A continuación tienes la introducción sobre Homero y sus obras de Luis Segalá y Estalella (1873-1938), tal y como se encuentra en la publicación de 1927 Obras completas de Homero; mas información.

¿Existió Homero?
La antigüedad creía que hacia el siglo X a. C. existió un aedo o poeta-cantor llamado Homero, y nos ha dejado ocho biografías suyas, que contienen interesantísimos datos, más que de su personalidad, del nacimiento y desarrollo de la poesía épica.
Según la primera de estas biografías, atribuida falsamente a Heródoto, Melanopo, oriundo de Atenas, se casó en Cime o Cumas (en la Eolia) con la hija de Omires, y de este matrimonio nació Cretéis, la madre de Homero. Murió Melanopo, y Cretéis, enviada por su tutor Cleanacte de Argos a Esmirna, dio a luz en la ribera del Meles un niño que por esta razón se llamó Melesígenes. Luego Cretéis se casó con Femio, y, aleccionado Melesígenes por tan hábil maestro, mostró sus disposiciones por la poesía y adquirió gran fama entre los extranjeros que acudían a Esmirna. A la muerte de Femio, Melesígenes le sucede en la escuela, pero, invitado por un comerciante de Léucade llamado Mentes, le acompaña en sus viajes por mar hasta que, al llegar de Tirrenia e Iberia a Ítaca, se siente afectado de una oftalmía, deja la embarcación y se queda en casa de Méntor, hijo de Álcimo. Allí conoce las tradiciones relativas a Odiseo y concibe el plan de la Odisea. Vuelve Mentes de Léucade, y Melesígenes se va con él, recorre las costas del Peloponeso y, al llegar a Colofón, pierde enteramente la vista. No pudiendo sacar ya ningún fruto de los viajes, dirígese a Esmirna y desde entonces vive consagrado exclusivamente a la poesía. Pasa luego a Neontico, donde es hospedado por Tiquio, y recita la Tebaida y los himnos para ganarse la vida. De allí va a Cime y, habiéndosele recibido con gran entusiasmo, pide ser mantenido a costa de la ciudad, prometiendo en cambio componer versos en honor de ella; reúnense los senadores y, como uno de ellos dijera que se agotaría el tesoro público si daban acogimiento a todos los ciegos (ὁμήρους), se lo niegan, y Melesígenes, a quien desde entonces se llama Homero (Ὅμηρος), encamínase a la Fócide y al salir de Cime profiere esta imprecación: «No aparezca jamás en este país ningún poeta ilustre que pueda celebrarlo». En la Fócide el maestro de escucla Testórida se apodera de sus poemas, entre ellos la Pequeña Ilíada y la Foceida, y se traslada a Quíos para recitarlos como propios; pero él le sigue, salta en tierra junto a Boliso y, presentado por el cabrero Glauco a su amo, que le confía la instrucción de sus hijos, escribe los Cércopes, la Batracomiomaquia, la Psaromaquia, la Cabra siete veces trasquilada, el Canto del mirlo y otros poemas, los cuales le granjean gran fama y obligan a Testórida a marcharse por haberse descubierto su impostura. Homero abre entonces una escuela, se casa, tiene dos hijas y compone la Ilíada y la Odisea, en que figuran Mentes, Méntor y Tiquio; y, habiendo alcanzado gran celebridad, quiere trasladarse a Atenas, pero desembarca en Samos, donde escribe El horno y la Canción de mendigo; pónese nuevamente en camino al llegar la primavera, muere durante el viaje, es enterrado en la isla de Íos, y sus compañeros le erigen una sencilla tumba. Termina la biografía diciendo que Homero era eolio y nació el año 622 antes de la expedición de Jerjes, o sea, 168 años después de la toma de Troya (1102 a. C.).
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Se considera como probable, de acuerdo con esta biografía, que Homero fuera natural de Esmirna, donde existía la familia de los homéridas entre los eolios; y que pasara gran parte de su vida en Quíos, entre los jonios. En la Tesalia debieron de aparecer los cantos más antiguos, los aedos eolios llevarían las leyendas de su raza al Asia Menor, y en la Jonia se desarrollaría y perfeccionaría la obra comenzada por los cantores de la Pieria. Las dos obras más importantes atribuidas a Homero, es a saber, la Ilíada y la Odisea, repletas de leyendas eólicas, y que, sin embargo, aparecen como una obra jónica, juntaron las tradiciones argivas y jónicas con las tesalias y de esta manera llegaron a ser los primeros poemas nacionales verdaderamente panhelénicos o, como dice un autor, el libro de oro de toda la Grecia.
La familia de los homéridas primero, y los rapsodos o recitadores más tarde, llevaron los poemas homéricos a las ciudades del Asia Menor; a las islas de Rodas, Cos, Samos, Lesbos, Creta y Chipre; a las ciudades continentales de Argos, Sición, Esparta y Atenas; y hasta a diversas poblaciones extranjeras, como Siracusa y Marsella.
Hacia el siglo VI a. C., los poemas homéricos eran venerados por los griegos como la síntesis de la sabiduría divina y humana, hasta tal punto que se pudo decir en tiempo de Platón que Homero había sido el maestro de toda la Grecia. Los mismos artistas se inspiraron en sus obras: el arca de Cipselo, el trono de Apolo amicleo en Esparta, la Lesque de Delfos, pintada por Polignoto, etc., estaban adornados, según Pausanias, con escenas e inscripciones tomadas de los poemas homéricos.
Como estos poemas se recitaban en las fiestas públicas de Atenas, Solón dispuso que la recitación se hiciera siguiendo el orden del asunto; y Pisístrato ordenó las rapsodias de Homero de la manera que hoy las tenemos, haciendo escribir el repertorio de cada rapsodo, comparando las copias de la Ilíada y de la Odisea que había recogido en Atenas, Argos y Esparta, y fijando definitivamente el texto, de suerte que desde fines del siglo VI hubo en Atenas un ejemplar oficial de los poemas homéricos que eran recitados por lo menos una vez al año en las Panateneas. Tales fueron, pues, los primeros diascevastas u ordenadores.
El estudio crítico de las obras de Homero comienza hacia el siglo V a. C. con los que Platón llamó homéridas y Aristóteles los antiguos homéricos.
Los alejandrinos revisan los poemas homéricos para darnos un texto depurado y correcto. Aparece en el siglo III la diortosis de Antímaco de Colofón y en el II los trabajos de Zenódoto de Éfeso; se publican luego las recensiones de Riano, Filemón, Sosígenes y Aristófanes; se dan a luz las ediciones de Argos, Quíos, Creta, Chipre, Sínope y Marsella, que, a semejanza de la de Atenas, fueron textos oficiales; y se forma por Aristarco, aceptando lo que se leía en todos los manuscritos, y, cuando estos discrepaban, lo que aparecía en el mayor número, un texto único que ha venido a constituir la lección más aceptada. Zenódoto de Éfeso, Aristófanes y Aristarco indicaron con signos especiales los pasajes interpolados por otros poetas, los versos defectuosos, las repeticiones y las frases alteradas; fijaron la puntuación, etc.; en una palabra, hicieron cuantas observaciones podía sugerir una critica que, como ha dicho Lehrs, se basaba en las leyes de una ciencia perfecta tal como era dable que existiese en aquella época. El mismo Horacio alaba la sagacidad de Aristarco; y, en efecto, la diortosis del crítico alejandrino es un verdadero modelo, y de ella procede nuestra vulgata actual, bastante depurada aunque no nos dé exactamente la forma primitiva de dichos poemas.
Mientras la escuela de Alejandría publicaba sus trabajos gramaticales y críticos, aparecía en Pérgamo otra escuela cuyo corifeo, Crates de Malos, sostuvo en sus Διορθικά que Homero quiso enseñar la moral y se valió de la forma poética como más atrayente y sugestiva.
