo para la elección de esposa, así como lo que antes dijo a Perses acerca de que no se dejara seducir por una mujer, y la frase
Confiar en hembras es igual que entregarse a los ladrones
son claras pruebas de que, en aquellos lejanos tiempos de Hesíodo, no eran todas las mujeres modelos de buenas costumbres.
(17) Antes de exponer Hesíodo lo que debe hacerse en tal y tal día, va diciendo primero lo que no debe ser hecho en ningún tiempo. Esta parte del poema se anuncia por un verso fórmula:
Piensa bien que los dioses te están viendo, y que te han de juzgar.
Los preceptos que siguen son prohibiciones, y comienzan cada uno por la palabra μηδέ, en latín neve, en castellano ni. La alusión a la presencia y al juicio de los dioses es tanto más oportuna cuanto que la mayor parte de las prescripciones no se fundan en razón alguna, y solo pueden explicarse por ley religiosa, de la que el hombre no tiene por qué pedir cuentas. Entre estos preceptos los hay verdaderamente peregrinos para nosotros, como los que se refieren a necesidades fisiológicas.
(18)
Tiene un tesoro aquel que tiene lengua parca en hablar.
Este aforismo no es una creación de Hesíodo, sino que es anterior a la civilización helénica, y ya era, antes de Hesíodo, familiar a la nación griega, la cual todavía hoy lo cita con frecuencia. Los griegos modernos dicen: «Plata la conversación, oro el silencio». Los proverbios nacen del buen sentido popular, producto espontáneo del suelo, que, bajo diversas apariencias, es siempre el mismo en el fondo. El Antiguo Testamento, por ejemplo, es muy rico en máximas de diversos géneros: los nueve primeros cantos del Libro de los proverbios no consisten sino en enseñanzas dogmáticas: «Hijo mío, escuchas mis palabras»; «Hijo mío, oye mi sabiduría», etcétera; pero los siguientes están compuestos sobre todo de proverbios, entre los que algunos recuerda, con bastante semejanza, ciertas sentencias hesiódicas: «Tesoros mal ganados no aprovechan», «Mano perezosa empobrece; mano diligente enriquece», «La lengua del sabio es de plata preciosa», «El pobre es odioso a su igual», «El ojo de dios está en todas partes», «El que cultiva su campo tiene con qué hartarse».
Los latinos citaban con frecuencia proverbios idénticos a los de Hesíodo, como esta frase de Plauto:
Nunc verum ego illud verbum esse experior vetus, aliquid mali esse propter vicinum malum.
Mercator, v. 771
Entre los pueblos modernos ninguno es quizá ten sentencioso de por sí como el de los compatriotas de Sancho Panza, y más de un proverbio hesiódico tiene su equivalente en español.
A los versos de Hesíodo sobre la discreción pueden referirse los refranes siguientes: «La boca y la bolsa, cerradas», «La lengua larga es señal de mano corta» (J. Ortiz de Casso: Colección de refranes o proverbios castellanos, Marseille, 1849). «Trabaja —dice Hesíodo a Perses— para que Deméter te quiera»; este es nuestro proverbio: «Aide-toi, le ciel t'aidera»; el español dice también: «Al valiente, Dios le ayuda» (Ortiz, pág. 11). «Es necesario desconfiar —dice Hesíodo— de una mujer coqueta que codicie tu fortuna»; idea que el español expresa en estos términos: «La mujer, cuanto más se mira la cara, tanto más destruye la casa» (Ortiz, pág. 49). Los vascos dicen igualmente: «Toma mujer y échate a dormir, que ella se ocupará de despertarte» (Oihenart: Atsotizac edo refranac. Colección de proverbios; París, 1657, prov. 119). ¿No es esto lo mismo que hemos visto en Hesíodo, «abrasar sin llama a su marido»? En fin, un proverbio corriente en España: «Muchos pocos hacen un mucho» (Ortiz, pág. 60); es la traducción muy exacta de dos versos de los Trabajos (361-362). (Pierre Waltz).

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(19) Entiéndase este final:
No desafíes la opinión. Quizá te parezcan algunas de estas reglas simples rutinas, indiferentes a los dioses; pero el convenio universal, o sea, la opinión, las tiene muy en cuenta, y la opinión debe ser respetada como una diosa. Esta es la justificación natural de las reglas, que enlaza con aquel principio del respeto debido a los dioses. La fama también es una diosa, y se la debe respetar.
(20) El comienzo del capítulo de los Días ha parecido extraño a los comentaristas. ¿Cómo empezar la enumeración por el último día? A este propósito dice Paul Mazon:
Leamos estos versos sin prevención, tal como se presentan en los manuscritos, y comprenderemos sin trabajo que las últimas palabras se encaminan a refutar una opinión que Hesíodo estimaba falsa. Sin duda no existía acuerdo sobre el día en que se necesitaba distribuir las raciones e intervenir el trabajo; muchos querían, tal vez, que fuese el primer día del mes; pero los que, como Hesíodo, «conocen la verdadera observancia de las fechas», saben que este día debe ser el último del mes precedente; que Perses empiece, pues, por declararlo a sus criados. El carácter de instrucción personal del poema se deja así reconocer hasta el fin. Después de establecido el punto de partida, entabla Hesíodo la enumeración de los diferentes días: «He aquí los días de Zeus omnisciente». Y termina: «Dichoso aquel que, sabiendo todo lo que concierne a los días, realiza su tarea sin ofender a los inmortales, observando los avisos celestes y evitando toda falta».
Esta es la ciencia que ha querido comunicar a su hermano. Los avisos celestes (ὄρνιθας) son los preceptos mismos que le ha dado en estos últimos versos; las faltas son los incumplimientos de estas reglas. Parece indudable que esta es la conclusión y no el comienzo de un poema.
Créditos, etc.
Mi trabajo para AcademiaLatin.com ha sido el de transcribir el texto y las notas a partir de un ejemplar en papel que compré de segunda mano, editarlo y publicarlo en internet (2023), lo cual, hasta donde yo sé, soy el primero en hacer en línea.
En la introducción y en una nota de la página 89, el traductor da a entender que la suya es la primera traducción completa de Trabajos y días en español:
Este precepto, relativo a la vendimia, es la única parte del poema que estaba vertida al castellano, antes de nuestra traducción.
Mi edición incluye la modernización de la ortografía y la puntuación, así como nombres de los dioses y personajes principales en griego cuando no era así y no dificulta la comprensión; también cambio el nombre del hermano, Persa, por el más extendido Perses.
Las ilustraciones son de John Flaxman (1755-1826), prácticamente estándar en publicaciones de Hesíodo y Homero.
👉 Por cierto, he publicado esta misma traducción en papel, para Kindle y en pdf, a un precio muy asequible. ¡Incluye un interesantísimo estudio preliminar (no publicado en AcademiaLatin.com)!
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