A continuación tienes la transcripción (revisada y algo modificada) de los poemas de Simónides de Ceos, de la mano de los hermanos Canga-Argüelles (José Antonio de Canga-Argüelles y Cifuentes-Prada [1771-1842] y su hermano Bernabé [c. 1770-1812]); más información.

Odas
I. De cuatro cosas
Es excelente cosa
tener salud robusta y deliciosa;
y tener lo segundo
buen natural es lo mejor del mundo;
ser rico, lo tercero,
sin conseguir con fraudes el dinero;
lo cuarto, sin testigos
pasar la pubertad con los amigos.
II. De la muerte
Las fuerzas humanales
son débiles y flacas.
Vano y ligero el pensamiento suyo,
y en una corta vida
el hombre sufre males sin medida.
A todos igualmente
la misma muerte alcanza;
nadie rehúye su furor sañudo,
y el malo, como el bueno,
es fuerza que desciendan a su seno.
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Obras morales
I. Sobre la vida del hombre
No hay estabilidad en las humanas
cosas, como lo dijo el excelente
varón de Quío: «y cual las hojas vanas
descienden volteando levemente
cayendo de las ramas elevadas,
así cae también la humana gente».
Pocos estas verdades veneradas,
después que las oyeron, las mantienen
dentro del recto corazón guardadas,
pues la esperanza que los hombres tienen
de larga vida, el ánimo fomenta;
y porque los deleita la sostienen
mientras la flor de juventud se ostenta
en el varón, de cualquier leve cosa
su espíritu ligero se alimenta.
Por la esperanza, la vejez rugosa
desprecia: ni se cura de la muerte,
ni cuando goza de salud hermosa
piensa en la enfermedad aguda y fuerte.
Necio de aquel que así se lo imagina,
pues ignora cuán corta y de qué suerte
será la edad de juventud benigna,
y cuán breve es el tiempo concedido
a la vida del hombre que declina.
Pero tú, de estas cosas instruido,
cuando ya del vivir el fin se llegue,
de alborozo y de júbilo ceñido,
sufre como virtuoso el mal que allegue.
II. A Pítaco, sobre la virtud
Es un asunto, Pítaco, espinoso
hacer a un hombre bueno verdadero;
y, una vez hecho, es muy dificultoso
conservar aquel hábito primero,
porque esto no es del hombre solamente,
sino que a Dios lo debe por entero.
Si algún revés le oprime de repente,
por más bueno que sea, no le es dado
mantenerse de pie contra el torrente.
Por esto yo, buscando descarriado
los imposibles, pierdo la esperanza
de que el que vive en el terreno estado
disfrute de una próspera bonanza
aunque sea virtuoso eternamente.
Lo que entiendo diré con confianza:
amo al que no hace voluntariamente
maldades, y le alabo y recomiendo,
que a la necesidad que oprime urgente,
ni se resiste Dios, según yo entiendo (1).
(1) Dice que merece alabanza el que no comete maldades voluntariamente, porque el que las comete forzado no hace mal alguno, y añade que ni los dioses se resisten a la necesidad, porque los gentiles los creían subordinados al hado.

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III. Al mismo, sobre el amor a la vida
Porque estimes tu vida, en ningún modo
yo te reprendo, Pítaco: la estima
cualquier que no es malvado, o necio, o todo.
El que de sanidad toca la cima
sirve a su ciudad patria en gran manera.
No te reprendo, ni mi voz se arrima
a la agria reprensión: la turba fiera
de los necios es grande, y cansaría
cualquier que corregirlos pretendiera.
Mas volviendo a decir lo que decía,
declaro que son buenas cuantas cosas
de la negra maldad, horrible, impía
no probaron las lenguas ponzoñosas.
IV. Sobre la esperanza
Jove tonante tiene el fin de todo,
oh, caro hijo, y todo lo gobierna
a solo su placer, arbitrio y modo.