Del estudio comparativo que los críticos de Alejandría hicieron de los poemas homéricos surgió la primera duda sobre si la Ilíada y la Odisea se debían a un solo genio. Ya el pseudo-Longino notó la diferencia entre ambos y llegó a la conclusión de que la Ilíada debió de haber sido fruto de la juventud de Homero, y la Odisea, producto de su vejez. Luego, basándose en ciertas contradicciones y diferencias que hoy nos parecen de poca monta (como son: que en la Ilíada la isla de Creta tiene cien ciudades, y en la Odisea, noventa; que los héroes griegos de la Ilíada no comen pescado, y los de la Odisea, sí; que el mensajero de Zeus es Hermes en la Odisea, e Iris, en la Ilíada; que la mujer de Hefesto es Caris, o sea una de las Gracias, en la Ilíada, y Afrodita, en la Odisea, etc.), Xenón y Helánico afirmaron que la Ilíada y la Odisea se debían a dos poetas diferentes, motivo por el cual fueron llamados corizontes, es decir, separadores.
Nadie, sin embargo, dudaba de que Homero hubiera existido y fuese el autor de la Ilíada, de tal manera que en el siglo XVII Fenelón pudo decir en su obra acerca de la existencia de Dios: «¿Quién creerá que la Ilíada, este poema tan perfecto, no haya sido compuesto por el genio de un gran poeta…?». Pero en 1725 el escéptico italiano Juan B. Vico, en el libro III de sus Principi di Scienza nuova, que tituló Della discoverta del vero Omero, sostuvo que Homero era la voz de la Grecia, el eco de los tiempos heroicos, es decir, una pura abstracción. Francisco Hédelin, abate de Aubignac, en sus Conjectures académiques ou Dissertation sur l'Iliade, del año 1669, aceptó esta teoría afirmando que la Ilíada y la Odisea no merecen la reputación de que gozan, pues no son más que una serie de rapsodias mal unidas entre sí.
La obra póstuma de Hédelin, publicada en París en 1715, pasó casi inadvertida; pero en 1795 Federico Augusto Wolf la utilizó para componer sus Prolegomena ad Homerum, sive de Operum homericarum prisca et genuina Forma variisque Mutationibus, diciendo que el arte de componer era desconocido en la época a que se atribuyen las epopeyas homéricas, que el público de aquel tiempo no era capaz de entender una obra tan perfecta y que la escritura no estaba suficientemente generalizada para poderla transmitir, por lo cual opinaba que las obras homéricas habían sido unos cantos sueltos hasta que, en el siglo VI, Pisístrato los recogió y publicó.
Los Prolegómena de Wolf no hallaron en un principio ni grandes adversarios ni entusiastas partidarios. Ruhnken, a quien Wolf dedicó su obra, dice que mientras la lee está de acuerdo con el autor y que cuando deja el libro su asentimiento se desvanece. Goethe admitió en un principio las suposiciones de Wolf y acabó por ser su adversario. Schiller fue siempre contrario a tales ideas. Mas luego, ya en el siglo XIX, eminentes críticos alemanes como Lachmann, Koechly, Kirchhoff, Meyer, etc., inventan teorías generalmente derivadas de la de Wolf y hasta llegan a suponer que el mismo nombre de Homero no significa más que ‘compilador de cantos dispersos’, y varios eruditos franceses, como Benjamin Constant, Guignaut y Egger, se adhieren también a las teorías wolfianas. Otros, como los franceses Burnouf y Croiset y el inglés Grote, admiten un núcleo primitivo, cuya unidad se basa en la sucesión de los acontecimientos, núcleo que fue considerablemente ampliado con la adición de otros cantos hasta constituir los actuales poemas.
Con el siglo XX comienza una reacción no solo a favor de la existencia de Homero, sino también de que compuso la Ilíada y la Odisea, aunque ambos poemas hayan sido objeto de varias interpolaciones. Autores tan prestigiosos como Monro, Blass, Lang, Perrot, Van Gennep, Rothe, Mackail, Van Leeuwen, Shewan, Stürmer, Beltzner, Drerup, Reinach, Von Wilamowitz, Loercher y Bérard, rompen lanzas por la existencia de Homero, aduciendo sólidos argumentos basados en los descubrimientos arqueológicos, en el estudio de la literatura comparada y en la técnica de las mismas obras homéricas.
No parece, pues, que pueda dudarse de que Homero fue un aedo que utilizó las leyendas de la guerra troyana para darnos una visión de la Grecia heroica durante la conquista del Asia Menor y durante el período de paz que la siguió. Para ello debió de inspirarse en otras poesías más antiguas, siendo probable —como afirma Finsler— que las trasladara a su obra replasmándolas debidamente, y así se ha reconocido en la escena del engaño de Zeus por Hera parte de un epitalamio compuesto en honor de la divinal pareja, y en los cuatro primeros cantos de la Odisea un poema —la Telemaquia— refundido en el poema actual.
¿Qué obras compuso Homero y dónde se inspiro para escribirlas?
Se han atribuido a Homero la Ilíada, la Odisea, la Batracomiomaquia, treinta y tres himnos o preludios a la recitación de poesías épicas, diecisiete composiciones de corta extensión y distinta procedencia agrupadas bajo el nombre de epigramas y el Margites, llamado así del nombre del protagonista y considerado por Aristóteles como origen remoto de la comedia. Y aun se ha dicho que Homero había compuesto otras obras, como el poema de los Cércopes, el Canto del Mirlo, la Cabra siete veces trasquilada, la Psaromaquia, los Poemas cíclicos y en general toda la poesía épico-heroica aparecida en Grecia hasta el siglo VI antes de la era cristiana.
De estas obras que solo tienen de común el lenguaje, mezcla de los dialectos eólico y jónico antiguo, y la forma métrica, que consiste en una sucesión de hexámetros (salvo el Margites, en el cual parece que los hexámetros alternaban con los versos yámbicos), las únicas que pueden atribuirse a Homero son la Ilíada y la Odisea, basadas en sendos episodios de la leyenda troyana.
Y como nuestras versiones no las publicamos para los doctos, sino para popularizar las grandes concepciones helénicas, con sus bellezas y sublimidades, y ponerlas al alcance de los que no pueden disfrutar la dicha inefable de leerlas en el texto original, vamos a dar una brevísima relación de la leyenda troyana con el fin de que el lector pueda situar la acción de ambos poemas entre los hechos que la precedieron y siguieron.

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La leyenda troyana
Zeus, padre de los dioses y de los hombres, se enamoró de Tetis, hija de Nereo; pero, habiendo sabido por Prometeo que el hijo que tuviera la diosa sería más fuerte que su padre, la casó con Peleo, que era un simple mortal.
El día en que se celebraron las bodas, indignada la Discordia porque no la habían invitado como a las demás deidades, se asomó a la sala donde se celebraba el festín nupcial y tiró una manzana que llevaba escritas las palabras para la más hermosa y que fue a caer al pie del triclinio donde estaban recostadas las diosas Hera, Afrodita y Atenea.
Las tres fueron a cogerla, y Zeus, no queriendo decidir la cuestión suscitada entre su hermana y esposa Hera y sus hijas Atenea y Afrodita, mandó que las diosas se presentaran a Paris (a quien Homero llama también Alejandro), y que este adjudicase la manzana a la más hermosa.
Paris, después de contemplar y oír a las tres diosas, dio la manzana a Afrodita; y como esta le había prometido que, si la declaraba vencedora, le entregaría la mujer más bella del mundo, efectuose un viaje de Paris a Esparta, donde se hallaba Helena, hija de Zeus y de Leda y esposa de Menelao; y, con la intervención de Afrodita, Helena se enamoró de Paris, y este se la llevó en su nave.
