
Si yo preguntara por cinco de los mayores escritores de todos los tiempos, seguro que saldría Shakespeare en esa lista. Si preguntara por cinco de sus obras más conocidas, seguro que saldría Romeo y Julieta. Lo que poca gente sabe es que la obra tiene un precedente literario de casi 1600 años antes. Hablo, como no podía ser de otra forma, del mito de Píramo y Tisbe de las Metamorfosis de Ovidio.
Traduzco los 112 versos íntegros para que disfruten de su belleza:
Píramo y Tisbe —él, el más bello de los jóvenes;
ella, la mejor entre las muchachas que tuvo Oriente—
tenían casas contiguas, donde se dice que la alta ciudad
había ceñido Semíramis con muros de barro cocido.
Su vecindad hizo que se conocieran y dieran los primeros pasos,
y con el tiempo creció el amor; se habrían incluso unido en matrimonio,
pero se lo prohibieron sus padres: lo que no pudieron prohibir
era que por igual ardían ambos con cautivos ánimos.
No hay ningún testigo; con gestos y señas se hablan,
y cuanto más lo cubren, más arde ese fuego cubierto.Se había abierto una pequeña grieta hacía tiempo,
mientras la construían, en la pared común de ambas casas.
Este defecto no había sido percibido por nadie durante largos siglos
—¿qué no ve el amor?—; los primeros lo visteis los amantes,
y lo hicisteis camino para la voz, y seguras, a través de él,
entre leves murmuros, solían viajar vuestras delicadezas.
A menudo, cuando estaba por un lado Tisbe, y por el otro, Píramo,
y mutuamente habían captado la respiración de sus bocas,
decían: “¡Pared envidiosa! ¿Por qué te interpones entre los amantes?
¿Cuánto sería que nos dejaras unirnos con nuestro cuerpo entero
o, si esto es demasiado, te abrieras para que nos diéramos besos?
Y no somos ingratos: sabemos que a ti debemos
el que se haya dado a nuestras palabras un camino hacia los oídos amados”.Después de decir tales cosas en vano, en distintas habitaciones,
a la noche, se dijeron adiós y a su parte de la pared dieron
besos, cada uno a la suya, sin que llegaran a su destino.
La siguiente aurora había borrado los fuegos nocturnos,
y el sol había secado las hierbas cubiertas de escarcha con sus rayos.
Se unieron en el lugar de siempre. Entonces, entre pequeños murmuros
y muchas quejas, acuerdan que en la silenciosa noche
intentarán burlar a sus guardias y salir de sus puertas,
y, cuando hayan salido de casa, también los edificios de la ciudad abandonarán;
para no equivocarse por el amplio campo mientras huyen,
quedarán en la tumba de Nino y se ocultarán bajo la sombra
del árbol: un árbol que había allí, rebosante de níveos frutos,
un elevado moral, cerca de un frío manantial.
Les gusta el pacto; y la luz, que parecía que se alejaba tarde,
se precipita a las aguas, y de esas mismas aguas sale la noche.Habilidosa, entre las tinieblas, abre la puerta Tisbe:
sale y burla a los suyos, y con la cara cubierta
llega al túmulo y se sienta bajo el árbol que habían dicho:
el amor la hacía audaz. He aquí que llega una leona
con el hocico espumeante por la reciente matanza de unos bueyes
para aplacar su sed en las aguas del manantial vecino;
a la leona, de lejos, ante los rayos de la luna, la babilonia Tisbe
avistó y huyó hacia una cueva oscura con temeroso paso,
y, mientras huía, dejó a sus espaldas un pañuelo que se le cayó.
Cuando la atroz leona había satisfecho su sed con mucha agua,
cuando volvió al bosque, encontró por casualidad el fino pañuelo
sin su dueña y lo destrozó con su hocico ensangrentado.
Píramo salió más tarde y vio las huellas en el denso
polvo, certeras, de una fiera, y por completo se le puso pálida
la cara; pero cuando también el pañuelo, teñido de sangre,
descubrió, dijo: “Una sola noche perderá a dos amantes,
de los que ella fue la más digna de una larga vida;
mi alma es dañina. Yo a ti, desdichada, te he buscado la perdición,
yo, que te ordené que vinieras de noche a un lugar lleno de terror
y no he venido aquí el primero. ¡Despedazad mi cuerpo
y consumid con fiero mordisco mis criminales entrañas,
oh, leones que habitáis bajo esta roca!
Pero es de cobardes buscar la muerte”. El velo de Tisbe
coge y lo lleva consigo a la sombra del árbol pactado,
y cuando hubo dado lágrimas al conocido pañuelo, cuando le hubo dado besos,
dijo: “¡Recibe ahora también la corriente de mi sangre!”,
y el hierro con el que se había ceñido se llevó al abdomen,
y sin demora, muriendo, se lo sacó de la ferviente herida.
