A continuación tienes la transcripción (revisada y algo modificada) del Strategikós de Onosandro (u Onasandro, u Onesandro, a veces apodado Platónico), de la mano de Tomás de Rebolledo (siglos XVI-XVII); más información.
💡 Léanse los extras: la dedicatoria a don García de Toledo Osorio, el aviso al lector y el anexo «Las partes y cualidades que debe tener un perfecto maestro de campo general de un ejército», etc.
La doctrina de andar a caballo, de cazar, pescar, industriar y de cultivar los campos, juzgo que se debe escribir a aquellos que se inclinan y gustan de tales cosas, mas la consideración del oficio del capitán general pienso, oh, Quinto Veranio, que convenga más a los romanos que a otra gente, y en particular a los que en cargos públicos preceden a los demás, como son el orden senatorio, y asimismo a los que por decreto de César Augusto y por el verdadero conocimiento que tienen de tal oficio, y por la singular experiencia de muchas y grandes cosas, y por la dignidad y merecimiento de sus predecesores, han llegado al supremo honor del consulado y a ser ilustres capitanes, y aunque creo que a los tales se deba dedicar semejante obra más por referir en ella sus hechos heroicos que por darles doctrina, de lo que tienen muy sabido en materia de gobernar ejércitos.
Me he movido a escribir esta materia porque muchos, cuanto más ignorantes son de ella y menos experimentados, haciendo mal juicio de las cosas ajenas, temerariamente las menosprecian y reprenden así como los inteligentes y bien enseñados con el perfecto conocimiento de las cosas mirando con buenos ojos las acciones de otros, las han alabado y ensalzado, por lo cual, aunque sé que lo que escribo a muchos parecerán cosas viejas y sabidas, no dejaré por eso de llevar la materia al fin: antes, con mayor deseo perseveraré dando preceptos útiles no solo de formar perfectos capitanes, mas de maestros de milicia. Fuera de lo dicho, me juzgaré venturoso si en mi escritura pareciere apto de significar con palabras lo que los romanos, por medio de su valor e industria obraron, por lo cual, pareciéndome que este mi trabajo será alabado y aprobado de semejantes personas, me atreveré a decir que en esta obra hay consejos de capitanes ilustres aun en el tiempo felicísimo de paz, y se podrá ver y discernir de dónde ha procedido y puede proceder en todas las ocasiones vencer con suma gloria o quedar míseramente vencidos; y finalmente, para que de dichos documentos quede esclarecida aquella singular virtud romana de donde ellos han salido, pues ningún rey ni nación, por diligentes que en la disciplina militar hayan sido, se han podido igualar con ella, pues de ella ha procedido tanta grandeza y estabilidad a su imperio, ni puedo imaginar ni fundar en otra razón la extensión de los confines de Italia hasta las más remotas partes del orbe, si no en las obras ilustres, en hechos de armas gobernadas por consejo y prudencia de tan gloriosa industria como la romana.
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Y aunque debemos siempre desear tener la fortuna próspera, pero no de manera que, teniéndola por señora de todo, nos olvidemos de administrar y gobernar las cosas con prudencia, pues es cierto que ni toda la desdicha a la fortuna ni toda la felicidad a nuestro buen modo atribuir se debe, y, así como es cosa sin razón, o del todo librar de culpa al mal gobernador de las cosas públicas con excusa de su adversa fortuna, así también lo es atribuir la gloria de las empresas a la prudencia sola del capitán.
Y pues los hombres son naturalmente inclinados a dar fe a las cosas que los escritores refieren haberse obrado y experimentado, por grandes y dificultosas que sean, teniendo al contrario por falsas las que no se han reducido a acto práctico, por fáciles y hacederas que sean; por tanto, digo que todo lo que pienso decir lo he sacado de los hechos heroicos de aquellos padres y príncipes del nombre romano, cuya virtud excelente tiene hasta el día de hoy el principado sin contradicción alguna, y en este pequeño tratado no se comprenderá cosa hecha apresurada, tímida ni imprudente: antes, fueron de tan sabio consejo en el arte militar, tan especulativos en cuanto emprendieron, que, con haber combatido con naciones cuyas armas les eran ignotas, con todo eso, las sobrepujaron y vencieron.
De esta fuente, pues, de los hechos valerosos romanos he sacado este mi libro, y no lo he copiado de algún autor, porque verdaderamente es mayor alabanza de un escritor saber recopilar obras heroicas, aunque ajenas, que copiar escritos de otros, por bien ordenados que sean.
Qué partes ha de tener el capitán general
No son del todo necesarias en el capitán la nobleza del linaje ni los bienes de fortuna, si bien, de estas, la una lo sea en la elección de los sacerdotes, y la otra, en los presidentes de juegos y fiestas públicas; pero sonle necesarias la templanza, continencia, sobriedad, escasez y simplicidad del victo, ser paciente en los trabajos, de ingenio pronto, lejos de toda avaricia, de media edad, que tenga hijos, sea elocuente y de buena fama y opinión.
Digo que sea templado para que, tratando cosas de momento, no se deje llevar de superfluas comodidades que suelen entorpecer el ánimo.
Sea continente, para no dejarse llevar de la ira y apetito desenfrenado en las ocasiones que de necesidad conviene disimulación, y el que no tuviere esta parte no podrá fácilmente abstenerse de semejante juicio.
Sea sobrio, para que con más comodidad pueda estar vigilante en las cosas y ocurrencias de mucha importancia, porque, en el tiempo de la noche y del reposo con la quietud del ánimo, los consejos de los capitanes más perfectamente se pueden discernir y determinar.
Sea parco y simple en el victo, porque la vianda llena de delicadezas y la mucha diligencia y cuidado en las comidas corrompen el ánimo de tal manera que el tiempo que se debería gastar en los negocios lo gastan en esto vanamente.
Debe ser pronto de ingenio y, como dice Homero, volante, a fin que con el pensamiento discurra velozmente en todas las cosas y con el ánimo haga juicio y casi adivine y anteuea lo que pudiere suceder, porque pueden sobrevenir accidentes no antevistos ni esperados, y el capitán general que no tuviere estas partes será forzado a tomar consejo aceleradamente y sin ninguna prevención, y cometer temerariamete a la discreción de la fortuna la salud de las cosas.
No sea avaro ni codicioso, y de este vicio principalmente se debe guardar, porque, si no se abstuviere de él y de recibir presentes, aunque sea gallardo de ánimo y persona, serán bastantes estos vicios para oponerse a las armas y al ejército, y quitarle la victoria de las manos.
He dicho que importa que el capitán general no sea ni muy viejo ni muy mozo, porque el uno puede ser obstinado a no dar crédito a cosas convenientes, y el otro, flojo y vano en obrar, por lo que el uno ni el otro serán aptos al manejo de cosas tan arduas, y así debe ser de media edad, en que reinan las fuerzas del cuerpo y la prudencia del ánimo, y si alguno aprobare para semejante oficio la gallardía y las fuerzas del cuerpo sin la prudencia del ánimo, y símilmente el ingenio sin las fuerzas, tenga por cierto que lo errará, porque, así como el cuerpo aquí, en falta la prudencia, es de poco valor en el aconsejar, también el ánimo a quien faltan las fuerzas, y los ministros no podrán cómodamente ni con utilidad hacer empresa alguna, mas aquel que es dotado de ambas cosas podrá con facilidad conseguirlas, y como amado de todos libremente, y con verdadera afición de ánimo, prontamente lo obedecen dando entera fe a sus palabras, y en cualquier peligro que se meta, los unos en competencia de los otros acuden a ayudarle.
Habemos juzgado que se deba elegir al que tuviere hijos, mas no por esto se debe excluir a quien no los tiene (y más si fuese fuerte y prudente), porque, si los hijos fueren de tierna edad, obligan de todo punto el ánimo del padre y, como rehenes dados a la patria, han fuerza de infundir en él una maravillosa fe y casi una aguda espuela que le pica el ánimo contra los enemigos; y si son de edad, con las armas, con la fidelidad, con el consejo, con la solicitud acompañándole en los trabajos y en el gobierno y fielmente sirviéndole en las cosas secretas, pueden agregar a la república grandísimas utilidades.
Sea elocuente, con gracia en el hablar, porque de esto en las ocasiones de la guerra se puede seguir mucha utilidad y, habiéndose de ordenar los escuadrones para la batalla con acomodado parlamento, fácilmente persuadirá a cada uno a despreciar todo peligro y atender a la gloriosa empresa; no el son de la trompeta tanto podrá encender los ánimos a tomar las armas y combatir valerosamente cuanto el convenible y, según el tiempo, acomodado parlamento del capitán conmoviéndoles a grandes hechos por codicia de la virtud y deseo de la gloria, y, si fuere necesario de consolar los ánimos afligidos por alguna mala voz o desconfianza, sus palabras serán como medicina, que aligerarán la gravedad de los accidentes que conciben.