Helena había tenido en su mocedad muchos pretendientes, los cuales se habían juramentado para defender al que ella escogiese por esposo. Después del rapto, Menelao pidió a los troyanos que le devolvieran a Helena y las riquezas que con ella se habían llevado, pero nada pudo alcanzar; y entonces exigió que cumpliesen su juramento los antiguos pretendientes (que eran reyes y príncipes de Grecia), y, en efecto, casi todos se presentaron con tropas para dirigirse a Troya al mando de Agamenón, hermano de Menelao y rey de Micenas.
Reuniéronse los caudillos con sus respectivos ejércitos en el puerto de Áulide y allí se dieron a la mar; pero una tempestad los hizo volver al punto de partida y, como no soplaran vientos favorables, consultaron al adivino Calcante, quien les dijo que Ártemis estaba enojada con ellos, que para aplacarla debían inmolarle una princesa de sangre real y que, pasados diez años, tomarían la ciudad de Troya. Agamenón accedió a ofrecer en sacrificio su propia hija Ifigenia, a quien mandó llamar con la excusa de que iba a casarla con Aquiles.
Llegados por fin los griegos a Troya, comenzaron los combates, y, como la Tierra se quejara a Zeus de que estos no producían bastantes víctimas para debilitar a la humanidad, que se había hecho demasiado fuerte y poderosa, el padre de los dioses y de los hombres suscitó rivalidades entre Agamenón y Aquiles con motivo de haberle quitado aquel a este su esclava Briseida. Aquiles se abstuvo de combatir y los griegos fueron vencidos por los troyanos, que llegaron a incendiarles una de las naves; Patroclo se puso al frente de los mirmidones, soldados de Aquiles, y rechazó al enemigo, pero fue muerto por Apolo, Euforbo y Héctor; y Aquiles, para vengar a Patroclo, volvió a pelear y mató a Héctor.
Muerto Héctor, llegaron a Troya las amazonas y, habiéndose ofrecido a Príamo como aliadas, mataron a muchos griegos, pero pronto fueron vencidas y su reina Pentesilea murió a manos de Aquiles. Al contemplar el héroe el rostro de Pentesilea, se arrepintió de haberla matado, pues hubiera podido ser digna esposa suya; Tersites se burló de este amor póstumo y fue muerto por Aquiles; y Odiseo se llevó a Aquiles a la isla de Lesbos y allí lo purificó del homicidio.
Acudió luego en auxilio de Troya Memnón, hijo de la Aurora, con sus etíopes, el cual mató a Antíloco y fue muerto por Aquiles.
Poco después Paris mató a Aquiles, cuyos restos fueron transportados por Tetis a la isla de Leuce; se disputaron las armas del héroe Ayante y Odiseo; y, habiéndolas adjudicado los griegos a este último, Ayante se suicidó.
Odiseo se apoderó de Héleno, hijo de Príamo, y supo por él que los griegos no podrían tomar Troya si no se apoderaban de las flechas de Heracles que tenía Filoctetes, a quien aquellos, al marchar a Troya, abandonaron en la isla de Lemnos por el hedor que exhalaba una herida que se había causado con una de las mencionadas flechas. En su virtud, Odiseo y Neoptólemo, hijo de Aquiles, fueron a Lemnos y condujeron a Filoctetes al campamento griego. Más tarde Odiseo y Diomedes entraron en Troya y se llevaron el Paladión.
Viendo que Troya aún no se rendía, Odiseo, por inspiración de Atenea, mandó construir de madera un enorme caballo en cuyo interior se escondieron los principales caudillos griegos a las órdenes de aquel; y el ejército se embarcó, simulando una retirada, para detenerse en Ténedos y esperar que fuese llamado.
Una vez quedó el caballo de madera solo en la playa, los troyanos fueron a contemplarlo y, engañados por un griego llamado Sinón, que fingió haberse escapado de los suyos porque lo querían inmolar, disputaban sobre si convendría introducirlo en la ciudad. Laocoonte les exhortó a examinar lo que el caballo llevaba dentro, pero enseguida salieron del mar dos monstruosas serpientes que se enroscaron en torno de aquel y de sus dos hijos y acabaron con ellos.
Entonces los troyanos introdujeron el caballo en la ciudad y se entregaron a grandes regocijos para celebrar la retirada de los griegos; mas, ya avanzada la noche, cuando los habitantes dormían, Odiseo y los héroes escondidos en el caballo hicieron una señal a los griegos, que al punto regresaron de Ténedos; abriéronse las puertas de la ciudad y fue tomada Troya, muriendo muchos varones, entre ellos el rey Príamo y su nieto Astianacte, y, siendo repartidas las mujeres como cautivas a los vencedores, y estos cometieron tantas crueldades, que Atenea resolvió castigarlos en su vuelta a la patria y al efecto suscitó una gran contienda entre los Atridas, pues Agamenón deseaba aplacar con sagradas hecatombes a la diosa y Menelao consideraba preferible marcharse enseguida.
Con esto empieza la segunda parte de la leyenda troyana, relativa a lo que les ocurrió a los distintos héroes desde que partieron de Troya para sus respectivos países. Agamenón volvió a Micenas, donde fue asesinado por Clitemnestra y su amante Egisto.
Menelao, que había partido antes, se juntó en Lesbos con Diomedes y Néstor, fue llevado a Egipto por una tempestad, y finalmente regresó a Esparta; pero desde allí se dirigió a Micenas, adonde llegó poco después de haber vengado Orestes la muerte de Agamenón matando a Clitemnestra y a Egisto.
Repatriáronse también, con la sola excepción de Ayante Oileo, que murió en las rocas Giras, Diomedes, Néstor, Calcante, Leonteo, Polipetes, Neoptólemo, Odiseo, etc.
Este último, después de salir de Troya, corrió durante diez años maravillosas aventuras y, al llegar a Ítaca, halló a su mujer Penélope asediada por muchos pretendientes, a quienes mató, lo cual fue causa de una breve lucha entre el rey y los deudos de los muertos, que Atenea cortó restableciendo la paz.
Odiseo siguió reinando en Ítaca, pero, al cabo de algún tiempo, se fue a Tesprocia y se casó con su reina Calídice, de la cual tuvo un hijo llamado Polipetes, que heredó el trono de su madre; muerta Calídice, Odiseo volvió a Ítaca y allí permaneció hasta que Telégono, hijo de Odiseo y de Circe, que iba en busca de su padre, taló la isla, y, habiendo salido Odiseo a defenderla, Telégono lo mató sin conocerle. Por fin Telégono se llevó el cadáver de su padre, y con Telémaco y Penélope se presentó a su madre Circe: esta los hizo inmortales y Telégono se casó con Penélope, y Telémaco, con Circe.
Como Homero no se propuso componer una historia de la guerra de Troya, solo tomó dos episodios de la leyenda troyana, tan rica y tan poética y tan conocida de todos sus oyentes: para la Ilíada, la ira de Aquiles, motivada por su riña con Agamenón, que le decide a abstenerse de combatir por los griegos hasta que, muerto Patroclo, quiere vengarle, vuelve a la lucha y mata a Héctor; y para la Odisea, la vuelta de Odiseo desde Troya a Ítaca, donde castiga a los pretendientes de su esposa Penélope.
El gran éxito que alcanzaron las poesías homéricas hizo que varios aedos se propusieran cantar otras partes de la leyenda, a saber: el origen y los primeros años de la guerra de Troya, lo que realizó Estasino con su Cipríada: la continuación de la guerra desde la muerte de Héctor hasta la toma de la ciudad, lo que llevaron al cabo Arctino con la Etiopida y la Destrucción de Troya, y Lesques con la Pequeña Ilíada; el regreso de todos los héroes a sus patrias, exceptuando a Odiseo, que tal fue el asunto de los Regresos de Agías; y finalmente la vida de Odiseo desde el entierro de los pretendientes hasta la muerte del héroe a manos de su hijo Telégono, que constituía la materia de la Telegonía de Eugamón.