La ciencia y el saber no es cosa eterna
en los hombres que duran solo un día,
según aplace a la deidad superna.
La esperanza dulcísima porfía
en presentar sus sueños lisonjeros,
y mil vanos proyectos forma y cría.
El uno espera un día; el otro, enteros
meses; y cuál un año se promete
gozado entre deleites placenteros.
A este antes del término acomete
la amarga muerte; y la sañuda y dura
enfermedad al otro le somete.
A cuál Marte cruel, dentro en la escura
morada de la muerte, le confunde
revuelto de la guerra en la bravura.
Y a tal entre las ondas fieras hunde,
privado del aliento, el mar sañoso.
El que no logra que su vida abunde
de bienes, antes sí triste y lloroso
pasa los días de dolores lleno,
deja la luz del sol, voluntarioso.
Tan cierto es que este mísero terreno
todo lo da de acerbo mal mezclado,
y del hombre mortal dentro en el seno
pone el dolor y la tristura el hado.
Si se me da algún crédito, ninguno
de grado se atormente; antes osado
resista su dolor fiero, importuno.
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Otras obras
I. Dánae llorando por el mar (1)
Cuando dentro del arca fabricada
por arte de maestro horriblemente
bramaba el aire y toda perturbada
la mar sonaba en rápida corriente,
ella, tocando con la mano amada
al querido Perseo y dulcemente
aplicando llorosa al tierno hijo
sus húmedas mejillas, así dijo:
«Hijo adorado, ¡ay me!, cómo me siento
de gran dolor el corazón deshecho,
y tú en esta morada de tormento
duermes, en tanto, con sereno pecho.
Clavos de bronce ciérranla sin cuento,
y negra oscuridad cubre su techo.
Mas tú no curas de las olas, cuando
sobre tu seca faz están sonando.
»De los vientos el bárbaro rüido
desprecias, y, cubierto tu semblante
de este cendal de púrpura extendido,
el peligro no ves que está delante:
que, si su horror te fuera conocido,
con tierna oreja dieras al instante
un rato de atención, y cederías,
tal vez, a las dolientes voces mías.
»Mas duerme, duerme, infante, descuidado;
duérmase el mar, y duerma el orbe entero:
que, aunque tal desear sea juzgado
vano deseo, yo pretendo y quiero,
¡supremo Jove!, padre venerado,
sufrir con pecho generoso y fiero,
como de ello algún bien al hijo venga,
cuanto rigor mi hado en sí contenga».
(1) Acrisio, rey de los argivos, y padre de Dánae, hallándola preñada de Zeus, la encerró en un arca y la lanzó al mar.
II. De los que murieron en los Termópilas
De los que en muerte generosa y clara
en los altos Termópilas cayeron,
y venturosa suerte así tuvieron,
se venera el sepulcro como un ara.
No le oscurecerá la edad avara
que todo lo consume; y los que fueron
capaces de un tal hecho, y tal pudieron,
gozan una alabanza eterna y rara.
La religiosa tumba do hora posa
de estos varones ínclitos la llama,
que en lúgubre silencio y paz reposa,
a una jamás perecedera fama
elevará la Grecia gloriosa
do quier que el nombre de la patria se ama.
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Epigramas
I. Epitafio a una mujer casada
Aquí la descendencia está encerrada
de aquel que en Grecia entre los de Hipia todos
se señaló con alma aventajada.
Que nunca supo usar de altivos modos
con el padre, el marido, los hermanos,
los hijos, ni los próximos tiranos.
II. Para unas armas colgadas en el templo de Minerva
Estos arcos de guerras, ociosos,
de Minerva en el templo colocados,
visto se han varias veces, vigorosos
con sangre de los persas mancillados.
De los persas, que siempre en sus fogosos
mortíferos caballos cabalgados,
en las peleas de los hombres fieros
entran, do suenan llantos lastimeros.