Y juzgo que en la elección del capitán se debe hacer mucho caso de la reputación y nobleza de sus pasados, pero, donde no sea, no por eso se debe reputar por indigno de este cargo al que no lo fuere; y como en los caballos queremos experimentar la fortaleza y bondad, y no aquello que parece exteriormente, así soy de opinión que se ha de hacer juicio de la nobleza de los hombres, y parece extraña cosa no considerar muy atentamente quién y cuáles han de ser aquellos a quien se ha de cometer la defensa y conservación de la república. También es cosa del todo inicua, y que en ningún modo por ley y orden de guerra es conveniente deliberar, que aquellos que en las empresas y ocasiones se han habido con valor no se les den premios y honores por no ser nacidos de padres nobilísimos, y juzgar después que solo le haya de elegir por capitán general al que tiene origen de valerosos y nobles progenitores, y no a los en quien resplandece su propia virtud, pues nadie puede dudar que la virtud presente debe ser antepuesta a la pasada. Y de estos se puede esperar que saldrán excelentes capitanes sin que les divierta y desvanezca la jactancia de estirpe famosa e ilustre, deseando con su propio valor dar luz a la oscuridad de su linaje, y al fin con ánimo quieto y pronto se disponen a todo peligro. Verdad es que suelen retener su hacienda con menos liberalidad, mas, como no pueden valerse de la fama y de la gloria de sus padres como de cosa hereditaria, la reparten, procurando por este medio agregar se mayor reputación.
Sea, pues, la conclusión que, lo primero de todo, el capitán ha de ser valeroso, venturoso, menos preciador de las riquezas.
En segundo lugar, noble de gran linaje y rico, y de cualquiera manera benigno cuando convenga, riguroso en su lugar y siempre solícito, y diligente. Y no por esto se debe refutar el pobre, aunque no sea nacido de ilustres progenitores, si es estimado por su propia virtud.
Después que se haya elegido y tomado posesión de su cargo, sea apacible y benigno a todos cuantos militaren debajo de su mano, pero esto no lo ha de mostrar de manera que venga a ser despreciado, ni tampoco sea tan altivo y duro que mueva a que le tengan odio, que de ambas cosas se podrán seguir gravísimos daños.

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De las condiciones de los demás oficiales
Debe con grande cuidado el capitán general elegir los decuriones, centuriones y en orden los demás oficiales del ejército según la ocasión y la gente lo pidiere, procurando que los escogidos sean de tales partes que su virtud sea claramente conocida y que corran parejas el ánimo con la gallardía y fidelidad a la patria, y en esta elección no importa que se escojan los nobles y ricos, porque no se ha de elegir solamente uno o dos, que entre pocos y bien doctrinados sería fácil la elección.
Pero, haciéndose esta con buen orden y provechosamente, los más ricos y nobles son muy importantes y de mucho provecho a la república, mayormente cuando se ofrece tal empresa que, en hacerla, es menester presteza, porque los tales pueden con más comodidad dar algún soccorro a los soldados y gastar liberalmente, que la liberalidad de los príncipes y oficiales, aunque sea pequeña, cuando se da en ocasión adquiere grandísima voluntad en los soldados y da seguridad y firmeza en las empresas, y cada uno esperará alcanzar puestos mayores, procediendo con valor en las ocasiones cuando conoce que en las cosas pequeñas la liberalidad del capitán nace de la propia benignidad de su ánimo.
De los consejeros
Ultra de lo dicho, es necesario que el capitán general tenga cerca de su persona algunos muy capaces inteligentes del ejercicio militar con quien aconsejarse, pero esto ha de ser con tal moderación que ni el capitán general se fíe del todo de sus consejos, ni menos de su solo parecer, pues lo uno y lo otro le puede engañar; pero sea o procure ser tan entendido y experimentado que el parecer de sus consejeros no le sirva más que de motivo para sacar en limpio la verdad de la resolución que desea saber, porque verdaderamente el que muy confiado de sí mismo emprende las ocasiones, sin tomar consejo, cae en errores, de que no tiene excusa, y el que mucho se fía solamente de consejo se hace esclavo y, si alcanzare la victoria, carecerá de gloria.
Que la guerra no se debe mover sin justas causas
Si es cosa cierta que Dios, como suma justicia y bondad, no ayuda ni favorece injustas empresas, y, por lo contrario, aunque la guerra sea especie de crueldad, con todo eso, para castigo de pecados y sin razones, está aprobada por derecho divino, en el cual caso la razón y justicia de la empresa mueve los ánimos de los soldados a pelear valerosamente y observar tus órdenes, creyendo que no de tu propria voluntad y deseo de venganza, o hacer injuria a otro, mas incitado y provocado, tomas las armas, si sí pensasen lo contrario, podrán entrar en sospecha que la guerra es injusta y que Dios les puede castigar; y esta opinión les puede tener con temor, de manera que conviene justificarla a boca o por medio de embajadores para que, o pidiendo las cosas justas, o negando las injustas, parezca que eres provocado a tomar las armas, poniendo por testigo a Dios y a los hombres que no las tomas, ni haces la guerra por desprecio, ni temerariamente.
Porque no solo en la fábrica de las casas y otros edificios conviene poner firmes fundamentos, a fin que por la flaqueza de los cimientos no se caiga el edificio, mas con la razón, solicitud, y advertencia se han de fundar y establecer los principios de la guerra, y después sacar en campaña la gente y mover el ejército, imitando al experto capitán de la nave, el cual, primero que sale del puerto para entrar en el mar, la provee y guarnece de todas las cosas que le pertenecen, y, cuanto le es posible, la arma y adorna, y después se mete al viaje, porque es cosa peligrosa haber hecho demostraciones y movimientos de guerra conduciendo gente por tierra y por mar, y, después de la prevención, parar o en el medio del curso volver la proa y vituperosamente retirarse, o poner temerariamente a peligro el estado de todas las cosas, y serás de todos tenido en poco y de poco valor, quedando sujeto a todo género de injuria.
Y aun otra cosa peor, que es dejar ofendido al enemigo para tomar venganza contra quien emprendió contra él la guerra, más por la mala intención con que la emprendió que no por el daño que hizo con esa.
Del modo que se debe tener en sacar el ejército y marchar con él
Al tiempo de sacar fuera o hacer mover el ejército, es bien que los capitanes y soldados se compongan con Dios, examinando sus conciencias y dejando las ocasiones y escándalos que las pueden tener inquietas, y, en comenzando a marchar, vaya siempre en ordenanza, por más que sean largas las jornadas y seguro el país, pues de esta manera los soldados se enseñarán a estar en su lugar, a obedecer a sus superiores y a seguir sus conmilitones o camaradas, quedando de aquí advertidos y acostumbrados para cuando marcharen por tierras de enemigos, no solo a los asaltos repentinos, mas al ejercicio de caminar con las armas por lugares ásperos y escabrosos.
Cuanto al espacio que ha de ocupar el ejército que marcha, no se puede dar regla cierta, pero se deja a la discreción y experiencia del capitán general, considerando el sitio y postura del lugar por donde camina, no ensanchando su campo, de manera que, por estar lejos unos de otros, no se puedan en las ocasiones socorrer, ni estrechándolo, de manera que el enemigo le pueda cercar y impedir, y ha sucedido muchas veces, principalmente en tiempo de noche, por ir muy lejos la retaguardia de la avanguardia, y queriendo esta socorrer a aquella, o al contrario sospechar los unos que los otros eran enemigos, darse la batalla, de manera que en todo caso es mejor inclinar a llevar recogido el escuadrón, y en forma cuadrada para poderse ayudar unos a otros y por todas partes.
La vitualla y todas las demás municiones y pertrechos de guerra es bien en todo caso que se lleven marchando en medio del ejército, excepto si los lugares por donde se camina fueren seguros, que en este caso pueden ir en la vanguardia o retaguardia. Pero no lo siendo, en aquella parte se deben poner los más valerosos soldados de donde se teme que haya de asaltar el enemigo.
Asimismo se deben enviar algunas personas a caballo que vayan atalayando y descubriendo los lugares por donde se ha de pasar, principalmente si se camina por tierra montañosa y donde hay bosques o grandes desiertos, donde puede estar escondido el enemigo, y asaltarle de repente, a lo cual el prudente capitán, previniendo esto, puede alcanzar mucha gloria de su enemigo dañándole por una parte y por otra guardando de todo daño su ejército. Si la campaña fuere llana y descubierta, no tiene tanta necesidad de adalides, a lo menos de enviarlos tan lejos, pues de día el polvo y de noche los fuegos descubren al enemigo.
Cuando se camina, no parece acertado llevar la gente deprisa, por que no se hallen cansados a tiempo del combatir, ni menos hacerla caminar de noche con descomodidad y no pequeño trabajo, si no es que la necesidad obligue a asaltar de repente al enemigo o a tomar algún puesto antes que él, para que por su medio le puedas ser superior, todo lo cual se hace mejor y más seguramente de noche, con tal que no se tema de alguna asechanza habiendo de llegar a las manos.
Habiendo de caminar por tierras de amigos, es acertado, y aun necesario, ordenar a los soldados que no toquen ni gasten cosa alguna como cosa que la han menester para sí, pues es propio lo que es de los amigos, y es muy peligroso gastar las voluntades de quien de amigo se puede volver enemigo.
Las tierras y haciendas de los enemigos se deben destruir como materia con que ellos pueden hacer la guerra, y que, quitadas, quedan humillados, como a quien falta el fomento de ella; esto se debe entender después que para tu gente hubieres recogido lo mejor y lo que te basta para sustentarla. Asimismo será bien que, antes de destruir las tierras de tus enemigos, se lo avises amenazándolos y obligándolos a rendirse por medio de la futura calamidad, porque, después de hecha, viendo que contra ellos se ha hecho lo posible, no quedando por eso humillados, pareciéndoles que ya no hay más que hacer, o ya por desesperación, o ya por alguna esperanza oculta, se resuelven a hacer el último conato, teniendo en poco a su enemigo de que podría resultar daño nunca pensado trocándose la suerte de las cosas.