Estos poemas y los de Homero formaban el llamado ciclo troyano, dispuestos por el siguiente orden: Cipríada, Ilíada, Etiopida, Destrucción de Troya, Pequeña Ilíada, Regresos, Odisea y Telegonía. A ellos se juntaron más tarde los del ciclo tebano, a saber: la Edipodía, la Destrucción de Tebas y los Epigones, y aún otros, como la Titanomaquia, la Danaida y la Toma de Ecalia, y así se formó el ciclo épico, que comprendía desde la unión del Cielo con la Tierra hasta la muerte de Odiseo.
Desgraciadamente se han perdido los poemas que se juntaron a la Ilíada y a la Odisea para formar el ciclo, no quedando de ellos más que breves fragmentos cuya traducción damos a continuación de las obras atribuidas a Homero; pero conocemos su respectivo asunto por el análisis que hizo Proclo en el siglo II d. C. y que extractó Focio en su Biblioteca, por el resumen que de los hechos relativos a la toma de Troya hace Virgilio en el canto II de la Eneida, por el poema de la época romana La continuación de Homero, de Quinto o Cointo de Esmirna, y por otro del siglo XII, compuesto de tres partes: Lo anterior a Homero, Lo de Homero y La continuación de Homero, de Tzetzés.
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La Ilíada
La Ilíada canta un episodio que duró 51 días y ocurrió en el décimo año de la guerra de Troya, según se desprende de un pasaje de la rapsodia segunda. Fue dividida por los alejandrinos en veinticuatro partes que se han llamado rapsodias, cantos o libros y se citan por las letras mayúsculas del alfabeto griego. A pesar de su extensión (15 674 hexámetros), esta epopeya tiene un argumento tan fácil de abarcar (εὐσύνοπτον, como dijo Aristóteles), que puede resumirse en estas breves palabras:
Después de una corta invocación a la divinidad para que cante la perniciosa ira de Aquiles, nos refiere el poeta que Crises, sacerdote de Apolo, va al campamento griego para rescatar a su hija, que había sido hecha cautiva y adjudicada como esclava a Agamenón; este se niega a restituirla; Apolo, indignado, suscita una terrible peste en el campamento; Aquiles reúne el ágora y dice al adivino Calcante que revele sin temor los motivos de la cólera de Apolo, asegurándole que nadie pondrá en él sus manos aunque se refiera a Agamenón, que se jacta de ser el más poderoso de todos los aqueos; Calcante descubre que la causa del enojo del dios es la negativa de Agamenón, este se irrita y, si bien promete devolver a Criseida, quiere que le den otra esclava y amenaza a Aquiles con quitarle a Briseida, a pesar de la prudente amonestación que le dirige Néstor; disuélvese el ágora y Agamenón envía dos heraldos a Aquiles, que se llevan la cautiva Briseida; Odiseo y otros griegos se embarcan con Criseida y la devuelven a su padre, y mientras tanto Aquiles pide a su madre Tetis que suba al Olimpo e impetre de Zeus que conceda la victoria a los troyanos para que Agamenón comprenda la falta que ha cometido; Tetis cumple el deseo de su hijo, Zeus accede, y este hecho produce una violenta disputa entre Zeus y Hera, a quienes apacigua su hijo Hefesto; la concordia vuelve a reinar en el Olimpo y los dioses celebran un festín espléndido hasta la puesta del sol, en que se recogen en sus palacios; Zeus se va a dormir y a su lado se acuesta Hera, la de áureo trono.
Para cumplir lo prometido a Tetis, Zeus envía un engañoso sueño a Agamenón y le aconseja que saque toda la hueste para tomar Troya; Agamenón convoca el consejo de los jefes y luego el ágora y, después de varios incidentes y de enumerarnos el poeta cuantos pueblos formaban los ejércitos griego y troyano, sucédense tres grandes batallas que presentan algunas alternativas y terminan con una gran derrota de los griegos: la primera se interrumpe para que se verifique el combate singular de Alejandro y Menelao, que no produce ningún resultado, pues, cuando Paris va a ser vencido, lo arrebata por los aires su madre, la diosa Afrodita; la segunda —durante la cual Héctor entra en Troya, pide a su madre Hécabe que las matronas troyanas imploren a Atenea, y sostiene tierno coloquio con su esposa Andrómaca— se interrumpe también porque Héctor desafía a los jefes griegos, lucha con Ayante, quedando indecisa la victoria al llegar la noche en que tienen que separarse, y se pacta una tregua de un día que aprovechan los griegos para construir un muro en torno al campamento; al empezar la tercera, Zeus prohíbe a los dioses tomar parte en la lucha, hace fracasar una tentativa de Hera y Atenea para proteger a los griegos, y al anochecer los troyanos son vencedores y pernoctan en el campo en vez de retirarse a la ciudad; los griegos envían a Aquiles una embajada para suplicarle inútilmente que les auxilie; reanúdase el combate al apuntar la aurora, y Agamenón hace prodigios de valor, pero los aqueos son vencidos y los troyanos asaltan el muro, llegan a las naves y Héctor consigue incendiar una de ellas.
Al advertirlo, Patroclo suplica a Aquiles que rechace al enemigo y, no consiguiéndolo, le vuelve a rogar que, por lo menos, le preste sus armas y le permita ponerse al frente de los mirmidones para ahuyentar a los troyanos. Accede Aquiles y le recomienda que se vuelva así que los eche de las naves, pues el destino no le tiene reservada la gloria de apoderarse de Troya. Pero Patroclo, enardecido por sus hazañas, entre ellas la de dar muerte a Sarpedón, hijo de Zeus, persigue a los troyanos por la llanura hasta que Apolo le desata la coraza, Euforbo le hiere y Héctor le mata, trabándose un encarnizado combate entre griegos y troyanos para apoderarse de su cadáver.
Aquiles, así que recibe la noticia de la muerte de su amigo Patroclo, quiere vengarle, y, convirtiendo su cólera contra los griegos en odio inmenso a los troyanos (lo cual constituye una de las más dramáticas y geniales peripecias), ejecuta una infìnidad de hazañas cuyo conjunto se conoce con el nombre de Aquileida. Efectivamente: Aquiles viste una armadura que le fabrica Hefesto, vuelve al combate y mata tantos troyanos que los cadáveres obstruyen la corriente del río Janto, el cual se irrita, llama al Simois y quiere sumergir a Aquiles, hasta que por fin Hefesto le obliga a volver a su cauce; el dios Apolo se transfigura en troyano y se hace perseguir por el héroe para que los demás puedan entrar en la ciudad; conseguido su objeto, el dios se descubre y Aquiles regresa al campo de batalla y delante de las puertas de la ciudad encuentra a Héctor, que le esperaba; huye este, aquel le persigue y dan tres vueltas a la ciudad de Troya; Zeus toma la balanza de oro y ve que el destino condena a Héctor, que, engañado por Atenea, se detiene y es vencido y muerto por Aquiles, no obstante saber este que ha de sucumbir poco después que muera el caudillo troyano.
Aquiles ata el cadáver de Héctor por los pies a su carro y se lo lleva, arrastrándolo por el polvo; y desde entonces todos los días, al aparecer la aurora, lo vuelve a arrastrar hasta dar tres vueltas alrededor del túmulo de Patroclo, en honor del cual se celebran juegos.