III. Para la estatua de un atleta
Yo, Aristodamas, valeroso atleta,
fui en Nemea dos veces coronado;
en Olimpia logré gloria completa,
y también en el Istmo celebrado;
y no tanto vencí con fuerza extraña
como con el ardid, el arte y maña.
IV. Para un puente
Id al templo de Ceres, sacerdotes,
sin temor de las aguas invernales,
pues ya Jenocles Lidio ha construido
puente sobre estos rápidos raudales.
V. Acción de gracias a Venus
A estos se les mandó que fervorosos
a Venus invocasen en sus ruegos,
ofreciéndole votos religiosos
por los valientes ciudadanos griegos,
porque no quiso que la ciudad clara
el persa sagitífero tomara.
VI. Para la imagen de un atleta
En esta imagen mira y reconoce
al vencedor Teócrito en Olimpia,
que, cuando joven, en la lucha y carro
tuvo una soberana maestría.
Hermoso siempre, aun cuando vigoroso,
en la áspera lucha se ejercita,
que de sus padres la ciudad adorna (1)
con la corona a su valor debida.
(1) En los Juegos Olímpicos se proclamaba el nombre del vencedor, de su padre y de su patria.
VII. Epitafio para un cazador
¡Oh, Licas, cazador de fama honrosa!
Las fieras tiemblan al fijar su planta
en tu sepulcro, y el Pelión y el Osa,
y el Citerón (1), do crece hierba tanta,
a las tiernas ovejas saludable,
conocen tu valor inimitable.
(1) Pelión y Osa, montes de Tesalia; y Citerón, monte de Beocia.
VIII. Del beber (1)
Cuando el Bóreas veloz ligeramente,
viniendo de los tracios, el costado
cubrió del alto Olimpo preeminente
fatigando a cualquier desabrigado,
la vida nos volvió benignamente.
Mas quiero yo que agora derramado
temple mi taza: que es un hecho fiero
dar el vino caliente al compañero.
(1) Compuso de repente Simónides este epigrama con ocasión de hallarse en un día caloroso de verano con otros amigos, a los cuales les sirvieron vino enfriado y a él no.
IX. De un retrato
El amor que me tenía
Praxíteles expresó:
por la imagen le pintó
que en su corazón sentía.
Y Frinés en el momento
de mi cuadro el precio dio.
Y así a mi retrato yo
arrojo flechas sin cuento.
X. De la mujer
No puede el hombre gozar
una cosa más hermosa
que la mujer, ni una cosa
peor puede disfrutar.
XI. De los atenienses
Grande luz amaneció
a los atenienses cuando
Harmodio, a Hiparco matando,
a Aristogitón siguió.
XII. A Sófocles
A ti, Sófocles amado,
de los poetas honor,
una uva con rigor
te dio fin desventurado.
XIII. De un cuadro
Ifión, de Corinto, fue
quien esta imagen pintó,
que en sus obras caminó
de buena fama en buen pie,
pues las obras del pintor,
de la misma gloria y maña
que al artífice acompaña,
sacan no pequeño honor.
XIV. De la bacante de Escopas
¿Quién es esta que está aquí?
La bacante. ¿Quién tan bien
la adornó? Escopas. ¿Y quién
de furor la llenó así
y la puso cual se ve?
¿Baco o Escopas? Escopas fue.
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Los yambos
De las mujeres
Crio Dios la mujer primeramente,
de entendimiento y juicio desprovista,
de una cerdosa puerca, y por costumbre
le hace siempre tener sucia la casa.
Reclinada en el suelo, se revuelca;
jamás se lava, y de soez vestido
cubierta y asquerosa, siempre echada
sobre el sórdido cieno, engorda y crece.
A otra crio de una dolosa zorra,
y la ciencia le dio de bueno y malo.
En esta casta de mujer se encuentra
mucho perverso, y otro mucho bueno,
y la ira la dobla y la maneja
a todos lados sin prudencia y tino.
En sus costumbres, otra se parece
al perro, que es su padre: anda anhelante
por oír y saber todas las cosas.