Habiendo aparejado y puesto en orden tus gentes, no debes estar mucho en tu tierra, ni menos en la de tus confederados, porque no sea mayor el daño que haces de presente a ti y a tus amigos, que esperan de futuro tus enemigos por tu llegada, mas debes pasar con la prisa posible a su tierra, la cual, siendo fértil y abundante, o te dará lo necesario para sustentar tu ejército o a lo menos harás mal a tus enemigos con gusto y sin daño de tus amigos.
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Debes tener gran cuidado que vengan seguramente los que a tu ejército, así de tierra como de mar, quieran traer lo necesario, y no sean impedidos: antes, franca y libremente y sin peligro, puedan hacerlo, pues de otra manera te faltaría lo necesario y serías perdido.
Si hubieres de pasar por lugares estrechos, montuosos y ásperos, te conviene, para conservación de tus cosas, enviar delante soldados valerosos y sueltos que ocupen con sus armas los pasos peligrosos como somontes, valles y otros lugares cerrados, porque no suceda que, tomándolos primero tus enemigos, te los cierren como tú harías para impedírselo cuando hubiesen de venir a acometerte por semejantes pasos, y así mismo en todo lo demás contracambiándole sus engaños y ardides.
Del modo de alojar el campo
En entrando en tierra de enemigos, aunque no tengas intención de estar mucho tiempo en el lugar donde piensas hacer alto, es menester hacer el foso y valladar con que estés seguro de los repentinos asaltos, aunque tengas por cierto estar lejos tu enemigo, escogiendo soldados acomodados que de día y de noche lo guarden haciendo sus postas.
El modo de elegir el sitio se considera respeċto de la prisa que dará tu enemigo, porque, si le ves cerca y que te quiere asaltar, es menester que sin elección de lugar te fortifiques como mejor pudieres, pero, caso que o no te da prisa o tienes intención de tener el campo muchos días en una parte, o ya sea para recrearlo, o ya para hacer daño al enemigo y destruirle su tierra, esperando ocasión de dañarle, entonces escogerás el lugar de tu alojamiento con todas las condiciones necesarias, que no sea húmedo ni por alguna otra ocasión achacoso, mas sano, agradable y fuerte, porque no hay mayor enemigo para el ejército que el mal aire, que como febre lenta va continuamente menguando el numero de la gente.
Y de cualquier manera no es bueno tener el ejército mucho tiempo en una parte, si no en caso que el frío y la razón de invernar obligasen a ello.
Las tiendas o pabellones han de estar con orden, dejando a cada nación o cuartel lugar donde evacuar excrementos y superfluidades de los animales que se matan para sustento del ejército, para que no acudan a ese fin todos a una parte, que suele ser causa de corromperse el aire.
Del modo de ejercitar los soldados
En el invierno, cuando los soldados están en su alojamiento o presidio, se deben ejercitar y por varias pruebas hacerlos aptos a combatir, desechando de ellos el ocio y la pereza, porque estos dos vicios ablandan los ánimos de los más esforzados, lo cual nace de darse a placeres y deleites, y es cierto que es muy dificil reducir a la industria y trabajo los que largo tiempo han estado en ocio, pues los tales dificultosamente van a las ocasiones, y, si van, o no perseveran o no hacen fruto, teniendo temor a los trabajos y empresas.
Por lo cual, el prudente capitán debe en tiempo de paz y quietud ejercitar sus soldados en todo aquello que le parecerá ser necesario para las ocasiones, porque este ejercicio es muy deleitable fuera de ellas por cansados que se hallen de otros a que les inclina su gusto.
El modo de ejercitar los soldados en las armas es partiendo el campo en dos partes y hacerlos combatir unos con otros, usando cada uno de las propias, y acostumbrándose en el fingido combate a guardar el orden debido y sus propios lugares, conociendo sus camaradas, y provocándose unos a otros enseñarse a guardar las órdenes de sus oficiales y a ayudarse extendiendo y recogiendo las escuadras o manípulos, volviéndose y moviéndose donde será necesario sin desorden ni confusión, acometiéndose y retirándose, entendiendo bien el modo de juntar unas escuadras con otras para hacer mayor frente el combatir de una parte, y otra con batalla divisa en dos partes: principalmente cuando los últimos y subsidiarios hacen frente de los costados para defenderse de quien los cerca, y otros modos semejantes.
Finalmente es menester amonestar los soldados que estén muy atentos a entender las contraseñas, que se darán por orden de su capitán general mientras se combate, y las que se dan para retirarse. Porque los soldados bisoños son muy semejantes a los que comienzan a dar obra a la música de viento o de cuerdas, poniendo los dedos y quitándolos en los trastes, extendiéndolos y moviéndolos tardamente sin arte ni maestría, de manera que, aunque hacen son, es sin la dulzura y armonía conveniente, mas aquellos que por práctica, ejercicio y razón son expertos en este arte sin trabajo alguno, cuando es necesario dar poco o mucho viento o tocar las cuerdas con espacio, o velozmente con comodidad mueven las manos y los dedos.
Lo mismo sucede a los soldados que no tienen experiencia de las cosas de la guerra: en el principio parece que con trabajo y dificultad pueden quedar enseñados, mas, en estándolo ellos mismos, saben ponerse en orden y en el lugar que les toca infundiéndose en sus corazones nuevo vigor y ardimiento.
Siendo el ejército enseñado y ejercitado en la forma dicha, se ahuyentará el ocio e ignorancia, y los soldados quedarán sanos y robustos y con perfecta salud, a quienes por causa de dicho ejercicio sabrá bien cualquier comida o manjar por simple y rústico que sea, cosa importantísima a la guerra.
Es verdad que este ejercicio de los soldados unos con otros principalmente de combatir se debe hacer con armas o instrumentos con que no se hagan daño.
Asimismo se debe ejercitar la caballería corriendo unos con otros a la par, o en tropas seguirse y huir, acometerse, jugar las lanzas en lugares llanos y espaciosos, y a veces a pies de montes, en lugares algo ásperos y peñascosos, para que estén enseñados a todo.
De hacer el gasto
Siendo como es buena materia de estado arruinar y gastar la tierra y provincias del enemigo, se debe hacer con mucha prudencia y moderación, no consintiendo a los soldados que vayan sin orden y temerariamente a hacerlo, porque no suceda lo que tantas veces: que el enemigo, puesta en orden su gente, asalte los soldados divididos y desapercibidos, haciedo en ellos grande daño y mortandad, y esto es ordinario principalmente cuando el país es fértil, rico y abundante, porque con mayor desorden los soldados se dan a las rapiñas, y el señor del reino lo guarda más atentamente, y, cuanto más cargados vienen los soldados de la presa, no pudiendo ni servirse de sus armas ni ayudarse unos a otros, fácilmente los prende o pone en huida, y los que sin comisión de sus superiores van a hacer semejantes botines, sin llevar quien los ayude, debían, ultra de gravísimas penas, ser castigados con nota de infamia como indignos del arte militar.
Habiendo, pues, deliberado tus gentes a semejantes predas o forrajes, conviene que con los desarmados que los van a hacer envíes gente valerosa a pie y a caballo muy experimentada, los cuales no se ocupen en la preda, mas estén continuamente en orden, socorriendo a los que la hacen.
Si alguna vez tomares algunos espías de tu enemigo, no has de usar con todos de una misma manera de sentencia. Pero en caso que, sabiendo de ellas que tus prevenciones de gente y otras municiones son inferiores a las de tu enemigo, harás que sean muertos, y, si tú le fueres superior, se lo debes mostrar todo y dejarles volver libremente, para que, llevando la nueva de ello a tus enemigos, te teman y vengan a tu opinión y conveniencias.
De las guardias nocturnas
En siendo de noche, se debe poner muchos guardias, de los cuales durmiendo unos, velen otros, compartiéndose justamente el trabajo para que no haya quejosos, trabajando unos más que otros y muchas veces más de lo que pueden, y, porque no los venza el sueño, deben, pues, estar en pie para hacer la guardia, y porque estén más vigilantes.
Los diputados a hacer los centinelas estén algo delante del campo, haciendo algunos fuegos, de manera que con el resplandor vean los que andan por la campaña, estando las postas puestas en lugares oscuros, para que puedan ver y prender los enemigos que anduvieren cerca de dichos fuegos.
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Cómo se ha de mover el ejército sin ser visto
Si alguna vez determinares de mover el campo secretamenete, sin que tus enemigos lo sepan, para tomar algún lugar antes, o para defenderlo estando ya tomado por los que has enviado a ese efecto, o en suma para partirte sin que el enemigo te dé impedimiento representándote batalla, mandarás que se enciendan grandes fuegos, y, esto hecho, lo podrás hacer, porque esta es manifiesta señal de quedarte, y el no encenderlos, de partirte, por lo cual en el primer caso el enemigo se quietará, y en el segundo te seguirá y dará impedimiento.
Qué se ha de hacer cuando fuere necesario hablar con el enemigo
Si te fuere necesario hablar con el capitán del ejército enemigo para tratar con él alguna cosa, como de ordinario suele suceder, llevarás contigo los más nobles y más valerosos de tu ejército, los cuales sean de florida edad, grandes y gallardos de cuerpo, de buen aspecto, lleven lucientes y guarnecidas armas, porque es natural que cada uno da más credito a lo que ve por sus ojos que no a lo que se le refiere, juzgando ser lo remanente igual a lo que ha visto.