Los dioses se apiadan de Héctor, y Zeus encarga a Tetis que amoneste a su hijo para que devuelva el cadáver, a la vez que manda a Príamo, por medio de Iris, que con un solo heraldo vaya con magníficos presentes a la tienda de Aquiles para rescatar el cuerpo de Héctor. Príamo obedece y parte con el heraldo Ideo y dos carros; al atravesar la llanura que hay entre la ciudad y el campamento se les aparece Hermes y los guía hasta la misma tienda del héroe; entra Príamo y, echándose a los pies de Aquiles, le dirige la súplica más conmovedora que haya salido jamás de labios humanos; Aquiles entrega el cadáver, los dos ancianos lo conducen a Troya y se celebran con toda solemnidad las honras fúnebres de Héctor, que era el principal sostén de la ciudad sitiada. Y con este hecho termina la Ilíada.
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La Odisea
La Odisea tiene por asunto la vuelta de Odiseo de Troya a Ítaca y el castigo de los pretendientes de su esposa Penélope. La vuelta duró diez años, pero como el poeta, en vez de seguir el orden cronológico in medias res rapit auditorem non secus ac notas, como dice Horacio, y hace contar al protagonista la parte más larga e interesante de sus aventuras, en realidad la acción se desarrolla en el espacio de los cincuenta y ocho días que median entre la reunión de los dioses en el Olimpo, en la que Atenea se lamenta de que Odiseo no haya regresado a su patria, con que comienza la rapsodia primera, hasta que la misma diosa reconcilia a Odiseo con su pueblo, hecho con el cual termina la última. Es esta epopeya algo más corta que la Ilíada (12 110 hexámetros, o sea 3 564 menos) y fue también dividida por los alejandrinos en veinticuatro partes que se citan por las letras minúsculas del alfabeto griego. Su argumento es, en breves palabras, el siguiente.
El poeta invoca a la musa para que le hable de aquel varón de multiforme ingenio que anduvo peregrinando largo tiempo y volvió por fin a su patria, sin haber podido salvar a sus compañeros. Ya todos los caudillos griegos que tuvieron parte en la guerra de Troya y lograron escapar de la muerte han regresado a sus hogares, con la única excepción de Odiseo, retenido en profunda caverna por Calipso, que desea tomarlo por esposo. Reúnense los dioses en el Olimpo, y Atenea, aprovechándose de la ausencia de Poseidón, se lamenta de la suerte de Odiseo y propone que Hermes vaya a decir a Calipso que le deje marchar, y que ella misma baje a Ítaca y, después de aconsejar a Telémaco que eche de su casa a los pretendientes de Penélope, lo lleve a Pilos y a Esparta para que adquiera noticias de su padre y consiga honrosa fama entre los hombres.
Atenea se transfigura en Mentes, rey de los tafios, desciende a Ítaca y, por su consejo, Telémaco reúne el ágora y pide que los pretendientes se abstengan de frecuentar su palacio y que el pueblo le dé una nave y remeros para ir a Pilos. Contéstanle los pretendientes que la culpa de todo la tiene Penélope, pues les engañó prometiéndoles que al terminar una tela (que tejía de día y deshacía por la noche) decidiría con quién se iba a casar, y que, en cuanto a lo del viaje, Telémaco podría seguir esperando en Ítaca las noticias de su padre. Disuelta el ágora, Telémaco se va a la orilla del mar e invoca a Atenea, que se le presenta bajo la figura de Méntor y pide una nave a Noemón, y enseguida se embarcan la diosa, Telémaco y los remeros.
Llegana Pilos, y el anciano Néstor cuenta cómo los griegos salieron de Troya y cómo fue asesinado Agamenón, pero no puede darles noticias de Odiseo; a petición de Atenea, Néstor facilita a Telémaco un carro y caballos para ir a Esparta, adonde llega a la puesta del sol del día siguiente, cuando Menelao celebraba la doble boda de su hijo Megapentes y de su hija Hermíone. Telémaco es reconocido por Helena, y Menelao le cuenta que, estando en Egipto, supo por Proteo que Odiseo estaba retenido en una isla por Calipso. Mientras tanto, los pretendientes se enteran de la partida de Telémaco y se ponen en emboscada en la isla de Ásteris para matarlo a su regreso: un heraldo revela su intento a Penélope, y esta es consolada durante el sueño por un fantasma que toma el aspecto de su hermana Iftima y le asegura que Telémaco volverá sano y salvo.
Vuelven a reunirse los dioses en el Olimpo, y Zeus, a ruego de Atenea, envía a Hermes para que mande a Calipso que deje partir a Odiseo; este construye una almadía, navega diecisiete días, tiene que luchar con una tempestad que desencadena Poseidón (el cual estaba irritado porque el cíclope, su hijo, había sido cegado por el héroe), consigue llegar a la desembocadura de un río de la tierra de los feacios, y se duerme debajo de un montón de hojarasca. Al día siguiente es despertado por los gritos de Nausícaa, hija del rey de los feacios, y de sus criadas, que habían lavado la ropa en el río y jugaban a la pelota; preséntase a la princesa, que le acoge benévolamente y le permite que vaya detrás de su carro hasta llegar a la ciudad; entra, por fin, en el palacio y se echa a los pies de la reina Arete. El rey Alcínoo promete que lo llevarán a su patria, Arete le pregunta quién es y de dónde viene, y el héroe, sin nombrarse todavía, cuenta cómo un dios lo llevó a la isla Ogigia y cómo, partiendo de ella, ha llegado a la tierra de los feacios. Alcínoo da un banquete a Odiseo y a los remeros que han de conducirlo a su patria; después lleva al héroe a la plaza donde los jóvenes se adiestran en varios juegos; y en la cena, el aedo Demódoco cuenta lo del caballo de madera, y Odiseo se echa a llorar como una mujer a quien matan el marido ante las puertas de la ciudad. Al notarlo, Alcínoo hace callar al aedo y pregunta a Odiseo quién es, de dónde viene, qué países ha recorrido y por qué llora al oír aquel canto.
Odiseo dice entonces cuál es su nombre y su patria, y refiere sus aventuras desde que salió de Troya, relatando sucesivamente lo que le ocurrió en el país de los cícones, cuya ciudad saqueó y ellos le mataron seis hombres de cada nave; en la tierra de los lotófagos, donde sus compañeros querían quedarse para comer el loto, dulce como la miel; en la comarca de los cíclopes, en la cual uno de estos se comía a sus compañeros y él lo cegó después de embriagarle; en la isla de Éolo, rey de los vientos, que se los dio encerrados en un pellejo atado con un hilo de plata; en Telépilo de Lamos, capital de la Lestrigonia, cuyos habitantes le destruyeron todas las naves menos aquella en que iba él; en la isla Eea, morada de Circe, que transformó sus compañcros en cerdos y les devolvió luego la figura humana; en el país de los cimerios, donde Odiseo consultó al adivino Tiresias, conversó con el alma de su madre y con algunos muertos ilustres y presenció ciertos suplicios de los condenados; en el mar, al pasar junto a las sirenas y por entre los escollos de Escila y Caribdis; en la isla Trinacia, donde los compañeros de Odiseo mataron algunas vacas del rebaño del Sol; y, finalmente, otra vez en el mar hasta que Zeus lanzó un rayo a la nave, perecieron los compañeros del héroe, y a los nueve días llegó este a la isla Ogigia, donde moraba Calipso. «El resto —dice finalmente Odiseo— os lo referí ayer y es enojoso repetir lo que se ha explicado claramente».
Terminado el relato, Odiseo se embarca, llega dormido a Ítaca y, al despertar, Atenea le hace reconocer que aquella es su patria, le convierte en un mendigo andrajoso y le aconseja que vaya a la cabaña del porquerizo Eumeo y permanezca allí hasta que regrese Telémaco.