Todo lo mira con hambrientos ojos,
y con tanto mirar siempre se engaña.
Cuando no ve algún hombre ladra y gruñe,
y ni las amenazas del marido
bastantes son a contener sus iras.
Ni aunque le eche los dientes de la boca
irritado y feroz de una pedrada,
ni aunque la halague con palabras buenas,
ni el respeto a los huéspedes la enfrena,
sino que siempre furibunda grita.
Otra hicieron los dioses de la tierra
y al hombre para carga se la dieron;
la cual ni el bien ni el mal jamás conoce,
y su saber se ciñe a si los dioses
dan a la tierra rigoroso invierno
para acercarse al fuego con su silla.
Mas vuelve ya tu pensamiento a aquella
que ha nacido del mar: alegre y blanda,
en todo el día de reír no cesa.
El huésped que en su casa la mirare
la llenará de inmensas bendiciones
y jurará no hallarse en todo el orbe,
ni ser posible que jamás se vea,
una mujer más buena en sus costumbres.
Mas, sin embargo, a veces se enfurece
como la perra sobre sus cachorros.
Áspera con amigos y enemigos,
en su doloso genio al mar semeja,
que, muchas veces sosegado y quieto,
los marineros llena de alborozo,
y otras airado horriblemente brama
y alza y encrespa las hinchadas olas.
Otra nació de un asno y la ceniza:
ejercitada en ásperos trabajos,
aunque solo la mueve la amenaza.
Sentada día y noche está comiendo,
y sin alguna distinción acoge
al primero que llega, y le recibe
por su señor en los venéreos hurtos.
Otra, de una infelice comadreja
triste generación, que nada tiene
de bueno ni de amable, y careciendo
de amor y de dulzura, odia y esquiva
el lecho conyugal; si está presente
su esposo, se empalaga y se fastidia,
y con sus tretas daña a los vecinos
y devora las viandas no inmoladas.
Una yegua de hermosa cabellera
fue madre de otra, que aborrece y huye
cualquier obra servil, cualquier trabajo.
No tocará jamás muela ni cribo,
ni la basura quitará de casa.
Gran cuidado tendrá de no ensuciarse
sentándose en el horno. Exteriormente
muestra afecto y amor a su marido.
En cada día lávase tres veces,
se llena de perfumes y de ungüentos,
el cabello derrama por la espalda,
y corona de flores la cabeza.
Espectáculo hermoso para todos,
para el marido miserable y triste,
a no ser algún rey muy poderoso
que pueda mantener tan grande lujo.
Otra fue de una mona, de manera
que un igual mal no dio a los hombres Jove,
por su boca feísima, es la risa
de toda la ciudad, cuando pasea
tiesa, que apenas la cabeza mueve.
Tiene en extremo grandes las rodillas.
¡Pobre el que abraza a tan terrible monstruo!
Como una mona, a su marido engaña
y a todos los demás; ni de las risas
se cura, ni de hacer solo un buen hecho;
y sin cesar cavila, piensa y trama
cómo hacer algún bárbaro delito.
Mas con la que ha nacido de la abeja
es el hombre feliz y afortunado,
pues no cometerá delito alguno.
Ella alarga la vida, y sus caminos
los siembra de mil flores olorosas.
Amada de su amado compañero,
va envejeciendo en los ligeros años,
dándole hermosos y afamados hijos:
distínguese entre todas las mujeres
por la gracia feliz que la acompaña.
No busca ni frecuenta los corrillos
donde hablan liviandades las amigas,
y esta prudente y apreciable casta
la da el gran Jove a sus favorecidos.
A las demás que están entre los hombres,
de Júpiter el dolo las produjo.
Y tanto en su maldad cargó la mano
que, si parece que algún bien le causan
al mísero marido, es esto mismo
incómodo en extremo al desdichado.
Todo el que vive con mujer no espere
pasar un día enteramente bueno,
ni echar el hambre triste de su casa,
ni el amor conciliar de sus amigos.
