A continuación tienes una de las odas de Píndaro, traducidas en verso (1883) por Ignacio Montes de Oca y Obregón (1840-1921).
A Hierón Etneo, rey de Siracusa
¡Preciosa lira de oro,
del Castálide coro
y de Febo, delicias e instrumento!
De las danzas triunfales
tus ecos son señales:
tú riges su compás y movimiento,
y de tu son, al empezar la fiesta,
se ve pendiente la armoniosa orquesta.
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Tú, con acento tierno,
el fuego sempiterno
del penetrante rayo apagar sabes.
Por tu voz arrullada,
en el cetro posada
de Júpiter, la reina de las aves
con las alas caídas se adormece:
blanda nube sus ojos oscurece.
Su cabeza arrogante
con el pico punzante
en plácido sopor toda se anega;
tu vibración divina
al águila domina
y su espalda fortísima doblega,
y ablanda el pecho del violento Marte
que depone su lanza al escucharte.
Al corazón derechas
de los dioses, tus flechas
van, por Febo y las musas disparadas.
Cuando, en tierras o en mares,
al oír los cantares
que entonan las Piérides sagradas,
de terror algún hombre se estremece,
es porque Jove Sumo lo aborrece.
Así en atroz castigo
Tifeo, el enemigo
de las deidades, en el Orco gime.
Nutrieron sus cien bocas
de Cilicia las rocas,
y Cumas hoy su hirsuto pecho oprime;
y aplasta su cabeza el Mongibelo,
de nieve creador, pilar del cielo.
En su seno profundo,
de fuego furibundo
el Etna nutre inagotables fuentes.
De día, negra nube
espesa al éter sube;
mientras de noche, líquidos torrentes
de lava, el monstruo de Vulcano arroja,
que al mar girando van, cual sierpe roja.
Contemplar es tremendo
el prodigio estupendo:
terrible, si alguien de Sicilia llega,
oír que encadenado
está el gigante osado
en la selvosa cima, y en la vega
del Etna ponderoso: duro lecho
que desgarra al Titán espalda y pecho.
Alcance yo la suerte
¡oh, Jove!, de placerte,
a ti, que de este monte eres monarca,
cuya sublime altura
como frente fulgura
de la ferace sícula comarca,
y cuyo nombre dio, con nuevo lustre,
a su ciudad el fundador ilustre.
El pítico trofeo
al alcanzar, Etneo
el heraldo a Hierón alto pregona.
Si, cuando el ancla leva
favorable se eleva
viento que llena la extendida lona,
el marinero alégrase, y predice
a su nave retorno aún más felice.
Así esta alta victoria
a Etna promete gloria,
y banquetes, y música y laureles.
Tiempo vendrá que asombre
al mundo el gran renombre
que le darán sus rápidos corceles.
Oye las preces que a tu trono elevo,
rey de la errante Delos, licio Febo!

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¡Dios a quien tanto place
la selva donde nace
en el Parnaso la Castalia fuente!
Concede a estas regiones
magnánimos varones.
El que fuerte nació, sabio, elocuente,
lo debe a las deidades; que sin ellas
de la virtud no seguirá las huellas.
Al gran Hierón yo quiero
hoy ensalzar, y espero
mi aguda flecha no vibrar en vano.
Más lejos que ninguna
la hará llegar Fortuna,
y a mis rivales vencerá mi mano.
¡Tráigale el tiempo dicha y opulencia;
olvido y curación de su dolencia!
Recordar sus campañas
pudiera, y las hazañas
que consumó con temerario arrojo;
y el enemigo fuego
que más que a ningún griego
poder le dio, y un cetro en sangre rojo.
Cual Filoctetes, militó doliente,
y a amigos ruegos se rindió el valiente.
De aquel la historia narra
que mientras le desgarra
allá en Lemnos la pierna úlcera horrenda,
vienen héroes (iguales
a dioses inmortales)
y lo llevan por fuerza a la contienda,
do pone fin de Troya al largo asedio,
y de los griegos al trabajo y tedio.
Enfermo todavía,
ni caminar podía
el gran flechero que engendró Pëante;
mas decretado estaba
que el griego sin su aljaba
jamás entrara en Ilïón triunfante.
¡Dios a Hierón también propicio sea!
Con la salud le dé cuanto desea.
¡Óyeme, oh, musa amiga!,
y ven de la cuadriga
los triunfos a cantar a Dinomenes;
que no es para un buen hijo
ajeno regocijo
el ver ornadas las paternas sienes.
Un himno grato al heredero entona,
musa gentil, de la étnica corona.
Para él Hierón augusto
a Etna ha fundado; y justo
le concedió la libertad divina,
y el sabio código Hilio;
porque agrada al Panfilio,
y a los que del Taigeto en la colina
moraron, nietos de heraclidas reyes,
de Egimio conservar las dorias leyes.
Su código sagrado,
el pueblo afortunado
trajo del Pindo, al río cristalino
que baña a Amicla santa;
donde sus tiendas planta.
de los divos Tindárides vecino,
de blancos potros domadores diestros,
y en vibrar el lanzón grandes maestros.
¡Oh, Júpiter! Ordena
que cuantos del Amena,
pueblos y reyes, moran en la orilla.
conserven el renombre
que la opinión del hombre
les da; y el héroe que en el trono brilla
con la voz y el ejemplo a su hijo guíe,
nos dé la paz, y la invasión desvíe.
¡Oh, Saturnio! Concede
que tranquilo se quede
el lidiador fenicio en su Cartago;
y de su ataque brusco
desista el fiero etrusco,
recordando de Cumas el estrago,
do, sumergida su dispersa flota,
a sus huestes hirió fatal derrota.
De servidumbre fiera
libró a la Grecia entera
la armada del señor siracusano.