Odiseo es acogido por el porquerizo, a quien, sin descubrirse, refiere una larga y supuesta historia; llega Telémaco, reconócense padre e hijo y trazan un plan de venganza contra los pretendientes; Telémaco se marcha, es recibido con gran alegría por su madre, a quien da cuenta del viaje, y un adivino profetiza la pronta llegada de Odiseo.
Eumeo lleva a Odiseo a la ciudad, y por el camino encuentran al cabrero Melantio, que les insulta. Cuando llegan al palacio, el perro Argos reconoce a su señor y quiere salirle al encuentro; pero, falto de fuerzas, cae sobre un montón de estiércol, mientras a Odiseo se le escapa una lágrima.
Odiseo entra en su casa, como si fuese un mendigo; pide a los pretendientes, y Antínoo le tira un escabel; riñe con el vagabundo Iro; esconde, ayudado por Telémaco y alumbrado por Atenea, las armas que colgaban de las paredes; habla luego con su esposa Penélope, a quien dice que es Etón, hermano de Idomeneo, y que hospedó a Odiseo cuando este se embarcó para Troya y fue echado a Creta por los vientos; durante el coloquio se deja lavar los pies por Euriclea, que lo reconoce por una cicatriz, pero él le impone silencio; y cuando Penélope le participa que quiere sacar el arco y las segures de Odiseo y prometer a los pretendientes que se irá con el que haga pasar una flecha por el ojo de aquellas, le dice que Odiseo vendrá antes que los pretendientes logren armar el arco y hagan pasar la flecha a través del hierro.
Al día siguiente, Odiseo recibe nuevos insultos de Melantio y de Ctesipo, que le tira una pata de buey. Mientras comen, Teoclímeno predice la muerte de los pretendientes y Penélope saca el arco, que nadie logra armar, por lo cual propone Antínoo que se aplace el certamen. Odiseo sale y se da a conocer a los pastores Eumeo y Filetio, a quienes encarga que vigilen la puerta de la sala; vuelve a entrar y pide que le dejen probar el arco, que por fin le da Eumeo; lo arma y hace pasar la flecha por entre las segures. Telémaco, comprendiendo que ha llegado la hora de la venganza, se pone al lado de su padre.
Odiseo dispara una flecha al pretendiente Antiíoo y le mata en el momento en que iba a beber una copa de vino. Alborótanse los pretendientes; el héroe se descubre diciéndoles que sin duda no esperaban que volviese a su casa; Eurímaco promete que le resarcirán de lo que le hayan comido y bebido, si quiere perdonarlos, y aquel le replica que no se abstendrá de matar hasta que todos hayan pagado las iniquidades cometidas. Eurímaco y Anfínomo desenvainan su espada contra Odiseo y son muertos por este y por Telémaco, el cual va luego en busca de armas para su padre, para él y para los dos pastores; pero deja abierta la habitación donde se hallaban, y Melantio da a su vez armas a los pretendientes hasta que Filetio y Eumeo lo cogen y lo cuelgan de una columna. Sigue la matanza. Atenea toma la figura de Méntor y anima a Odiseo, se transforma después en golondrina y desde lo alto de la sala presencia la lucha y espanta con su égida a los pretendientes; y Odiseo los va matando a todos, sin perdonar más que al aedo Femio y al heraldo Medonte. Las esclavas que sostenían culpables relaciones con los pretendientes retiran los cadáveres, limpian la sala y son ahorcadas. Y finalmente Odiseo purifica con azufre el palacio y se da a conocer a las esclavas fieles.
La anciana Euriclea sube a la estancia superior para anunciar a Penélope que ha vuelto su esposo; la reina no lo cree, pero va a ver a los pretendientes muertos y a quién los ha matado, y, temerosa de que la engañen, vacila en reconocer a Odiseo, diciendo a Telémaco que, si es aquel su esposo, ya se convencerá de ello por ciertas señales que los demás ignoran. Odiseo manda que todos se engalanen y bailen al son de la cítara, para que de este modo no se divulgue la noticia de la muerte de los pretendientes hasta que ellos salgan de la ciudad y se vayan al campo; pide luego que le aparejen la cama, y, como Penélope manda que la saquen de la habitación, se extraña porque aquella tenía por pie el tronco de un gran olivo alrededor del cual había labrado él mismo la cámara nupcial. Penélope se convence entonces de que aquel hombre es realmente Odiseo y se echa en sus brazos. Odiseo y Penélope se encaminan a su cámara nupcial, refiere ella lo que le habían hecho padecer los pretendientes y narra él cuantas aventuras le habían ocurrido desde que salió de Troya, duérmense, y, al aparecer la aurora, Odiseo, Telémaco y los dos pastores salen de la ciudad y se van al campo a ver a Laertes, padre del héroe.
Las almas de los pretendientes, guiadas por Hermes, llegan a la morada de Hades; Aquiles y Agamenón se asombran de que penetren en la oscura tierra tantos y tan selectos varones; y Antimedonte les refiere la vuelta de Odiseo a Ítaca y la venganza que ha tomado de ellos porque pretendían a su esposa.
Mientras tanto, Odiseo y los suyos se encaminan al predio de Laertes; Odiseo se da a conocer a su padre, y luego se sientan todos a la mesa con el pastor Dolio y sus hijos. Los ciudadanos de Ítaca se enteran de la horrorosa muerte de los pretendientes y corren a tomar las armas; Medonte y Haliterses les arengan y logran que más de la mitad se vuelvan a sus casas; los demás, capitaneados por Eupites, padre de Antínoo, dirígense contra Odiseo; este mata a Eupites; y Atenea, transfigurada en Méntor, reconcilia al rey con su pueblo, haciendo que juren la paz entrambas partes. Tal es el fin de la Odisea.
Se han conservado más de 150 códices de la Ilíada y unos 75 de la Odisea, que han sido clasificados por Allen en sendos grupos de 17 familias; y se poseen, según Schubart, más de 230 papiros con fragmentos del primer poema y unos 70 con otros del segundo.
La editio princeps de las poesías de Homero fue publicada por Demetrio Chalcondylas en Florencia en 1488 y ha sido seguida de otras muchas, entre las cuales pueden citarse la de Enrique Esteban (1566), Clarke y Ernesti (1756), Wolf (1794), Heyne (1802), Haymann (1806), Payne-Knight (1820), Dindorf (1826), Spitzner (1832), Faesi (1849), Ameis (1856), Bekker (1858), La Roche (1867), Pierron (1869 y 1875), Nauck (1874), Merry y Ridd (1875), Leaf (1886), J. van Leuwen y M. B. Mendes de Costa (1887 y 1908), Platt (1892), Ludwich (1889), Monro y Allen (1901 y 1908), Festa, Bérard (Odisea, 1924). Prescindiendo de la variedad de formas que presentan algunas palabras y atendiendo solo al significado, que es lo único que interesa al traductor, las discrepancias entre el texto de los distintos códices son pocas y de no mucha importancia, de tal suerte que, como ha dicho Leaf, tomando al azar dos códices cualesquiera, puede formarse una lección apreciable.
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No podemos, en el breve espacio que se nos ha concedido para la presente introducción, hacer un estudio de estas obras inmortales, ni recopilar siquiera lo más importante que acerca de ellas han opinado los críticos de todas las épocas. Notaremos tan solo, además de la grandiosidad incomparable de los poemas homéricos, las siguientes particularidades que tanto los distinguen.
La unidad, dramática en la Ilíada por fundarse en las escenas de la disputa de Agamenón y Aquiles y de la reconciliación de ambos a causa de la muerte de Patroclo, y debida a la preeminencia de la figura del protagonista en la Odisea, la cual unidad resplandece en ambos poemas a pesar de las interpolaciones que han sufrido y no se opone a la variedad de su acción, de sus personajes, de sus episodios y hasta (en la Odisea) de los distintos lugares adonde sucesivamente nos traslada el poeta.