Si le sucede algún feliz suceso,
o ya porque este bien le den los dioses,
o ya porque le venga de los hombres,
al punto en su mujer encuentra un crimen
que mueve las domésticas rencillas.
Do quier que haya mujer, ya no se espere
poder admitir bien huésped alguno,
porque la que parece más modesta
la más mala es de todas las mujeres.
El marido se queja, y las vecinas
se alegran de su error y se le ríen:
cada cual, sin embargo, siempre alaba
la mujer propia y la del otro afea,
sin ver que le comprende el mismo caso,
pues este horrible mal Júpiter hizo,
y el lazo ató con insoluble nudo,
de donde viene que la cruda muerte
arrebató casados muchos hombres.

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Fragmentos
I
La vana voz a los infiernos pasa,
y mora entre los muertos el silencio,
y de los hombres en los tristes ojos
cae un funesto y tenebroso velo.
Todo sin detención al orco baja,
la riqueza y virtud van a este extremo,
y al que más huye y resistir procura,
suele la muerte arrebatar más presto.
II
No digas lo que puede
durar el hombre, ni lo que ser tenga,
pues la mudanza es mucho más ligera
que una mosca veloz que abre las alas.
III
Es difícil hacer a un hombre bueno,
y que en sus miembros todos
esté de perfección henchido y lleno.
IV
La virtud generosa
dicen que habita en unas altas rocas,
cuya subida es recia y trabajosa:
una estéril región la cerca en torno,
y nadie verla osa
sino aquel que en retorno
de molestos sudores
y penas interiores
logra llegar a la suprema alteza
de una excelsa y sublime fortaleza.
Noticias bibliográficas
Este célebre poeta griego nació en la isla de Ceos, en 555 a. C., y murió en Siracusa en 467. Su padre Leoprepes era uno de los magistrados de Ceos, independiente entonces.
Uno de los epigramas de Simónides indica que en la niñez fue dedicado al culto de Baco. Otro demuestra que durante su adolescencia ejerció la profesión de maestro de coros en la ciudad de Cartea, en Ceos, enseñando a los niños la poesía y la música. Era por entonces la pequeña isla de Ceos uno de los más notables focos poéticos y literarios, pero el joven poeta lo consideró estrecho a su genio y se trasladó a Atenas, donde llegó cuando reinaban los hijos de Pisístrato, Hipias e Hiparco (527-514), uniéndose a la corte de ambos tiranos, grandes protectores de los poetas, y encontrando en ella, entre otros, a Anacreonte y Lasus, el maestro de Píndaro.
El flexible talento de Simónides, que se adaptaba a todos los géneros, le hizo adquirir muy pronto gran popularidad. Aunque solo tengamos fragmentos más o menos extensos de sus composiciones, los asuntos que trata en ellas, su forma y la opinión de los antiguos escritores, bastan para justificar la fama que alcanzó.
Estos fragmentos enseñan cuál era el papel desempeñado por los poetas en las cortes de los pequeños soberanos de Grecia y Sicilia, que se los disputaban en la época de transición entre el reinado de la epopeya y el nacimiento del arte dramático, época en que solo tenía vitalidad la poesía lírica.
Los concursos para las fiestas públicas que se celebraban en toda la Grecia con gran solemnidad, y en los cuales la poesía cantada tenía muy principal papel, eran la mayor preocupación de los poetas. En su larga carrera debió Simónides tomar parte en ellos con frecuencia, porque atestigua una inscripción votiva que ganó el premio cincuenta y seis veces.
Estos cantos, de los cuales quedan numerosos fragmentos, son himnos en honor de todas las divinidades; peanes para las fiestas de Apolo, ditirambos para las de Baco, parthenies o coros de doncellas para las de Ártemis.