Cuando ya yacía boca arriba en el suelo, la sangre saltaba a borbotones,
no de otra forma que cuando un tubo de plomo oxidado
se raja y por el pequeño orificio, con gran ruido, abundante
agua lanza y con sus golpes el aire surca.
Los frutos del árbol, por las salpicaduras de la matanza, una negra
apariencia toman, y la raíz, humedecida por la sangre,
tiñe de color púrpura las moras que cuelgan.He aquí que, aún no depuesto su miedo, para no fallar a su amante,
ella vuelve y al joven busca con los ojos y el alma,
y se regocija por narrarle cuantos peligros ha evadido;
y, aunque reconoce el lugar y la apariencia del árbol visto,
sin embargo la pone en duda el color de los frutos; se queda clavada: ¿será aquí?
Mientras vacila, ve que unos miembros temblorosos palpitan
en el cruento suelo, y llevó hacia atrás sus pasos, con la cara más pálida
que el boj, y se erizó como el mar,
que se agita cuando una ligera brisa lo comprime en la superficie.
Pero después de que reconoció a su amor, detenida,
se azota con certeros golpes los brazos, aunque no lo merecían,
y se mesaba los cabellos y se abrazaba al cuerpo amado;
llenó de lágrimas las heridas y el llanto con la sangre
mezcló, y, clavando besos en su rostro helado,
exclamó: “¡Píramo, ¿qué desgracia te aleja de mí?!
¡Píramo, responde! ¡Tu queridísima Tisbe te
llama! ¡Escucha y levanta tu rostro, ahora caído!”.
Ante el nombre de Tisbe, los ojos, lastrados por la muerte,
levantó Píramo y, tras verla, los volvió a cerrar.Ella, después de reconocer su pañuelo y ver
el marfil sin la espada, dijo: “¡A ti tu mano y tu amor
te perdieron, desgraciado! También tengo yo una sola
mano firme para esto, y también amor: él me dará fuerzas para las heridas.
Seguiré al muerto y de tu muerte se dirá que desdichadísima
causa y compañera tuya soy: y a ti, que de mí solo por la muerte,
¡ay!, podrías ser arrebatado, tampoco podrás ser arrebatado por la muerte.
Esto, sin embargo, os han de pedir las palabras de ambos,
¡oh, muy desdichados padres mío y de aquel!:
que a los que un resuelto amor, a los que la postrera hora unió,
a esos no los privéis de ser colocados en un mismo túmulo.
En cuanto a ti, árbol, que con tus ramas el desdichado cuerpo
de uno solo ahora cubres y pronto habrás de cubrir el de los dos,
retén las señales de esta matanza y también oscuros frutos aptos para el luto
ten siempre, monumentos de nuestra doble sangre”.
Dijo y, colocando la punta bajo el pecho,
se tiró sobre la espada, que aún estaba tibio de la matanza.
Sus votos, sin embargo, conmovieron a los dioses, y también a los padres;
y es que el color del fruto es, cuando está maduro, negro,
y lo que queda de sus piras descansa en una sola urna.
Texto original en latín: Ov. Met. IV.55-166
'Pyramus et Thisbe, iuvenum pulcherrimus alter,
altera, quas Oriens habuit, praelata puellis,
contiguas tenuere domos, ubi dicitur altam
coctilibus muris cinxisse Semiramis urbem.
notitiam primosque gradus vicinia fecit,
tempore crevit amor; taedae quoque iure coissent,
sed vetuere patres: quod non potuere vetare,
ex aequo captis ardebant mentibus ambo.
conscius omnis abest; nutu signisque loquuntur,
quoque magis tegitur, tectus magis aestuat ignis.
fissus erat tenui rima, quam duxerat olim,
cum fieret, paries domui communis utrique.
id vitium nulli per saecula longa notatum –
quid non sentit amor? – primi vidistis amantes
et vocis fecistis iter, tutaeque per illud
murmure blanditiae minimo transire solebant.
saepe, ubi constiterant hinc Thisbe, Pyramus illinc,
inque vices fuerat captatus anhelitus oris,
“invide” dicebant “paries, quid amantibus obstas?
quantum erat, ut sineres toto nos corpore iungi
aut, hoc si nimium est, vel ad oscula danda pateres?
nec sumus ingrati: tibi nos debere fatemur,
quod datus est verbis ad amicas transitus auris.”
talia diversa nequiquam sede locuti
sub noctem dixere “vale” partique dedere
oscula quisque suae non pervenientia contra.
postera nocturnos Aurora removerat ignes,
solque pruinosas radiis siccaverat herbas:
ad solitum coiere locum. tum murmure parvo
multa prius questi statuunt, ut nocte silenti
fallere custodes foribusque excedere temptent,
cumque domo exierint, urbis quoque tecta relinquant,
neve sit errandum lato spatiantibus arvo,
conveniant ad busta Nini lateantque sub umbra
arboris: arbor ibi niveis uberrima pomis,
ardua morus, erat, gelido contermina fonti.
pacta placent; et lux, tarde discedere visa,
praecipitatur aquis, et aquis nox exit ab isdem.