El espíritu caballeresco de la Ilíada y la serie de elementos populares que se han acumulado en el viaje, en parte por lugares conocidos y en parte por regiones fantásticas, que forma el asunto de la Odisea.
Los caracteres tan magistralmente delineados de los personajes, que solo hallan parangón con los de otro genio, con los de Shakespeare. Cada personaje tiene uno o varios epítetos o leitmotivs, que el poeta tomó seguramente de la tradición o de la leyenda, y que expresan los rasgos más salientes del dios o héroe a quien se aplican. El próvido Zeus, la Aurora de dedos de rosa, Aquiles el de los pies ligeros, el ingenioso Odiseo, la prudente Penélope, Ártemis que se complace en las flechas, Hera la de trono de oro, etc., son ejemplos de cómo el pueblo había caracterizado a cada personaje con la indicación de alguna de sus cualidades más relevantes.
El arte exquisito con que andan maravillosamente combinados el candor de la poesía popular y el artificio de la erudita.
Los discursos, que son muy apropiados al carácter de los respectivos personajes y contienen en germen las distintas clases de oratoria.
La habilidad con que el poeta sabe convertir la descripción en acción cuando quiere presentarnos cosas, como la armadura de Agamenón y el escudo de Aquiles, que hubieran dado lugar en un autor menos genial a una fría y prosaica enumeración.
El gran conocimiento del corazón humano que revelan escenas como la despedida de Héctor y Andrómaca, la embajada a Aquiles, las súplicas de Príamo a Aquiles, la autopresentación de Odiseo a Nausícaa, la impresión que causa en Odiseo su reconocimiento por el perro Argos a los veinte años de su partida de Ítaca, etc.
La maestría de la composición, en la cual, a pesar de haberse aprovechado cantos más antiguos, resalta la personalidad inconfundible de su autor.
La sencillez y claridad del estilo de Homero, que no tiene par en la literatura universal, y la magia con que el poeta embellece todo lo que trata y, por consiguiente, la vida humana, por lo cual, como dice Lang, es un poeta para todas las edades, razas y situaciones; sus poemas, junto con las Sagradas Escrituras y las obras de Shakespeare, son la mejor preparación para la vida; es esencialmente realista y a la vez el más romántico que pueda encontrarse; es, en una palabra, un poeta de oro macizo, universal como la humanidad, simple como la niñez, musical a veces como el fluir de sus propios ríos y en otras ocasiones como el pesado tumbo de su océano.
Por último, forman las epopeyas homéricas el panorama más acabado, el eco más fiel de las primeras épocas históricas de la raza griega, y contienen tantos y tales ejemplos de heroísmo, de amor patrio, de fidelidad conyugal, de respeto a los ancianos, de buen acogimiento al peregrino, de amistad, de caballerosidad hasta con los enemigos, etc., que con razón ha podido decir un santo escritor que toda la poesía de Homero es un elogio de la virtud, salvo lo puramente accesorio.
Es indudable que, de los dos poemas atribuidos a Homero, el más simple y patético, el de carácter más histórico y el más perfecto literariamente hablando, es la Ilíada; pero el más humano y el más interesante para la mayoría de los lectores es la Odisea. Esta parece ser la más moderna a juzgar por los caracteres que presenta, como son, por ejemplo, una concepción más pura de la divinidad, gran parsimonia en el uso de las comparaciones, mayor artificio, predominio de la descripción sobre la acción, abundancia de nombres abstractos en el lenguaje, y pintura más completa de la vida humana, de la cual es un hermoso espejo a juicio del estagirita. Longino o, por mejor decir, el autor del tratado De lo sublime, echa de menos en la Odisea el vigor, la sublimidad, la profusión de afectos y pasiones, el nervio oratorio y la multitud de imágenes de la Ilíada; de suerte, dice, que puede compararse a Homero en la Odisea con el sol en su ocaso, el cual no tiene fuerza ni ardor en los rayos, pero guarda todavía su magnitud; y atribuye este poema a la vejez de Homero, porque los grandes escritores y poetas, cuando les falta el vigor del ingenio para lo patético, se dan a pintar las costumbres. Pero si, mirada la Odisea a la luz del arte, resulta inferior a la Ilíada, lo mismo en el trazado del plan que en la variedad de la obra, son tan típicos, sin dejar de ser concretos y vivientes, los caracteres de algunos de sus personajes, como el ingenioso y paciente Odiseo, la graciosa Nausícaa, la casta y discreta Penélope, el orgulloso Antínoo, el fiel porquerizo Eumeo, la cariñosa nodriza Euriclea, el primeramente tímido y luego valeroso Telémaco, el cruel cíclope, y las bellas ninfas Circe y Calipso; tan encantador el viaje que nos describe por regiones maravillosas en las que aparecen gigantes antropófagos, cíclopes, sirenas, escollos y monstruos como Escila y Caribdis, almas de los muertos, ninfas, etc.; tan graduada la progresión del interés hasta que llega el desenlace, no por previsto menos conmovedor; y tantas y tan variadas las escenas del poema, que causa una impresión más agradable que la propia Ilíada. Las frases del lenguaje usual que proceden de la Odisea y los elementos que la misma ha proporcionado al folclore de las naciones modernas (la tela de Penélope, el suplicio de Tántalo, Escila y Caribdis, el cíclope Polifemo, las sirenas, etc.) demuestran que ha sido siempre el más popular de los poemas homéricos.
La Batracomiomaquia
La Batracomiomaquia, o Lucha de las ranas con los ratones, es un poemita heroicómico de corta extensión (305 hexámetros) que parodia la Ilíada cantando con toda la pompa épica una batalla sostenida por aquellos animales.
El poeta invoca el coro de las musas, pues se dispone a cantar la guerra que los ratones movieron a las ranas, imitando las proezas de los gigantes, hijos de la Tierra.
Un ratón sediento, que acaba de librarse de la persecución de una comadreja, bebe la dulce agua de un lago cuando lo ve una vocinglera rana, la cual le pregunta quién es, de dónde viene y quién lo ha engendrado; le dice que si le considera digno de ser su amigo lo llevará a su casa y le ofrecerá los dones de la hospitalidad; y le cuenta que se llama Hinchacarrillos y es el rey de las ranas.
Responde el ratón que su linaje es conocido de los hombres, de los dioses y de las aves; que se llama Hurtamigas y es hijo de Roepán y Lamemuelas; que no podrá ser su amigo por tener distinta naturaleza, ya que la rana vive en el agua, y él, entre los hombres; que no teme el combate ni al hombre, pero sí al gavilán, a la comadreja y a la ratonera, y que no come rábanos, coles, calabazas ni apio, que son los alimentos de los habitantes de la laguna. Hinchacarrillos le contesta, sonriendo, que mucho se envanece por su comida, que también las ranas tienen cosas admirables así en el lago como en tierra firme, y que, si quiere verlo, puede subirse a su espalda y le llevará a su palacio.
El ratón, con fácil salto, se acomoda en la espalda de la rana, y esta empieza a nadar; pero aparece de súbito una hidra, la rana se sumerge para evitar la muerte, y el ratón se ahoga después de decir que Hinchacarrillos pagará, por su mala acción, la debida pena al ejército de los ratones.
El ratón Lameplatos, que se hallaba en la orilla del lago, presencia el triste fin de Hurtamigas y, dando horribles chillidos, corre a participarlo a los ratones. Estos se reúnen, y Roepán, padre del muerto, exhorta a los ratones a que se armen y ataquen a las ranas: al punto se ponen por grebas vainas de habas, y por corazas, pieles con cañas; toman por escudos tapas de candiles; empuñan por lanzas larguísimas agujas; y cubren su cabeza con cáscaras de nueces.