Además de estas composiciones religiosas o heroicas, encontró el poeta otra fuente abundante de inspiración en las carreras y juegos solemnes que reunían toda Grecia en Olimpia, en el istmo de Corinto o en Delfos, donde los vencedores eran celebrados en bellos versos y perpetuados en hermosas estatuas. Estos cantos de triunfo forman parte considerable de la obra poética de Simónides, pero ninguno ha llegado completo a nosotros.
Según Müller, su estructura era igual o casi igual a los de Píndaro que conocemos. En unos y otros iba unido al elogio de los vencedores la pintura del héroe de la leyenda; pero los cantos de Simónides se distinguen principalmente de los del poeta tebano en que aquel se entretiene en la narración de la victoria misma, y pinta detalladamente el modo como había sido alcanzada, mientras que Píndaro pasa con rapidez por estos detalles y desde el principio se eleva a las mayores alturas.
Con frecuencia emplea Simónides en estos cantos un estilo casi festivo, cual parecía corresponder a un poema que se cantaba muchas veces en el festín dado al vencedor.
Sobresalió también Simónides en los elogios, canciones báquicas, cantos para los bailes, y especialmente en los cantos de duelo, llamados nenies o threnes, que se hacían al morir los personajes y eran cantados en sus funerales.
Sus epigramas, en el sentido griego de la palabra, y sus incripciones tienen una sobriedad y precisión admirables. Estas inscripciones tumulares o epitafios son entre todas sus poesías las que mejor han merecido durar al través de los siglos: tal era el arte con que el poeta sabía encerrar en pocos versos un gran pensamiento o un enérgico dolor. Compréndese, pues, el interés de los principillos griegos, avarientos de fama, en atraerse un hombre de tan precioso y variado talento.
Al ser asesinado Hiparco por Harmodio y Aristogitón (514 a. C.), abandonó Simónides Atenas y se retiró a Tesalia llamado por dos opulentos príncipes, Escopas y Alevas. Con ellos vivió hasta poco antes de las guerras médicas, sin dejar de presentarse en los grandes concursos de la poesía y de los juegos.
La aventura legendaria, asunto de una fábula de Fedro y de otra de Lafontaine, se supone realizada a la vuelta de una de estas solemnidades. Vencedor Escopas en una carrera de carros, escribió Simónides una oda magnífica para celebrar la victoria, haciendo intervenir según su costumbre a los dioses y a los héroes y cantando lo mismo a Cástor y Pólux que al atleta. Escopas, que deseaba una oda en su exclusivo elogio, solo dio al poeta la tercera parte del convenido precio, aconsejándole que pidiera el resto a Cástor y Pólux. Acababa Simónides de recitar su oda en la mesa del festín, cuando se le acercó un esclavo diciéndole que dos jóvenes cubiertos de sudor y polvo, pero en cuyos semblantes resplandecía divina majestad, le esperaban a la puerta, rogándole que inmediatamente saliera. Salió Simónides y a nadie vio, pero entretanto el techo de la sala del festín se derrumbó aplastando a Escopas y a todos sus convidados. Imposible es hoy saber si esta tradición, extraordinariamente célebre en la Antigüedad, es o no cierta; pero sí se sabe que una repentina catástrofe destruyó la prosperidad de los Alevas y de los Escopas en Tesalia. Simónides hace frecuentes alusiones a estos cambios de fortuna, a estas bruscas desgracias que arruinaron a sus protectores tesalanos.
Al volver a Atenas, el pueblo no le guardó rencor por su antigua adhesión a los Pisistrátidas. Estaba entonces Grecia a punto de ser invadida, y era grande la excitación del patriotismo. Participó Simónides del entusiasmo de todos los griegos, ganando el premio en el gran concurso poético con que se celebró la victoria de Maratón, a pesar de la concurrencia de Esquilo (489 a. C.). Encargósele también de celebrar la abnegación de Leónidas y de los trescientos espartanos en las Termópilas, habiendo llegado hasta nosotros una estrofa de esta oda, probablemente la primera. Merece citarse el epitafio que compuso a los citados héroes espartanos: «Caminante, ve a decir a los lacedemonios que estamos aquí enterrados por obediencia a sus leyes».