De los fugitivos
Si algunos tránsfugas o fugitivos pasaren del campo enemigo al tuyo para avisarte del consejo y preparaciones de tu contrario, ofreciéndose a guiarte para asaltarlos de improviso, hazlos tener en buena custodia para que sepan que no se pueden huir fácilmente, haciéndoles saber que si, confiándote de ellos, alcanzares la victoria, quedando salvo tu ejército, les harás muy grandes mercedes, y, siendo benignamente tratados, tendrán libertad de ir donde quisieren. Mas si se descubriere algún fraude en ellos, es bien que mueran a manos de los tuyos antes que venga el peligro por las suyas, porque no se ha de dar crédito a fugitivos si no es que conozcan que no son ellos señores de sus vidas, sino tú, que te mueve la ocasión, fiado de su consejo.
Del modo de considerar el campo de los enemigos
El sabio capitán debe con toda diligencia mirar la forma y sitio del campo enemigo, no fiándose de sola la aparencia, pues, estando en llano y en forma circular, no debe juzgar que en él hay poca gente, por parecer cerrado en pequeño estacado o valladar, pues la figura circular parece generalmente menor de lo que es, no solo de circuito, mas de diámetro; al contrario, la figura cuadrangular o trapecia, que por diversas partes extiende los lados, es menor de lo que parece, y por consiguiente cabe menos gente; asimismo, los alojamientos hechos en montes o callados parecen mayores de lo que son, por dejar muchos lugares vacíos, por razón de algunos fosos o vallecitos o partes peñascosas.
Aunque de necesidad conviene que los alojamientos se hagan con perfección, que el valladar o trinchera sea de semejante largueza y se extienda respecto a la multitud de la gente, y si vieres el campo de tu enemigo alojado en pequeño circuito de terreno. Habiendo consideración al lugar y a su forma, no hagas poca estima de él, ni tampoco te espante verlo muy extendido, pues, conocidas estas cosas, fiando en los sucesos militares y en el valor de tus soldados, cuando vieres ocasión podrás conseguir alguna alta y honrada empresa.
Del modo de alojar
Cuando hubieres de alojarte, restriñe tu gente al menor espacio que pudieres, y, si los enemigos te provocaren a salir, no sacarás la gente, mas métela dentro del estacado unidos de manera que parezca que lo haces de temor, porque muchas veces el enemigo que no tiene experiencia de las cosas no considera el hecho con aquella prudencia que piden las ocasiones de la guerra, mas, habiendo una sola vez mirado el campo y creyendo que tus soldados son pocos, y que lo que haces es por temor del combate, suele hacer poca estima y estarse negligente y salido de sus alojamientos y reparos, camina por todas partes no haciendo caso de sus enemigos, y, habiendo de asaltarte en tus alojamientos, lo hace sin consideración y atrevidamente, no considerando cuánto número de gente pueda salir contra él, por lo cual ensoberbecido, como si ninguna cosa contraria se le pudiese oponer, se hace perezoso y sin cuidado o providencia de lo que le puede suceder en este caso, queriendo no perder ocasión; puestas tácita y disimuladamente en ordenanza tus gentes, las sacarás fuera de tu alojamiento, alzando de repente grandes voces y alaridos, y el son de los instrumetos bélicos por detrás de tu estacado y por otras partes impensadas, cargando sobre el enemigo, pelearás valerosamente; y verdaderamente, si con semejantes astucias y recatos supieres gobernarte, fácilmente podrás comprender si el enemigo quiere usar contigo semejantes engaños, pues no solo has de saber lo que has de hacer contra él, mas los fraudes en que te puede coger, porque debes temer de él lo que contra él mismo intentas, pues el camino de engañar es modo para huir de los engaños y estratagemas.
Que los consejos no se deben manifestar
Si alguna vez de día o de noche determinares de hacer alguna empresa, moviendo tu ejército para tomar alguna ciudad, fortaleza o castillo, u ocupar algún paso, con presteza y celeridad de secreto, y que los enemigos no lo sepan, no descubras a ninguno tu intención ni digas dónde vas, ni qué pretendes hacer, si no es cuando importase poco el comunicarlo con algunos de los principales de tu campo.
Llegado que serás donde es menester venir luego a las manos con el enemigo, ordenarás a cada uno lo que ha de hacer según la ocasión, dándole el nombre, y sin algún intervalo de tiempo claramente hablarás con los capitanes y soldados, declarándoles el fin que llevas; hecho esto, comenzarás la empresa, porque verdaderamente es señal de hombre fácil e inconsiderado manifestar a todos sus consejos y secretos sin fundamento, pues puede suceder que los hombres malos y perversos, y los que quieren mal a su república o patria, esperan semejantes ocasiones, en las cuales, enterados de lo que pasa, avisan a los enemigos, pensando alcanzar de ellos premio y honra.
Y es cierto que jamás en los ejércitos han faltado semejantes tránsfugas, libres o siervos, que en tales ocasiones no se hayan pasado al campo enemigo a manifestar los secretos que saben del tuyo, lo cual en estos casos principalmente al tiempo de darse la batalla o hacerse la empresa suele ser muy peligroso.
Cómo antes que se saque fuera el ejército, se debe hacer sacrificio
No se debe en manera alguna juntar ejército ni ponerlo en orden para combatir si primero, conforme a la usanza y religión, no hubieres hecho públicos sacrificios a la suprema deidad, para lo cual es necesario tener contigo sacerdotes y personas de mucha religión que te acompañen, teniendo tú de tu parte la que ella misma y la gravedad de tu oficio te obligan, y siendo el que con más vivas demostraciones de devoción y humildad se aventaje en los sacrificios y ceremonias, y si, habiéndolos hecho, conocieres en lo interior de tu ánimo y de los sacerdotes que las cosas sagradas te son favorables, podrás ir a la empresa atrevida y seguramente que tu resolución y semblante darán noticia a los demás de lo que las cosas sagradas anuncian, dándoles buena esperanza para acometer con atrevimiento la empresa, entendiendo que van a combatir con sus enemigos guiados de la voluntad de Dios, el cual es el verdadero fundamento, y para que los soldados emprendan animosa y alegremente cualquier cosa sin temer peligro alguno, obedeciendo con alegría y buena voluntad cuanto les fuere ordenado, como quien considera que, pues Dios así lo ordena, todo va dirigido a seguro fin.
De adonde sucede que esta digna ceremonia de públicos sacrificios y lanzamiento de votos puede maravillosamente animar y producir mayor esperanza en los ánimos, que, particularmente movidos del temor de la religión, sienten que puede haber adversidades en las cosas que emprenden; mas si, por ventura, el sacrificio ofrecido no mostrare serte favorable, debes con mayores afectos continuarlo, purgando con esto la causa que puede preceder en Dios a no inspirar en ti ni en los sacerdotes su voluntad, suponiendo lo que tan verdad es: que la divina disposición no puede faltar, principalmente, en las cosas que da por señales de su providencia.
Y aunque el arte de los arúspices, que mediante los interiores de los animales por una cierta manera y razón de contemplar, dé noticia y muestren los celestiales movimientos de las estrellas sus ortos y ocasos y varias configuraciones, y estos a veces en un solo día suelen como causas hacer tantas suertes de variedades, y los interiores de los animales como señales de dichas causas varíen, haciendo diversos efectos, pues se ha visto que unas mismas personas han conquistado reinos y en el mismo día han sido presos o puesto en extrema miseria y estrechura, lo cierto es que solo se debe acudir a Dios como a causa principal de todo.
Cuán necesario sea tener noticia distinta de los lugares por donde se ha de caminar o combatir
Quien ha de acometer algún reino o provincia es necesario que tenga clara y distinta noticia de las entradas y pasos de las tierras fuertes, de la forma de las fortificaciones, del número y cualidades de las gentes que tiene; lo cual se debe especular y practicar con grandísimo estudio antes de venir a jornada, por los engaños que en esto puede haber, pues puede suceder lo que muchas veces ha sucedido: que, estando el enemigo no más lejos que una jornada y fingiendo huir, el capitán poco experimentando le siegue, no mirando por dónde se mete, y, sin pensar, se halla en pasos difíciles y lugares cerrados de montes, donde los que perseguía le cercan sin dejarle manera de poderse escapar, ni menos de combatir, viniendo por esto necesariamente a uno de dos partidos, o a morir de hambre o a rendirse ignominiosamente a su enemigo para que haga de él lo que quisiere.
Por lo cual, el retirarse los enemigos, como que van huyendo, debe ser tenido por sospechoso, y, antes de empeñarse tras él, conviene ver atentamente por dónde va, y, habiendo de entrar por una parte, considerar primero si por la misma le quedará abierto el paso para tornar, tanteando la gente y fuerzas con que se camina, y si, habiendo pasos difíciles, puedes (dejando en su guardia gente suficiente) entrar con la restante a hacer lo que pretendes, para que a la vuelta te ayuden, salven y acompañen, porque no sería razón de perfecta prudencia tratar solo de engañar, sin considerar que el engaño y estratagema no tenga más efecto contra ti que contra tu enemigo.