Quiero cantar la ruina
de Persia en Salamina
por el valor de Atenas sobrehumano;
y el que mostrara Esparta, alto denuedo,
en Citerón, contra el arquero medo.
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Mas no les cede en gloria
la sublime victoria
cabe las claras linfas del Himera.
Hierón allí y su hermano,
junto a su padre anciano,
desbarataron multitud guerrera.
Mi agradecida musa les ofrece
himno triunfal, que su valor merece.
Quien mucho en breve canto
dice, no excita tanto
de maliciosos émulos la envidia.
Soy breve; que al oyente
de ánimo más paciente
prolijo panegírico fastidia,
y la alabanza de ínclitas acciones
suele roer ajenos corazones.
¿Qué importa? Nunca al bueno
de la Envidia el veneno,
siempre el desprecio al infeliz aflige.
Sigue, pues, animoso
tu camino glorioso:
con seguro timón tu pueblo rige;
y en roja fragua de verdad egregia
refunde con valor tu lengua regia.
Cuanto de ti proviene
doble esplendor obtiene,
aunque trivial lo juzgues y sencillo.
Cien ojos te rodean:
que en ti mancha no vean,
¡oh, de mil pueblos príncipe y caudillo!
Si en algo estimas a la dulce Fama,
el oro en torno liberal derrama.
A fuer de buen piloto,
apenas sople el Noto
iza de tu bajel todas las velas.
A adulador fingido
no escuches, rey querido,
si en la posteridad vivir anhelas.
Los poetas no más, e historiadores
entonan de los muertos los loores.
No muere la memoria
de Creso. Mas ¿qué gloria
a Faláride trajo el férreo toro?
Celebrar al verdugo
a la lira no plugo,
ni de niños o vírgenes al coro.
Primero es la virtud; luego el renombre.
Si ambos obtiene, ¿qué más quiere el hombre?
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Notas sobre los Juegos Píticos
Eran los Juegos Píticos certámenes sagrados en honor de Apolo, que se celebraban cerca de Pitona, llamada después Delfos, al pie del monte Parnaso. Se honraba en ellos también a Ártemis y a Leto, y, a semejanza de los mayores, había otros de inferior categoría en Magnesia, Sición y otros puntos.
Su institución se remontaba nada menos que al mismo Apolo, quien después de haber muerto a la serpiente Pitón (nacida del lodo de la tierra al retirarse las aguas del diluvio) los estableció siete días después de su victoria, para conmemorar tan fausto acontecimiento. Las ninfas del Parnaso le ofrecieron entonces sus dones; y siendo nueve las musas, se determinó que los juegos se celebrasen cada nueve años. Después se redujo el periodo a cinco años; su época era a la entrada de la primavera.
Los primeros ejercicios fueron el pancracio y las cinco luchas o el pentatlo (de que se ha hablado en las notas a las Olímpicas); más tarde se admitieron todos los juegos de Olimpia, con excepción de las carreras de cuadrigas, y por último también estas.
Había asimismo certámenes musicales y poéticos, que constituían el rasgo más prominente de los Juegos Píticos, superiores bajo este punto de vista a los Olímpicos. Había además una especia de exposición de pinturas y esculturas. El premio consistía en una palma, y en una corona que primero fue de encino y después de laurel.
Notas a la Pítica I
Dedicada al mismo Hierón de la primera Olímpica, que aquí se titula Etneo, por haber fundado recientemente la ciudad de Etna en el lugar de Catania, a cuyos habitantes desterró. La victoria en el carro, que aquí se conmemora, fue obtenida, probablemente, en la Pitiada 29.ª, equivalente al año 3.º de la Olimpiada 76, 474 años a. C. Cantada en Siracusa en un banquete en el palacio real.
- Tifeo, el enemigo, etc.— Fue este rebelde gigante el hijo menor de Tártaro y la Tierra, según Hesíodo.
- Cual Filoctetes, militó doliente.— Compara el poeta a Hierón con Filoctetes, no porque padeciese la misma enfermedad (que en aquel era el mal de piedra), sino por haber salido a campaña enfermo.
- El sabio código Hilio.— Hilo, hijo de Heracles, a la muerte de este se retiró al Ática con los demás descendientes de su padre, y fue, en una incursión al Peloponeso, muerto por Equemo de Tegea. Los Heráclidas se establecieron entonces entre los dorios, bajo Egimio y su hijo Panfilo, cerca del Pindo y el monte Eta. De allí hicieron otra incursión al Peloponeso y tomaron Amicla (donde nacieron los divinos gemelos, Cástor y Pólux); y por último se establecieron en Laconia y Mesenia, al pie del Taigeto. Con gente de estas regiones se colonizó Etna, y Hierón les dejó sus primitivas leyes.
- Que cuantos del Amena.— Era el Amena río de Sicilia, que corría junto a la ciudad de Etna.
- Hierón y su hermano Gelón (hijos del viejo Dinomenes) derrotaron en Himera a Amílcar el cartaginés, quien después de haber perdido en el mar sus caballos y carros, desembarcó en Palermo. Todos los cartagineses, incluso Amílcar, perecieron o cayeron prisioneros, salvo unos cuantos que se escaparon en veinte buques y poco después naufragaron. No sin razón comparan Píndaro y Diodoro esta gran batalla a las célebres de Salamina y de Platea (junto al monte Citerón), en que los persas fueron vencidos. La batalla naval de Cumas fue ganada por Hierón en la Olimpiada 76, año 3.º.
- No muere la memoria.— Creso, el célebre rey de Lidia, se distinguió no menos por sus riquezas que por su liberalidad y por la protección que dispensó a Solón. Faláride era el tirano de Agrigento que se complacía en atormentar a sus víctimas, encerrándolas en un toro de metal calentado al efecto.