'Callida per tenebras versato cardine Thisbe
egreditur fallitque suos adopertaque vultum
pervenit ad tumulum dictaque sub arbore sedit.
audacem faciebat amor. venit ecce recenti
caede leaena boum spumantis oblita rictus
depositura sitim vicini fontis in unda;
quam procul ad lunae radios Babylonia Thisbe
vidit et obscurum timido pede fugit in antrum,
dumque fugit, tergo velamina lapsa reliquit.
ut lea saeva sitim multa conpescuit unda,
dum redit in silvas, inventos forte sine ipsa
ore cruentato tenues laniavit amictus.
serius egressus vestigia vidit in alto
pulvere certa ferae totoque expalluit ore
Pyramus; ut vero vestem quoque sanguine tinctam
repperit, “una duos” inquit “nox perdet amantes,
e quibus illa fuit longa dignissima vita;
nostra nocens anima est. ego te, miseranda, peremi,
in loca plena metus qui iussi nocte venires
nec prior huc veni. nostrum divellite corpus
et scelerata fero consumite viscera morsu,
o quicumque sub hac habitatis rupe leones!
sed timidi est optare necem.” velamina Thisbes
tollit et ad pactae secum fert arboris umbram,
utque dedit notae lacrimas, dedit oscula vesti,
“accipe nunc” inquit “nostri quoque sanguinis haustus!”
quoque erat accinctus, demisit in ilia ferrum,
nec mora, ferventi moriens e vulnere traxit.
ut iacuit resupinus humo, cruor emicat alte,
non aliter quam cum vitiato fistula plumbo
scinditur et tenui stridente foramine longas
eiaculatur aquas atque ictibus aera rumpit.
arborei fetus adspergine caedis in atram
vertuntur faciem, madefactaque sanguine radix
purpureo tinguit pendentia mora colore.
'Ecce metu nondum posito, ne fallat amantem,
illa redit iuvenemque oculis animoque requirit,
quantaque vitarit narrare pericula gestit;
utque locum et visa cognoscit in arbore formam,
sic facit incertam pomi color: haeret, an haec sit.
dum dubitat, tremebunda videt pulsare cruentum
membra solum, retroque pedem tulit, oraque buxo
pallidiora gerens exhorruit aequoris instar,
quod tremit, exigua cum summum stringitur aura.
sed postquam remorata suos cognovit amores,
percutit indignos claro plangore lacertos
et laniata comas amplexaque corpus amatum
vulnera supplevit lacrimis fletumque cruori
miscuit et gelidis in vultibus oscula figens
“Pyrame,” clamavit, “quis te mihi casus ademit?
Pyrame, responde! tua te carissima Thisbe
nominat; exaudi vultusque attolle iacentes!”
ad nomen Thisbes oculos a morte gravatos
Pyramus erexit visaque recondidit illa.
'Quae postquam vestemque suam cognovit et ense
vidit ebur vacuum, “tua te manus” inquit “amorque
perdidit, infelix! est et mihi fortis in unum
hoc manus, est et amor: dabit hic in vulnera vires.
persequar extinctum letique miserrima dicar
causa comesque tui: quique a me morte revelli
heu sola poteras, poteris nec morte revelli.
hoc tamen amborum verbis estote rogati,
o multum miseri meus illiusque parentes,
ut, quos certus amor, quos hora novissima iunxit,
conponi tumulo non invideatis eodem;
at tu quae ramis arbor miserabile corpus
nunc tegis unius, mox es tectura duorum,
signa tene caedis pullosque et luctibus aptos
semper habe fetus, gemini monimenta cruoris.”
dixit et aptato pectus mucrone sub imum
incubuit ferro, quod adhuc a caede tepebat.
vota tamen tetigere deos, tetigere parentes;
nam color in pomo est, ubi permaturuit, ater,
quodque rogis superest, una requiescit in urna.'
Con ese final me veo obligado a mencionar también uno de los sonetos más bellos de Quevedo, Amor constante más allá de la muerte:
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;mas no de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.Alma, a quien todo un dios prisión ha sido;
venas, que humor a tanto fuego han dado;
medulas, que han gloriosamente ardido:su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.