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Que se debe hacer gran cuenta de los que traen avisos
Cualquiera que de alguna cosa te venga a avisar, sea libre o esclavo, es razón que no halle jamás puerta cerrada en tu casa, a cualquier hora que sea, ni impedimiento o excusa alguna, aunque estés durmiendo o comiendo, porque lo que te puede avisar puede ser tu salud y quietud perpetua, por lo cual no conviene hacer cuenta de perder la comodidad presente por no hablar con quien trae comodidades futuras, que importan más, pues es cierto que semejantes mensajeros, aunque sean falsos, nos dejan informados y recatados de todo lo que puede suceder, y en particular de sus mismas trazas, de que oyéndolos nos podemos guardar.
Del tiempo que los soldados han de comer
Si acaso fuere necesario alojar tus soldados y atrincherarte delante del estacado o trinchera del enemigo, darás orden que coman antes que sea de día, si creyeres que tu enemigo te puede asaltar de repente, porque es bien que con la comida estén preparados y con más a vigor; pero, si vieres que está en tu arbitrio conducirlos a pelear sin opresión del enemigo, se podrá dejar a la comodidad de cada uno, y, si fueses reducido a término, que o por el sitio del lugar o por la disposición y flaqueza de las trincheras, o por otra ocasión, puede ser al del enemigo salir de tus reparos a pelear con él, o en defensa de ellos, es cosa necesaria que con toda diligencia, al abrir el día, se haga señal u orden que los soldados tomen algún sustento, confirmando con él las fuerzas, para que, siendo asaltados de improviso, no sean constreñidos a tomar las armas, y no se debe hacer poco en ayunas, y no se debe hacer poco caso de esto, porque ha sucedido algunas veces combatir infelicísimamente cuando se viene a batalla, no de ligera escaramuza, sino de jornada cumplida.
Del modo de confortar el ejército con razones y apariencia de rostro
Si te pareciere que los soldados están melancólicos o pusilánimes por algún temor que les haya sobrevenido causado de algún socorro venido al ejército enemigo, o que verdaderamente en alguna manera les parezca superior, entonces conviene muy de veras que el capitán general se muestre alegre para confirmar así los corazones de los soldados, pues en tu semblante conocerán que tienes firme esperanza de vencer al enemigo aunque al parecer se muestren grandes lo peligros, y, si te viesen melancólico, imaginan alguna futura ruina, y así es más conveniente a la prudencia del capitán fingir alegría en el semblante que con palabras consolar sus soldados: que las palabras son sospechosas por ser ordinariamente fingidas, pero el semblante no se puede fingir, a lo menos mucho tiempo, si bien lo uno y lo otro junto es mejor acomodándolo según las ocasiones se ofrecieren.
Que a veces se debe poner miedo al ejército
Así como el alegre semblante y palabras confortativas causan alegría y esperanza al ejército en quien por alguna razón ha entrado algún miedo y desconfianza, así las ásperas y denodado semblante lo remueven del demasiado ocio y poco respeto a su capitán y oficiales, y muchas veces poco temor a los enemigos, y esto se hace trayéndoles a la memoria los pasados peligros que por semejantes causas han sucedido, avisándoles: que cuanto ellos son remisos, tanto más sus contrarios andan más disciplinados y solícitos, pero esto, con tal moderación que no solo no pierdan el ánimo, mas crean que su descuido y negligencia se puede fácilmente remediar y hacerse superiores a sus enemigos.
Cómo se ha de dar ánimo a los soldados con algunos prisioneros de los enemigos
Poco antes que se venga a jornada con el enemigo, principalmente cuando es incierto el fin y éxito de la victoria, supuesto que por lo mismo los soldados están con temor y duda, para quitársela o con algún asalto de repente o con alguna escaramuza ligera, se debe procurar de prender alguno de los enemigos que, como centinelas perdidos, andan fuera del campo, los cuales si vieres ser gallardos y animosos debes hacer una de dos cosas: o hacerlos morir luego o tenerles muy afligidos con prisiones, y que todos los vean, pero, si mostraren ser pusilánimes y de poco valor, se debe hacerlos llevar por todo el campo, para que, viendo tus soldados su temor y pusilanimidad, tomen ellos atrevimiento con el menosprecio que han concebido de su vileza.
Del modo con que los soldados se han de poner en orden para pelear.
Habiendo muchos y diversos modos de ordenanzas que proceden de la variedad de las armas por el modo de pelear que los soldados acostumbran por el sitio del lugar, por la cualidad de los enemigos, de todo lo cual el capitán es bien que tenga noticia para servirse de aquello que en aquella ocasión fuere necesario. Y acomodado daremos las reglas que generalmente parecerán ser suficientes a tanta multitud de ordenanzas y modos de armar, ultra de aquellas que según la variedad de tiempos se pueden inventar.
Ordenarás, pues, tu caballería en frente de la del enemigo, mas, cuanto fuere posible, la pondrás en el modo y orden que se suelen ordenar las batallas, que es en dos cuernos, para que puedan socorrer a la frente y a los costados dejándoles lugar para ello, y no se les pongan otras gentes detrás que los puedan impedir; en el batallón pondrás entre los primeros los vélites, los jaculatores, los ferentarios y finalmente los sagitarios y honderos [estos nombres corresponden los de la milicia presente: hombres de armas, caballos ligeros, arcabuceros y piqueros], porque, si estos estuviesen detrás, más ofenderán a sus amigos que no a sus enemigos, y, estando en el medio, su combatir será vano, porque no se podrán hacer hacia atrás por la largura de los dardos y pilos, ni tampoco podrán tirar hacia delante, impedidos de los que les preceden, y mucho menos los honderos podrán revolver las hondas y tirar, siendo impedidos de los soldados que están alrededor, haciendo en ellos más daño que en los enemigos, pero, si los sagitarios [por estos se entiende ahora los arcabuceros y mosqueteros] están por estos delante de los demás, tirarán como a cierta señal a los cuerpos de los enemigos, mas, si estuvieren en el último lugar o en medio, serán forzados a tirar hacia arriba, por lo cual la fuerza de las saetas se gastará en vano y, cuando llegaren a dar en las cabezas de los enemigos, habiendo ya el golpe perdido su fuerza, ofenderá muy poco.
Si sucediere combatir en algún lugar que por una parte sea llano y bajo, y por otra tenga algunos collados, entonces pondrás tus soldados los que van a la ligera en los lugares más duros, ásperos o montañosos, pero, si estuvieres en el llano y tu enemigo en los collados, llevarás a aquel lugar tus soldados a la ligera, como gente que puede fácilmente tirar y retirarse, y en el correr andar libres y sueltos para poder saltar los lugares ásperos. Pero débese dejar entre las escuadras algún intervalo para que, si por ventura tardando los enemigos en juntarse y venir a batalla, no suceda que tus soldados hayan tirado los dardos y otras suertes de armas arrojadizas [por estos se ha de entender ahora la arcabucería y mosquetería], en el cual caso habiendo espacio puedan ser soccorridos volviendo las escuadras sin desordenarse, poniéndose en las últimas partes, que verdaderamente el andar alrededor de todo el ejército y venir a ponerse a los cuernos no es cosa segura, pues los enemigos se pueden poner delante e impedirles que no se junten con la otra parte del ejército, asimismo, el estar las escuadras estrechas es causa que al retirarse descompongan las armas y de causar confusión metiéndolas en desordenanza.
Pero si los vélites asaltan los enemigos por algún cuerno podranles hacer muy gran daño, como quien puede de través tirar y herir las partes descubiertas. Finalmente, las hondas son las armas más perniciosas que pueden usar los vélites, porque el color del plomo es semejante al del aire, por lo cual, no viéndose, se hiere al enemigo impensadamente, y por la fuerza del tirar, del volver y del fuerte movimiento casi ardiente y lleno de fuego hiere gravemente, penetra dentro, y no se puede discernir por qué los labios de la herida se cierran luego en la manera que hace quien haciendo motivo con los ojos cierra pero no del todo.
Mas si te faltase tal suerte de armas y la ayuda de los vélites, y que el enemigo esté cumplido copiosamente, procurarás que los primeros de tu ejército, cerrados y espesos, vayan delante llevando escudos grandes, con los cuales puedan cubrir todo el cuerpo, y los que se siguen, ordenadamente hasta los últimos alzando los escudos sobre la cabeza, y esto se haga por tanta distancia de cuanto es un tiro de dardo, para que de esta manera no puedan ser ofendidos de los dardos y armas arrojadizas, y si el uno y otro ejército tuviere copia de vélites, entonces procurarás que los tuyos sean los primeros a tirar, o, después de trabada la batalla, les den de través, para que se restriñan y desordenen.
Si quieres excusar que el enemigo no te cerque, no hagas tu ordenanza larga, de manera que se enflaquezca y que el enemigo fácilmente la pueda romper y de esta manera sin muchos rodeos cercarte y acometerte por las espaldas, lo cual no solo has de procurar evitar, mas hacer tú contra él lo mismo.
Si alguna vez vieres que los escuadrones de la infantería son flacos y de poca gente, no los recojas de manera que el enemigo los pueda rodear, procurando que la gente de la retaguardia sea tan valiente como la de la vanguardia y costados, y que los últimos y subsidiarios puedan hacer esto así como lo hacen los que están en las alas y cuernos, pero es de advertir que en tales casos se debe alargar o ensanchar la última parte de la batalla, y ensanchando los dos costados pondrás los soldados vueltos hacia las escuadras de los enemigos, mandando que los que se hallen ya cercados vuelvan unos a otros las espaldas, y así combatirán de todas partes.