Simónides cantó también las victorias de Salamina, de Artemisa y de Platea, pero estos cantos se han perdido.
Uno de los mayores fragmentos que quedan pertenece a otro género que cultivó con grande acierto y sensibilidad: la elegía. Este fragmento es la lamentación de Dánae abandonada en el mar con su hijo Perseo, y es uno de los más preciosos restos de la antigua poesía griega.
Los contemporáneos censuraron a Simónides que fijara precio a sus composiciones. «Mi musa —dice Calímaco— no es mercenaria como la de Simónides»; y se cree que también le aludía Píndaro al hablar de la época en que las musas no eran mercenarias. Parece que Simónides, desconfiando de la generosidad de los personajes que elogiaba, tenía por costumbre fijar el precio de las alabanzas antes de hacerlas.
Refiere Aristóteles en su Retórica que un atleta victorioso rogó a Simónides componer un canto sobre su triunfo. No pareció a este suficiente la suma ofrecida, y respondió que no sabría tratarle bien, porque la victoria la había alcanzado en una carrera de mulas, animal poco poético. El atleta aumentó el precio; aceptó Simónides y, usando de todos los recursos de su arte, llamó a las mulas hijas de los corceles de voladores pies.
Cualquiera que sea el fundamento de estas censuras, es lo cierto que su fama le proporcionó la amistad de los hombres más famosos de aquella época, como lo eran Temístocles y Pausanias. Comiendo un día con este, rogole Pausanias que dijera alguna sentencia. «Acuérdate de que eres hombre», contestó Simónides, que conocía bien el orgullo de Pausanias. Apenas prestó este atención a la breve sentencia; pero cuando los infortunios le obligaron a andar oculto y hambriento, acordose de la frase del poeta y exclamó por tres veces: «¡Oh, Simónides! ¡Oh, mi huésped de Ceos, cuán grande era el sentido de tu exhortación que tan neciamente desprecié!».
Refiérese también que, aprovechando su íntima amistad con Temístocles, le pidió Simónides una gracia; pero no la estimó aquel justificada y se la negó, diciéndole: «Querido Simónides, no serías buen poeta si hicieras versos que pecaran contra las reglas de la poesía, y yo no sería buen magistrado si cometiese alguna acción opuesta a las leyes». Simónides no asistió al triste fin de sus amigos Arístides y Pausanias. Cuando sucumbieron estaba ya en la corte del rey Hierón, tirano de Sicilia, a donde fue a la avanzada edad de ochenta y siete años. En ella encontró, además de su sobrino y discípulo Baquílides, muchos de los grandes poetas contemporáneos suyos: Píndaro, Epicarmes y el gran Esquilo. Parece que Simónides no vivió en buena inteligencia con sus colegas, especialmente con Píndaro.
La historia ha conservado algunos detalles de su permanencia junto a Hierón. Bien conocida es la respuesta que dio a este príncipe cuando le pidió una definición de «dios». Cicerón la recuerda en estos términos en su libro De natura deorum (lib. 1, cap. XXII): «Si me preguntas lo que es «dios», haré como Simónides cuando se lo preguntó el tirano Hierón: pidió un día para pensar la respuesta; al día siguiente pidió dos más, y cada vez doblaba el número de los días pedidos, hasta que Hierón quiso saber la causa de ello. "Consiste —dijo— en que, cuanto más medito, más oscura me parece la cosa". De esto deduzco que Simónides, delicado poeta y hombre erudito y de buen sentido, perdió al cabo toda esperanza de descubrir la verdad, después de investigar su espirítu todas las opiniones a cual más sutiles, sin encontrar la solución».
Murió Simónides en la corte de Hierón, que mandó hacerle magníficos funerales. Su epitafio, conservado en la Antología, dice: «Mueres, oh, Simónides, en la llanura de Sicilia; dejas en Ceos tu memoria, y a toda la posteridad de los griegos, el recuerdo de tu bien templada alma».