Al notarlo, las ranas salen del agua y discuten sobre la causa de aquel levantamiento, cuando llega el heraldo Penetraollas y les hace la funesta declaración de guerra.
Las ranas acusan a Hinchacarrillos, que niega haber dado muerte al ratón y aconseja que todos se armen y se pongan en lo más alto de la ribera; y así que vengan los ratones, los tiren al agua para que se ahoguen. Obedecen prestamente las ranas: cubren sus piernas con hojas de malva, pónense corazas hechas de acelgas, transforman en escudos unas hojas de col, empuñan lanzas que son puntiagudos juncos, cubren su cabeza con conchas de caracol, y enseguida pónense en orden de batalla en lo alto de la ribera, llenas de furor.
Zeus llama a las deidades al estrellado cielo y pregunta quiénes ayudarán a los ratones y quiénes a las ranas. Atenea responde que no combatirá a favor de los unos ni de los otros, y que los dioses, para no exponerse a recibir alguna herida, deben contemplar desde el cielo la contienda.
En esto los cínifes preludian, con grandes trompetas, el fragor del combate; Zeus truena en el cielo, dando la señal de la terrible lucha; y empieza la batalla, que el poeta describe minuciosamente. Al fin las ranas son derrotadas y, al oír las bravatas del ratón Robaparte, Zeus intenta inútilmente mandar contra él a Palas y a Ares, lanza el rayo, que no hace desistir a los ratones, y por fin envía para auxiliar a las ranas unos animales de espaldas como yunques, de marcha oblicua, de bocas como tijeras, que miran por el pecho y tienen ocho pies y dos cabezas: son cangrejos, que con sus bocas cortan las colas, los pies y las manos de los ratones. Estos se dan a la fuga, y al ponerse el sol termina aquella batalla que había durado un día entero.
Se han conservado de este poema más de setenta códices que han sido clasificados por Ludwich y Allen en doce familias.
Es la Batracomiomaquia el más antiguo poema heroicómico que conocemos, y, aunque en realidad consiste en una mera imitación de la Ilíada, no dejan de ofrecer originalidad algunos de sus detalles, como son, por ejemplo, los nombres de los personajes y las respectivas armaduras de los ejércitos. Es evidente que no es de Homero. Algunos lo atribuyen a Pigres, hermano de la reina Artemisia, que tomó parte en la batalla de Salamina como aliada de Jerjes.

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Los himnos o proemios
En las grandes fiestas, después de los sacrificios y demás ceremonias religiosas, acostumbraba celebrarse un certamen de cantores (aedos, o, más probablemente, rapsodos), los cuales invocaban primeramente a un dios y luego cantaban composiciones épicas.
La invocación al dios se hacía por medio de unos cantos que al principio debieron de ser muy breves, más tarde se fueron alargando para que narraran alguna proeza de la deidad a quien se celebraba, y acabaron por ser verdaderos poemas.
A tales cantos se les daba el impropio nombre de himnos o el más apropiado de proemios; y de ellos nos ha quedado una colección de treinta y tres de desigual extensión, que ha sido atribuida falsamente a Homero, pues sus autores fueron sin duda rapsodos del Asia Menor que vivieron desde la época homérica a la de las guerras médicas.
Se han conservado de los himnos unos treinta códices que Allen agrupa en cuatro familias.
Los epigramas
En varias ediciones de las obras atribuidas a Homero figuran diecisiete breves composiciones a que se da el nombre de epigramas (o sea, inscripciones), que solo conviene a dos de ellas, es a saber, a la III y a la XVII, que son los epitafios del rey Midas y del propio Homero.
El hermosísimo epitafio del rey Midas, que estaba grabado en su tumba, en Larisa, consta de seis versos y gozó de gran fama en la Antigüedad, que lo atribuyó unas veces a Homero y otras a Cleobulo de Lindos, uno de los siete sabios.
El de Homero consta de dos versos y canta con sublime sencillez la gloria del poeta.
Las demás poesías son de índole y origen diversos. Hay entre ellas dos típicos cantos populares (XIV, El horno o el vaso de arcilla; XV, Canción de mendigo); una invocación a Poseidón para que proteja una nave (VI, A Poseidón), y una súplica a los marineros para que admitan al poeta (IX, A los marineros); cantos en honor de distintas ciudades (I, A los neotiquenses; II, Estando para regresar a Cime; VII, A la ciudad de Eritrea) y lamentos del aedo por no haber sido acogido en la de Cime o Cumas (IV, A los cimeos); un fragmento de un poema de carácter moral, semejante a los de Hesíodo (XI, A Glauco el cabrero); una alabanza del hogar (XIII, A la casa de los cofratricios); un pensamiento sobre lo difícil que es conocerse a sí mismo (V, Al Testórida); una exhortación a los marineros para que reverencien la majestad de Zeus (VIII, A los marineros); una plegaria a Apolo, que quizás sea el primer modelo de los llamados himnos de invocación (κλητικοί), para que una sacerdotisa de Samos corresponda al amor del anciano poeta (XII, A una sacerdotisa de Samos); unos versos a un pino (X, A un pino), y un enigma expresado en un diálogo entre pescadores (XVI, A los pescadores).
Todo ello revela una época más reflexiva y, por tanto, los anónimos autores de tales versos debieron de vivir mucho más tarde que Homero.
Los fragmentos
Ponemos, por último, la versión de cincuenta y seis fragmentos de los poemas cíclicos, pues estos vienen a ser un complemento de la Ilíada y la Odisea, así los del ciclo troyano, que desarrollan la misma leyenda, como los del tebano, que se unieron a aquellos y a otros para formar el ciclo épico.
No hemos traducido todos los fragmentos, sino solo aquellos que, perteneciendo al Margites, a los poemas del ciclo troyano (Cipríada, Etiópida, Destrucción de Troya y Regresos), al de la Toma de Ecalia, y a los del ciclo tebano (Edipodia, Tebaida y Epígones), pueden interesar al lector por su extensión y especialmente por su contenido.
Para la versión de estos fragmentos nos hemos servido del texto publicado por Allen, en cuya obra podrá ver el lector cómo han llegado hasta nosotros.
📚 Fuentes y aclaraciones
Este texto, de Luis Segalá y Estalella (1873-1938), fue publicado en 1927 en Obras completas de Homero. Se encuentra en dominio público porque el autor murió hace más de 80 años.
Mi versión para AcademiaLatin.com está basada en este escaneado cuya fuente primaria desconozco. Más allá de transcribir, he modernizado algo la ortografía y la puntuación; también he tratado de aligerar los párrafos dividiendo los más largos cuando tenía sentido. No se incluyen las notas al pie ni el apartado «Homero en España y en Hispanoamérica».
La imagen destacada es Homero canta, de Karl Becker (1820-1900).
📝 Licencia
Esta transcripción la he hecho yo mismo para publicarla en AcademiaLatin.com. El texto original se encuentra en dominio público, por lo que lo lógico es que la mera transcripción esté en dominio público.
Sin embargo, además de la transcripción y publicación del texto en dominio público, hay también cierto trabajo de edición (corrección, modernización de ortografía y puntuación, etc.) por mi parte, por lo que, si no es molestia, agradecería que el material se usara con licencia Creative Commons BY: sin ninguna restricción, pero con atribución a AcademiaLatin.com y, si es posible, un enlace a la página de la que se ha tomado el texto.
Puntualización: las grabaciones (vídeos de YouTube, audios en Spotify, etc.) que yo pueda tener publicadas a partir del texto no son de dominio público, sino que las publico con una especie de licencia Creative Commons BY-NC-SA; en resumen: puedes embeberlos (insertarlos) en tu web/plataforma, pero no puedes descargarlos para resubirlos.
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