El capitán prudente, cuando viere que con poca gente ha de combatir con muchos, debe usar diligencia en buscar lugares cerca de riberas de ríos, o debajo, o por mejor decir cerca de montes, de manera que el enemigo ni le cerque ni encierre, pues es cierto que pocos, puestos en lugares difíciles, pueden obstar y resistir el ímpetu de muchos cuando tentasen de cercarte y deshacer tu ejército, y en casos tales no solamente es necesario el consejo y la prudencia del capitán, pero la buena fortuna, porque muchas veces por ventura sucede que tomamos sitio conveniente, que el capitán no lo sabría escoger tal, pero el que en tales ocasiones hiciere buena elección, anteviendo las diferencias que hay de un puesto a otro, no se le puede negar renombre de prudente capitán.
Algunos, fiándose del gran número de gente o soldados que traen consigo, acostumbran acometer en forma de semicírculo [semicírculo es escuadrón de media luna], creyendo de poder inducir al enemigo a que venga a combatir hombre a hombre ligera escaramuza, y con este modo, moviendo los cuernos poco a poco, piensan de encerrarle dentro, contra los cuales no se debe pelear en dicha forma, mas dividiendo la gente en tres partes: con las dos, darás el asalto a la del enemigo; la tercera pondrás contra el medio semicírculo, la cual no vaya adelante mas esté parada y firme, para si el enemigo conservare la forma de semicírculo. Pero si empezaren a moverse y quisieren del fondo del semicírculo reducirse por línea derecha apretándose unos a otros, es fuerza que se desordenen, con lo cual, estando firme la tercera parte de la gente que pusieres contra el medio semicírculo, de ninguna manera se podrán reducir al orden que pretenden roto, pues la ordenanza y moviéndose confusamente del semicírculo, debes con aquella tercera parte de la gente que le opusiste embestir a los que se desordenaren, mas, si el enemigo estuviere firme en el semicírculo, pondrás al encuentro soldados armados a la ligera, y también jaculadores [mangas de arcabuceros y mosqueteros] que los opriman e inquieten con la multitud de los dardos y otras armas arrojadizas; demás de esto, si con la fuerza de las otras dos partes asaltares al enemigo por los costados o contra la ordenanza semicircular, no lo errarás, porque, no pudiendo venir a combatir contigo con toda su gente, se divertirán, y la que hubiere puesto a los lados será la primera que se desordenará.

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También podrás usar de otra estratagema, poniendo primero la gente y dos escuadrones en orden de batalla, y no en otra manera representarla al enemigo, y con ligera escaramuza irte retirando fingidamente, de modo que parezca que no osas llegar a combatir; y cuando te pareciere revolverás sobre los que te siguieren, porque algunas veces el enemigo, juzgando que el ejército de su adversario por miedo se pone en huida, con la sobrada alegría rompiendo el orden, le siguen y le asaltan y a porfía se adelantan unos a otros, con lo cual se desordenan, y les podrás romper con facilidad.
Es cosa muy acertada tener algunos soldados escogidos en ordenanza fuera de la batalla como triarios [triarios eran soldados particulares y aventajados], los cuales correrán a las partes flacas y desbaratadas, con que no solo tus soldados tomarán de nuevo ánimo, mas los enemigos lo perderán.
Ni será tampoco fuera de propósito (antes, de mucho provecho) escoger algunos de los tuyos que estén escondidos en algún lugar de manera que no sean vistos, que puedan acudir fácilmente para uno de dos fines: o para espantarlos o meterlos en fuga viendo el nuevo socorro que no pensaban; o para quitarles su ya comenzada victoria, de que estaban orgullosos, el asaltar al enemigo las espaldas pone gran miedo, principalmente en tiempos de noche.
Es acertado, mientras la batalla está en su vigor, y vario e incierto el éxito, andar alrededor del ejército confortando tus soldados, y, si te hallares en el cuerno derecho, en alta voz fingirás la victoria del siniestro, o al contrario, y así de las demás partes, pues en estos casos las mentiras suelen ser provechosas.
Asimismo, si el capitán general tu contrario estuviere en partes que tus soldados no puedan saber lo que pasa, publicarás fama de que es muerto, porque es cierto que, así como los suyos de su muerte pierden el ánimo, así los tuyos lo cobran de ella también.
Es oficio de sabio capitán poner en los escuadrones hermanos con hermanos, parientes con parientes, y amigos con amigos, para que con mutuo amor se ayuden unos a otros valerosamente, teniendo cada uno vergüenza de no solo desamparar, mas de ayudar con todas sus fuerzas, a quien saben que hace y debe hacer lo mismo.
De las órdenes
Las órdenes y señales se deben dar primeramente a los capitanes y cabos de la gente por los inconvenientes que de lo contrario se siguen: el primero, perderse el tiempo en darlo a cada uno en particular; lo segundo, añadirse y variarse las órdenes andando de unos en otros, de manera que es conveniente que vengan las órdenes de los oficiales mayores a los menores, y de allí a los soldados, y de esta manera irán sin estrépito ni alteración como se ve por las señales que se dan con fuego, que, alzada la primera llamarada, se siguen los demás hasta dar noticia a quien toca.
Las señales que se suelen dar después de trabada la batalla no han de ser con la voz, que el enemigo lo entienda, mas con algún movimiento del cuerpo, alzando o revolviendo alguna cosa como lanza o espada con las manos, o estremecen las armas todos a un tiempo, asimismo de otras cualesquiera señales, que después de la exortación se pueden o deben dar, lo cual ha de ser de manera que de día y de noche se puedan conocer los amigos y discernir (aunque de diferentes naciones, hábitos y lenguajes) de los enemigos, semejantes en lo uno y lo otro; pero estas señales las han de saber los soldados y tenerlas muy entendidas en tiempo de paz, y los de la noche al principio de ella para que al primer movimiento o señal de su capitán y oficiales puedan acudir con toda presteza.
Del orden que se ha de guardar en todo género de movimiento
Es bien que tus soldados estén enseñados en todo género de movimiento, así de ir adelante como de volver atrás, a estar firmes sin perder un panto del puesto y orden con que conviene combatir, ni por algún modo de estratagema que el enemigo use, ya de acometer con ímpetu retirarse sin concierto, ni por mostrar que huye deben acometer o seguir sin él, pues, de romper los órdenes y dejarlos puestos, se han seguido grandísimos incovenientes.
Cómo se deba aparejar y representar los ejércitos a la batalla
Dos cosas entre otras pueden espantar o dar temor al enemigo: una, el resplandor de las armas y el fiero aspecto de los soldados, como blandiendo las espadas y las picas, y otra, la vocería, y estrépito que se suele y es bien hacer al principio de la batalla, como en desprecio del enemigo, corriendo con ímpetu, sonando las trompetas y otros instrumentos, y haciendo otros movimientos en que parezca hacerse poca cuenta de él.
Puesto el uno y otro ejército en orden de darse la batalla, no debes ser el primero a embestir y asaltar, mas haz alto cerca del estacado para ver y considerar bien la forma y postura del ejército enemigo aparejo cantidad, calidad y sitio, como el buen médico, que no da remedio antes de conocer la enfermedad y sus causas.
Si el enemigo fuere más poderoso de caballería, pudiéndolo hacer, elige lugares ásperos y difíciles, cuanto fuere posible.
Debes dejar dentro de los alojamietos guardia bastante para defensión de ellos y los carruajes, porque de otra manera correrá peligro a las personas y otras cosas necesarias.
Algunos capitanes deshacen los reparos de su ejército, o pasan algún río, o se ponen detrás de algunas montañas a fin de que los soldados, estando firmes, venzan al enemigo, o del todo perezcan esto cuando ven que no pueden retirarse; estas resoluciones verdaderamente no se pueden loar ni vituperar, pero ponerse deliberadamente a manifiesto peligro es más reputada temeridad que prudencia, y si sucediese bien se debe atribuir más a la fortuna que al buen juicio, porque siendo tú constreñido a una de dos cosas, o combatiendo con todas tus fuerzas a alcanzar la victoria o quedando vencido, poner en conocida ruina el estado de las cosas, en qué modo se puede atribuir el buen suceso a la prudencia, o la pérdida y ruina a la elección: solo se debe permitir a algunos soldados que, por deseo de honor y gloria, combatan y escaramucen peligrosamente con el enemigo, porque, si salieren vencedores, agregarán a la república y a sus armas alguna reputación, y, si fueren vencidos, no será mucha la pérdida, mas, estando en duda e incierta la fortuna, y dudoso el suceso de la batalla, no se debe loar en ningún modo el echarse con todo el ejército en las manos de la suerte, y yérranlo grandemente aquellos que, combatiendo, aunque venzan, hacen poco efecto, y, si son vencidos, ponen a la república en conocido peligro.