«Simónides —dice M. J. Joubert— es el tipo más completo del poeta culto o literato en Grecia, tan sabio y artista como inspirado, que, sin convertir el arte en oficio, saca partido de él en provecho propio. Agrada a los tiranos, sin desagradar a los pueblos; canta los actos benéficos del poder y los esfuerzos de la libertad; respetuoso con la religión, aunque algo filósofo, goza con calma los placeres de los sentidos y los de la inteligencia, presentando el raro equilibrio de las facultades morales e intelectuales que los antiguos llamaban sabiduría. Ningún poeta fue más estimado en vida ni tuvo más larga popularidad después de la muerte. ¿Justifica esta celebridad el mérito de sus obras? No es posible asegurarlo, porque en gran parte se han perdido. A juzgar, sin embargo, por los fragmentos que quedan, si el poeta de Ceos, por la originalidad, la pasión y esplendor del genio es inferior a Arquíloco, a Alceo y a Safo; si no iguala la profundidad y elevación de Píndaro, ni la vehemencia y grandeza de Esquilo, sobrepujó a todos por la flexibilidad y extensión de su talento, capaz de las más diversas aplicaciones: poemas o elegías heroicas, elogios en verso, cantos de victoria, himnos, peanes, coros de doncellas, cantos para bailes, canciones báquicas, canciones de duelo, epigramas, todo lo abarcó
»En todos estos géneros fue Simónides gran poeta, llegando a la sublimidad cuando el asunto lo permitía y manejando con rara elegancia un rico lenguaje liríco, compuesto de una mezcla de dicción épica, con las formas dóricas y eólicas. Incomparable en la expresión de los sentimientos patéticos, llamole la Antigüedad el dulce poeta».
Los fragmentos que a continuación publicamos están traducidos por los hermanos Canga-Argüelles.
📚 Fuentes y aclaraciones
Esta traducción, de los hermanos Canga-Argüelles (1771-1842 y c. 1770-1812), fue publicada originariamente en 1797. Tanto los poemas de Simónides en griego como esta traducción de los hermanos Canga-Argüelles se encuentran en dominio público porque todos murieron hace más de 80 años.
Mi versión para AcademiaLatin.com está basada en la publicación posterior, de 1884, de la Biblioteca clásica de Luis Navarro, concretamente en este escaneado disponible en Google Books. Más allá de transcribir, he modernizado algo la ortografía y la puntuación; dentro de los poemas he mantenido los nombres latinos en lugar de cambiarlos a los griegos (p. ej. Júpiter por Zeus).
La imagen destacada es Poesía lírica, de Henry Oliver Walker (1843-1929).
📝 Licencia
Esta transcripción la he hecho yo mismo para publicarla en AcademiaLatin.com. El texto original se encuentra en dominio público, por lo que lo lógico es que la mera transcripción esté en dominio público.
Sin embargo, además de la transcripción y publicación del texto en dominio público, hay también cierto trabajo de edición (corrección, modernización de ortografía y puntuación, etc.) por mi parte, por lo que, si no es molestia, agradecería que el material se usara con licencia Creative Commons BY: sin ninguna restricción, pero con atribución a AcademiaLatin.com y, si es posible, un enlace a la página de la que se ha tomado el texto.
Puntualización: las grabaciones (vídeos de YouTube, audios en Spotify, etc.) que yo pueda tener publicadas a partir del texto no son de dominio público, sino que las publico con una especie de licencia Creative Commons BY-NC-SA; en resumen: puedes embeberlos (insertarlos) en tu web/plataforma, pero no puedes descargarlos para resubirlos.
Si estos materiales te son de utilidad, considera un mecenazgo 🤏 sumamente asequible. Esto me ayuda a seguir publicando contenidos de temáticas como las siguientes:
- Literatura latina en español
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