Pero si entendieses claramente que, de no combatir, se puede seguir la pérdida de tu gente, aunque sea con peligro, lo debes hacer procurando primero estorbar que los soldados por temor no desamparen sus banderas, y que con ardides y estratagemas no solo se defiendan, mas ofendan al enemigo, hasta no poder excusar la batalla, y no solamente en lugares semejantes, donde huyendo no se tenga certeza de salvar el ejército, mas en cualquier lugar y en ocasión de combatir debes amonestar a los soldados y darles a entender que aquellos que huyeren llevan manifiestamente la muerte sobre sí, porque el enemigo sin contradicción ninguna atiende a perseguir y matar los fugitivos, y aquellos que combatiendo se defienden les es dudosa la muerte; y el peligro incierto persuadiéndoles, asimismo, que, en la batalla que se ha de hacer, los que huyeren sin falta morirán vituperosa y deshonradamente, y al contrario los que estuvieren firmes o conseguirán la victoria o recibirán poco daño, y los que murieren será gloriosamente.
Una cosa hay de notar, y es que los consejos tomados en el mismo peligro contra los del enemigo, cuando hay tiempo, son los más provechosos, y sin ninguna duda agregan más alta gloria y mayor maravilla a los capitanes que entienden las cosas de la guerra, que no las imaginaciones que cada uno presume, pues es cierto que el piloto no puede en el puerto dar tan verdadero ni eficaz remedio a su nave como cuando se ve en medio de la borrasca: así el soldado no puede tomar verdadero conocimiento sino en medio o casi al principio de la batalla, vistas todas la condiciones de la ocasión.
Del oficio del capitán general mientras se combate
Aun en el mismo conflicto y en medio del mismo combate es más necesaria la prudencia que el furor; conviénele al capitán general, o por su medio o por el de otros cabos del ejército, los más prudentes y de valor, andar por él mientras se combate, exhortando los que andan disgustados, animando los cobardes, refrenando los sobresalidos y temerarios, socorrer a los descaídos y que van retirándose del furor enemigo, mudar los escuadrones de un lugar a otro, observar los tiempos, tomar las ocasiones para acometer y retirarse; debe abstenerse de entrar en la batalla a combatir por su persona, porque no será tanto el beneficio que hará a la república, aunque sus fuerzas y valentía sea insuperable, cuanto el daño que se seguiría con su muerte, y así debe ser más valeroso con la prudencia del ánimo que con la fuerza y gallardía del cuerpo, y, si bien con esto los soldados se alientan y pueden hacer alguna empresa, rompiendo algún escuadrón, todavía anteviendo prudentemente las cosas y deliberando en los tiempos oportunos, puede obrar grandes cosas si el piloto de la nave, dejando el timón y el gobierno de ella, quisiese hacer las cosas que pertenecen a los marineros, daría ocasión a que se perdiese la nave: este mismo error cometerá el capitán general que, depuesto aparte el cargo de aconsejar y de proveer a todas las cosas, quisiere hacer el que toca a los soldados, pareciéndole que no cumple con su honra si no entra en la batalla, con razón se puede juzgar a temeridad y presunción y que lo hace por agregarse nombre vulgar de valiente y que no teme los peligros; pero si su opinión le engañaren esto, combata cautamente y no tema la muerte, eligiendo en primer lugar quedar sin vida que con ella, y sin la victoria, y, si la ganare y salvare el ejército, mire mucho por su vida, porque, si interviene la muerte, se desminuye la reputación de los felices sucesos, y los que han combatido infelicemente, entendiendo que a sus enemigos les falta el capitán general, tomando ardimiento, pueden hacer daños considerables.
Qué debe hacer el capitán después de la batalla
Acabada la batalla, haga sacrificios y dé orden que se den gracias a Dios breve y tan solemnemente cuanto el tiempo, el hecho y la posibilidad dará lugar, prometiendo con ánimo grato hacer siempre lo mismo hasta que aquel discurso se acabe.
Después, premie y honre a sus soldados que entendiere haberlo hecho valerosamente, mostrándose con ellos de allí adelante benigno y alegre; asimismo note y reprenda a los pusilánimes y cobardes.
Conviene que los premios sean conforme al ejercicio y valor de cada uno, porque se entienda que el capitán entiende y mira atentamente todo lo que se hace: que esta vigilanza y magnanimidad incita y mueve grandemente a los soldados a señalarse en las ocasiones, los cobardes y perezosos dejando su cobardía y pusilanimidad, y los valerosos aumentando su valor, si bien siempre es acertado alargarse algo en materia de magnificencia y benignidad fingiendo o dando a entender que hace bien a los muchos por los pocos buenos, y a todo el ejército por algunos que han peleado bien, y, si la guerra ha de durar, es bien dejar a los soldados que se sirvan y aprovechen de lo que pudieren en los sacos y presas, a similitud de los cazadores, que para animar los perros a la caza les hacen o dan a comer la sangre e interiores de los animales.
Del modo que se ha de tener en el saco
No en todos tiempos ni en todas ocasiones, ni menos con todo género de gentes, se debe dar licencia para saquear a los soldados, ni permitirás que se envíen fuera las personas que se tomaren en prisión, a las cuales harás vender o rescatar, y, si hay necesidad del dinero público para algún gran gasto necesario, en tal caso mandarás que se entregue a tus erarios toda la ropa y presa, y hecho esto podrás con prudencia deliberar, habiendo resguardo al tiempo y al estado de las cosas, si habrás de retener toda la presa, parte de ella o ninguna; porque conviene que, haciéndose guerra, el erario público esté abundante de dinero y que los soldados sean excluidos de la ganancia que de día en día se hace, pero, cuando es mucha la riqueza de aquellos que han sido vencidos o la fertilidad de los lugares, es mucha entonces más largamente, y con benignidad se puede distribuir a los soldados la parte que te pareciere.
De los prisioneros
Mientras durare la guerra, no conviene matar los prisioneros, principalmente a quellos contra quien desde principio se ha tomado o hecho la guerra, por más que los confederados lo pidan; lo mismo se ha de entender de cualesquiera otros prisioneros, y menos si fueren personas nobles y de conocida autoridad, porque los fines de la guerra son inciertos, la suerte varia y mudable, y podría el enemigo pagarte con la misma moneda, ultra de que estos mismos prisioneros se pueden trocar por cosas de importancia aquistando por ellos algún castillo o trocándolos con otros amigos que estuvieren en prisión, mas, en caso que dichos prisioneros librándose puedan ser de gran daño o que el enemigo no quiera hacer el trueco, podrás hacer lo que te pareciere.
De los convites y fiestas que se deben hacer después de la victoria
Vencidos y pasados los peligros, es bien, entre otras honras y recreaciones, que se hagan a los soldados grandes convites: lo uno por recrear los cuerpos cansados y faltos de las pasadas hambres y trabajos, y lo otro por honrar en los asientos a quien ha servido varonilmente; asimismo se han de hacer fiestas y juegos para alegrar y honrar en los mismos asientos a los más dignos, pues este modo es utilísimo, lo uno por retribuición de lo pasado, y lo otro por dar ocasión de animarlos para las siguientes ocasiones.
Cómo se deben sepultar los muertos en las batallas
Luego que se haya dado la batalla, es bien que sean enterrados los muertos, y, hechas las obsequias magníficamente, para lo cual no ha de haber excusa de tiempo, lugar, o peligro, seas vencedor o vencido, porque, así como es cosa pía hacerles las obsequias y sacrificios según los ritos, es útil para aquellos que quedan vivos, y del todo necesaria mostrarles tu piedad, con que se consuelan grandemente y quedan ciertos de que, si murieren en la batalla, se les dará honrada sepultura conforme a sus merecimientos.
Del modo con que se ha de hacer la venganza después de la derrota
Si combatiendo hubieres recibido alguna derrota, diligentemente procurarás ocasión de vengarte, procurando de quitarte la recibida vergüenza, consolando de esta manera los soldados que te han quedado mirando y revolviendo las causas de donde la pérdida ha procedido, dando remedio a todo, y estarás advertido que, algunas veces, los que tienen nuevas victorias suelen derramarse negligentemente, de que suele suceder que el feliz suceso es de mayor daño que el recibido en tu ejército, y quien alguna vez ha estado con poca fortuna del suceso de la cosa queda enseñado del error si lo hubiere hecho, gobernándose de allí adelante más cautamente, y, al contrario, quien no ha hecho prueba de la adversidad no sabe modestamente mantenerse en las cosas prósperas.
De la tregua
Hecha la tregua, guárdate de asaltar tu enemigo, mas no por eso debes estar sin cuidado y vigilanza, teniendo tu gente apercibida de maneras que no te suceda alguna cosa adversa, y es conveniente que, en tiempo de la tregua, no la rompas ni te muevas contra el enemigo, si no es en caso necesario: debes estar cuidadoso del odio oculto del enemigo y de sus ardides y asechanzas, porque el ánimo de aquellos con quien hubieres hecho tregua es de mejorar su partido y de engañarte.
Qué debe hacer el capitán para obligar a una ciudad a que se rinda
Usando benignidad y semblante alegre con las ciudades que de su voluntad se han rendido, vendrán fácilmente las demás a hacer lo mismo, y, haciendo lo contrario, será ocasión de que quieran sufrir y padecer en todo extremo por no venir a tus manos, y es cierto que ninguna cosa llena los ánimos de valor como el temor del vecino peligro, el cual cada uno sabe haberse de padecer si se rinde; y el creer que ha de pasar miserias, dándose de su propia voluntad, pone en el ánimo gran deseo de hacer resistencia y de combatir, y toda prueba que se hace contra desesperados es difícil y peligrosa; y quieren antes padecer y morir resistiendo, de que se sigue que los capitanes poco sabios y crueles dan ocasión que el asedio se alargue y aun salga vano y peligroso.
De guardar la fe a los traidores
Debes sin duda cumplir todo género de palabra dada a los que quisieren seguir tus partes o te quieren entregar alguna cosa, para que con su ejemplo los demás hagan lo mismo advirtiendo en esto: que el que da al traidor antes recibe beneficio, por lo cual serás prontísimo a dar gracias a este género de hombres, porque no se ha hecho elección de ti para vengador de la ciudad o fuerza entregada por traición, sino para capitán de tu patria.
De las estratagemas nocturnas y de entender el curso de las estrellas
Para cualquier empresa que se hubiere de hacer de noche, es bien tener noticia del curso de las estrellas, para que se pueda medir el tiempo y para ir donde se pretende dar el asalto cogiendo a los enemigos descuidados, porque, no sabiendo la hora, fácilmente se puede caer en una de tres difilcultades o errores: o llegando antes de lo que es menester y primero que el traidor haya cumplido la promesa, y negociado lo que ha de negociar seas descubierto y preso del enemigo; o te sea impedido el efecto de tu determinación; o que, yendo más tarde del tiempo determinado, des ocasión que el que ha de entregar la ciudad sea preso y muerto. Por lo cual es menester ser muy diligente y entendido acelerando y retardando el camino, para que llegues a entrar en la tierra prometida antes que el de dentro entienda tu venida.
Del modo de tomar alguna ciudad de día por traición o interpresa
Pero si esta empresa fuere de día, enviarás delante parte de la caballería, que prenda todos los que hallare por el camino, para que ninguno vuelva a dar la nueva.
Y habiendo llegado, si acaso no te saliere la interpresa por el modo fácil de poder entrar dentro sin batalla, es necesario que luego des el asalto y combatas sin intermisión alguna con todas tus fuerza por todos modos y vías, no dejando ninguno de espantar al enemigo, para que no se ponga en defensa, porque verdaderamente los repentinos y no esperados ímpetus, como vienen fuera de opinión, suelen causar grande temor y espanto, pero, si el asaltado ve que los que le asaltan van despacio, toma ánimo pudiendo deliberar y dar remedio, quedando en vano el tentado acometimiento y perdido, o a los menos en gran peligro el acometedor.
Del modo que se ha de tener en el cercar alguna ciudad
En el poner el cerco a alguna ciudad, ante todas cosas es necesario la virtud insuperable del capitán el arte de las astucias militares la sabiduría de ordenar las máquinas.
Habiendo, pues, de acometer y cercar al enemigo, es menester que a un mismo tiempo te guardes de que los cercados no salgan y te ofendan de improviso por algún lugar que apenas sin gran vigilancia puedes imaginar, pues los cercados, por razón y defensa natural, buscarán todos los modos necesarios de ofensa y defensa para ayudarse, procurando de salir a tiempo que no sean vistos, y quemar y desbaratar todas las máquinas y aparejos que les pareciere serles contrarios, por lo cual el que cerca es bien que fortifique muy de veras sus alojamientos de foso, estacado, guardias, para defenderse de los de dentro, que, ultra que procuran por todos los modos ofenderte, están seguros con muros hechos de fábrica, y pueden salir con seguridad cuando quisieren y quemarte todos tus reparos, invenciones y máquinas, matando los soldados y deshaciendo tus designios.
Todo lo cual podrás impedir si, reconociendo las puertas y muralla por donde pueden salir, pusieres guardias y prevenciones con los advertimientos necesarios para que, estando siempre en vigilanza, se puedan impedir sus salidas, o a lo menos el efecto de ellas.
Si quieres por medio del cerco intentado asaltar los de la ciudad, procura hacerlo de noche y a tiempo que los asaltados estén más descuidados, que por el horror y soledad de la noche cualquier cosa parece mayor y causa más terror, no sabiéndose de dónde o cómo venga, multiplicándose los alaridos del vulgo.
Habiendo de hacer alguna obra que para lo dicho sea necesaria, si quieres que presto y bien sea acabada, serás el primero a ayudar en ella, pues es este gran motivo para que todos, dejadas sus pasiones de gravedad de linajes y de calidad de oficios, hagan más aún de lo que en sus propias cosas pudieran hacer.
Cuanto a las máquinas de la guerra, aunque sean muchas y varias, debes servirte de las mejores y más a propósito, como son los arietes, testúdines, viñas, ballestas y puentes [no se acostumbran en estos tiempos por el uso de la artillería y mosquetería], de que has de ir prevenido abundantemente, porque esto conviene al poder de los que hacen la guerra, y también al arte de los arquitectos e ingenieros. Pero el elegir a qué parte de los muros se pueden poner con menos gasto y peligro y más efecto toca a la prudencia del capitán general: divide, pues, para dicho efecto en dos o tres partes tus gentes y, a un tiempo, por unas batirás, y por otras escalarás, para que, acudiendo los cercados a socorrer los muros y derribar las máquinas se pueda por otra parte dar la escalada y subir, pues es difícil que, habiendo de acudir a remediar una parte, no se dejen otras sin remedio.
En razón de combatir, es casi siempre verdadera la máxima que quiere que se haga brevemente por desbaratar los designios o consejos de los de dentro, y confundir la esperanza del soccorro que le puede venir, para lo cual, considerando el número de tu gente que tienes, debes poner tantas baterías y escalas cuantas puedan suplir, renovándolas en estando cansados, y, en saliendo unos, entren otros, de manera que el negocio se prosiga sin intermisión alguna, no dando lugar de reposo a los de dentro, los cuales ordinariamente son pocos, por haber entre ellos muchos inútiles como mujeres, niños, viejos y otros muchos ignorantes del arte militar, y los que son aptos no pueden usar el mismo consejo que los de fuera, porque el miedo y la instante perdición les lleva descaecidos de fuerzas, no pudiendo dormir ni tomar reposo alguno y, lo que peor es, ni a un consejo y una nimiedad de lo que han de hacer.
No te espante o desmaye el ver que la tierra que has cercado y asaltas tenga por alguna parte alguna gran defensa natural, pues muchas veces esta suele ser causa de descuidarse los cercados y dar lugar a la escalada. En tal caso, debe el prudente capitán, con promesas y premios, inducir a los soldados más osados y valientes que con escalas o en otro modo entren por aquella parte, y, si por ventura les saliere el caso y se apoderaren de alguna torre o puerta, procurando sustentarla, darán aviso con alguna trompeta, espantándolos de repente con trompetas y otros instrumentos, hasta poder tomar alguna parte por donde entren los tuyos.
Qué se haya de hacer de la ciudad tomada
Si acaso, tomada la ciudad, recelares que la gente de ella, por ser mucha noble, poderosa o tener castillo fuerte donde retirarse, y de allí asaltar de nuevo a los tuyos, es menester que les ordenes y propongas que los que no dejaren las armas serán pasados a cuchillo, y que esto se ejecute sin dilación alguna, para que, si algunos quedaren no domados aún ni vencidos del temor, no hagan tomar las armas a los demás; mas en caso que no haya sospecha de rebelión por grandes culpas que hayan cometido en defensa de su libertad, no debes condenarlos a muerte, que esto no es valentía, sino crueldad y vileza.
Qué se deba hacer con la ciudad que con armas o por combate no se puede tomar
Si vieres que por armas o combate no se puede tomar la ciudad o tierra que tuvieres cercada, para que no se alargue el cerco debes lo primero o no dejar salir gente de las bocas inútiles, o meterla, pudiendo, para que se acabe el bastimento, y así mismo poner gran cuidado en que no les entre soccorro.
De la modestia que el capitán ha de tener acabada la guerra
Después de acabada la guerra o empresa, habiendo de disponer las cosas que para conservación de la paz son necesarias, no te muestres soberbio ni severo: antes, humilde y amable, premiando con mano liberal a los soldados que con valor te han acompañado en las empresas según los grados de cada uno, y honrándolos en público, porque lo contrario sería ocasión de añadir odio a la envidia de la victoria, con lo cual no solo adquirirás renombre de óptimo duque de la patria y de la gente armada, mas también de sabio capitán, diligentísimo guarda y gobernador, con que se acrecentará tu gloria y la suya, que es el fin a que deben aspirar los hombres, y en particular aquellos a quien su valor puso en semejantes ocasiones.
FIN
📚 Fuentes y aclaraciones
Esta traducción, de Tomás de Rebolledo (siglos XVI-XVII), fue publicada en 1635. Tanto la obra de Onosandro en griego como esta traducción de Tomás de Rebolledo se encuentran en dominio público porque ambos murieron hace más de 80 años.
Mi versión para AcademiaLatin.com está basada en esta versión escaneada de la edición de 1635; también está disponible esta versión en la Biblioteca Digital Hispánica (de la Biblioteca Nacional de España).
La imagen destacada es El combate de Diomedes, de Jacques-Louis David (1748-1825).
📝 Licencia
Esta transcripción la he hecho yo mismo para publicarla en AcademiaLatin.com. El texto original se encuentra en dominio público, por lo que lo lógico es que la mera transcripción esté en dominio público.
Sin embargo, además de la transcripción y publicación del texto en dominio público, hay también cierto trabajo de edición (corrección, modernización de ortografía y puntuación, etc.) por mi parte, por lo que, si no es molestia, agradecería que el material se usara con licencia Creative Commons BY: sin ninguna restricción, pero con atribución a AcademiaLatin.com y, si es posible, un enlace a la página de la que se ha tomado el texto.
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